Algo
parecido les pasó a los vascos en la primera etapa de la España de las Autonomías. “¿Cómo hemos de decir en euskera vocablos
como chicle, pizza, ametralladora, cinemascope, etcétera…?”, se interrogaban
los nacionalistas. De modo y manera que lo que se le ocurrió a esta buena gente
-presidida entonces por un lendakari llamado Carlos Garaikoetxea, del PNV- fue
enviar a Israel, en el verano de 1981, a una comisión de expertos lingüistas,
con el fin de conocer la experiencia acumulada por los israelitas en este
terreno. Hay, por tanto, ya sea en el caso del hebreo o en el del euskera, algo
de reinvento y de actualización voluntariosa y, sobre todo, imaginativa.
Ahora,
los seguidores de la xíriga en Llanes -que cada vez son más- tienen que
ventilar una papeleta similar. No es que estén obsesionados con la idea de
inventar o traducir al argot gremial de los tamargos vocablos para designar la
bomba atómica, las cabezas nucleares o las cápsulas espaciales, pero no
interesa dejar para muy tarde la asimilación de conceptos omnipresentes en la
vida moderna, como paella, periódico, bollu preñáu, estilográfica o cubata.
¿Cómo
se actualiza el vocabulario de la xíriga? He ahí la cuestión metafísica. En el
taller desarrollado en la Casa Municipal
de Cultura se decidió crear una bolsa de palabras posibles, siguiendo la lógica
gramatical propia del lenguaje de los tejeros, como las metátesis silábicas (en
la línea del “drape”, padre, por ejemplo), las sinécdoques (a semejanza de la
palabra “cascosu”, para designar un vaso) y prestaciones del vascuence
(“perdis”, culo, es un término derivado de la palabra en euskera “ipurdi”).
Ésas podrían ser las pautas. El desafío más peliagudo, aparte de esto, será, no
obstante, encontrar un organismo de indiscutible jerarquía y autoridad (no sé
si la Universidad,
el RIDEA o la Real Academia
de la Lengua Española)
que homologue y consagre la actualización pretendida.
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