OPINIÓN
“¡Salam
ma licun!” (“¡Buenos días!”), añade en su saludo Ramón Llada. “¡Ma licum
salam!”, le contestan los africanos.
Este
proceso de, digamos, interacción y de asimilación lingüísticas se está haciendo
ahora más complejo, en la medida en que se ha empezado a combinar con la
“xíriga”, que era lo único que nos faltaba para el duro. Y mientras los
parroquianos amplían su vocabulario de uolof (el idioma de Senegal) y los
senegaleses, en contrapartida, se inician en el léxico de la xíriga (el
lenguaje de los tejeros llaniscos), como si fuera lo más natural del mundo,
entre una cosa y otra, los turistas vascos y madrileños, que son testigos de
estas inesperadas escenas costumbristas del siglo XXI, quedan mudos, atónitos y
patidifusos, que diría Forges.
Poco
a poco, se está avanzando en esta materia gracias a la escuela de la vida que
se respira en los chigres típicos y, sobre todo, gracias a la constancia de
“Barullos”. Se apuran los vasos de vino y se asiste, de paso, a una amena pero
rigurosa clase de gramática y de lengua, en plena era de la globalización. Así,
algunos alumnos aventajados ya saben traducir al senegalés varios vocablos y
verbos de la xíriga que son muy comunes por aquí: “zancañeru” (amigu,
compañeru) sería en uolof “sama jaret”; “guxa” o “gorreta” (mujer) es “dieguene”;
“pete” o gorre” (hombre, paisano) es “gore”; “verbear” (hablar) es “waj”;
“visontear” (ver, mirar) es “khole”; “mayar” (comer) es “lek”; “orbito”
(borrachu, enfiláu) es “mandi”; “musendu” (burru) es “bame”, y, en fin, que así
se va progresando y así nos vamos cultivando todos, como si estuviéramos
matriculados en un curso de verano.
De
momento, tenemos algo muy claro: que con esta fraternidad verbal y mestiza de
la que es apóstol “Barullos” se está tendiendo un puente para el diálogo
Norte-Sur y abriendo quizá, también, una vía de experimentación social que no
se le había ocurrido ni a Kofi Annan.


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