OPINIÓN
El local
-situado frente a la casa de Juan Pariente, en la que pernoctó en 1517 el
príncipe Carlos, hijo de Felipe el Hermoso y Juana
Si bien
nunca trabajó en la tejera ni es hijo de tejero, a Tomás, cuando tenía catorce
años de edad, le introdujo en los secretos de la xíriga Fernando Meré (“el Roxín”),
en El Mazucu. Aprendió tanto y con tanto fervor que hoy le tenemos “verbeando”
xíriga a todas horas. En el “Miraolas”, ocasionalmente, verbeaba con Luis Díaz
Gutiérrez, el dueño del hotel, y con clientes de la diáspora indiana, como
Quico Morán, Pedro Morán, Benito Morán, Pancho Concha (los cuatro de Los
Callejos), Atanasio García (de Naves) y Manuel Sampedro (de Los Carriles),
todos ellos acostumbrados a hablar el lenguaje de los tamargos con toda
normalidad en México, en Venezuela o dondequiera que sea.
El letrero
llama poderosamente la atención entre propuestas rotuladas de rabas, andaricas
y tablas de quesos. “¿Eso qué es lo que
es? ¿La especialidad de la casa?”, preguntaba el otro día un simpático
gaditano. “Pues haga usté er favó de
ponernos una xíriga pa probarla, paisa, que estamos intrigaos, sabe usté”.
Tomás y su
familia son gente curada de espanto y muy rodada detrás del mostrador, pero a
veces notan cosas muy raras. En Semana Santa, sin ir más lejos, les dio por
colocar un rótulo de pega: “Murciélagos al Cabrales”, y se sorprenderían
ustedes de la cantidad de turistas que pedían ese “plato típico”, absolutamente
en serio y completamente convencidos.


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