OPINIÓN
Cuando dos
indianos llaniscos aterrizan en Barajas y son engullidos por una marea
políglota en la que nadie habla en cristiano, por ejemplo, no tiene nada de
extraño que recurran a la xíriga como puerto de refugio. “¿Visonteas cómo verbean los gorres de llarpiza gacha?” (“¿Viste
cómo hablan esos tíos de mala lengua?”), dirá uno. “Nuestros-aires vamos a verbiar pa que los pallides no balseen lo que
nuestros-aires verbiamos” (“Vamos a hablar nosotros de manera que esos
pendejos no nos entiendan”), dirá el otro.
Igualmente,
si un chigrero de la villa de Ángel de
Tampoco
será raro, en fin, comprobar cómo se utiliza la xíriga en los negocios. “Zancañeru: apáralu un galozu xidu, que’l
gorre zaspia ascode” (“Compañero: prepárale una buena cama, que este
paisano paga bien”), dijo hace poco un taxista a un hotelero -llaniscos, ambos,
afincados en México D. F.-, al llevarle un cliente al hotel.
Todas esas
situaciones se dan en la realidad. Por eso, si alguien piensa que la xíriga ya
no se habla está equivocado. Esta jerga, patrimonio de la cultura llanisca,
sigue dando guerra en el mercado, en los bares, en los vuelos
transcontinentales y dondequiera que sea. Se emplea más de lo que la gente
cree. Tanto, que su uso indiscriminado y fuera de lugar puede acarrear, en
ocasiones, sorpresas embarazosas. “¿Le
llastimos al ñurriu con un morondu en la cebeca?” (“¿Le atizamos al cura un
ladrillazu en la cabeza?”), bromeó una vez el peón de una obra, al ver pasar
cerca de su andamio a un sacerdote. Al oír aquella irreverencia, supuestamente
ininteligible e incomprensible para un profano, el clérigo levantó la vista,
miró a los obreros y soltó una frase que los desarmó: “Zancañeru: no verbees gacheces, que mis-aires también machurió’n la
tamarga” (“Compañero: no digas tonterías, que yo también trabajé en la
tejera”).
¿Quién ha
dicho que la xíriga es un lenguaje muerto?


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