sábado, 25 de abril de 2026

"Xíriga en la torre de Babel" (artículo Nº 1, 28 febrero 2006)

 


OPINIÓN                                                               


Xíriga en la torre de Babel



HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

La xíriga se resiste a morir. El argot inventado por los tejeros de Llanes -“hombres que, año tras año, agonizaron bajo un sistema de trabajo tan mortífero como pudo serlo el de la esclavitud antigua”, en palabras del estudioso Emilio Muñoz Valle-, sigue conservando una capacidad de autodefensa que resulta muy práctica en este globalizado y encabronado planeta. Su vocabulario, que no necesita regirse por normas gramaticales, es un código indescifrable para los no iniciados. Un instrumento de comunicación, secreto, diferenciado y fraternal, que preserva la identidad de grupo y viene al pelo cuando uno está metido en ambientes hostiles o cuando, simplemente, no quiere ser entendido por los demás. 

Una encuesta entre antiguos tejeros nos revelaría que esos heroicos supervivientes del lodo y del destajo de sol a sol siguen utilizando la xíriga casi a diario. Y no sólo ellos, sino también sus descendientes, que desde críos mamaron en casa las expresiones tamargas. Es fácil percibir esta pervivencia en la torre de Babel.

Cuando dos indianos llaniscos aterrizan en Barajas y son engullidos por una marea políglota en la que nadie habla en cristiano, por ejemplo, no tiene nada de extraño que recurran a la xíriga como puerto de refugio. “¿Visonteas cómo verbean los gorres de llarpiza gacha?” (“¿Viste cómo hablan esos tíos de mala lengua?”), dirá uno. “Nuestros-aires vamos a verbiar pa que los pallides no balseen lo que nuestros-aires verbiamos” (“Vamos a hablar nosotros de manera que esos pendejos no nos entiendan”), dirá el otro.

Igualmente, si un chigrero de la villa de Ángel de la Moría se siente abrumado de oír hablar a su alrededor en vasco o en catalán desde la mañana hasta la noche, es normal que se arranque por la jerga tamarga en cuanto encuentre la complicidad de algún parroquiano (cosa, por cierto, que suele producir en los turistas un efecto enmudecedor, de desconcierto).

Tampoco será raro, en fin, comprobar cómo se utiliza la xíriga en los negocios. “Zancañeru: apáralu un galozu xidu, que’l gorre zaspia ascode” (“Compañero: prepárale una buena cama, que este paisano paga bien”), dijo hace poco un taxista a un hotelero -llaniscos, ambos, afincados en México D. F.-, al llevarle un cliente al hotel.

Todas esas situaciones se dan en la realidad. Por eso, si alguien piensa que la xíriga ya no se habla está equivocado. Esta jerga, patrimonio de la cultura llanisca, sigue dando guerra en el mercado, en los bares, en los vuelos transcontinentales y dondequiera que sea. Se emplea más de lo que la gente cree. Tanto, que su uso indiscriminado y fuera de lugar puede acarrear, en ocasiones, sorpresas embarazosas. “¿Le llastimos al ñurriu con un morondu en la cebeca?” (“¿Le atizamos al cura un ladrillazu en la cabeza?”), bromeó una vez el peón de una obra, al ver pasar cerca de su andamio a un sacerdote. Al oír aquella irreverencia, supuestamente ininteligible e incomprensible para un profano, el clérigo levantó la vista, miró a los obreros y soltó una frase que los desarmó: “Zancañeru: no verbees gacheces, que mis-aires también machurió’n la tamarga” (“Compañero: no digas tonterías, que yo también trabajé en la tejera”).

¿Quién ha dicho que la xíriga es un lenguaje muerto?


(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA el martes 28 de febrero de 20020). 









No hay comentarios:

Publicar un comentario