viernes, 30 de julio de 2021

PASEO DE SAN PEDRO: UN MOBILIARIO ETERNO, CAMBIADO AHORA ABSURDAMENTE

Horizontalidad y paralelismo con el muro y la línea de la mar. (Foto: H. del Río).  



OPINIÓN                                           

Abordaje del feísmo


La inexplicable sustitución de los bancos de hormigón 



HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

La escenografía del Paseo de San Pedro -que define el argumento más contundente del litoral urbano llanisco- es el resultado de un lento proceso de urbanización iniciado a mediados del siglo XIX y completado a finales del XX. No le falta ni le sobra nada en su condición de paisaje extraordinariamente singular. Desplegada sobre un brazo de pura roca, es metáfora de lo perenne y nexo intergeneracional de los pobladores de la villa de Llanes.

Su configuración, tal como la vemos hoy, se terminó de fijar en 1998, tras recorrerse un largo camino a golpes de voluntarismo y planificación: ingentes trabajos, en la primera fase, para allanar el terreno y extender toneladas de tierra; cambio de posición del canapé; adecuación de la Cueva del Taleru, sin alterar la fisonomía que presentaba cuando sirvió de cobijo a los atalayeros; plantación de tamarindos, siguiendo la sugerencia de algún indiano sabedor de que esos árboles son capaces de enraizar en terrenos expuestos al salitre; y reconstrucción y reforma de la torre vigía en 1928. Las obras llevadas a cabo desde la terminación de la Guerra Civil en Asturias hasta la década de los años 60, aunque discontinuas, decantaron aspectos formales, tales como la reposición, en 1938, de la cruz sobre la bóveda de la Cueva del Taleru, o la reinstalación, en un monolito robustecido, de la lápida en recuerdo de Posada Porrero, derribadas ambas al inicio de la contienda. En 1967, con Aurelio Morales Poo en la alcaldía, se retomó un plan municipal de 1952 para la prolongación del belvedere hasta el antiguo vertedero de basura, del que las únicas realizaciones hechas hasta entonces habían consistido en adecuar la subida desde el Sablón y plantar más tamarindos. En la nueva intervención se colocaron ocho bancos de hormigón. Vinieron a sumarse a los de piedra instalados durante el primer tercio de siglo en la zona próxima a la Punta del Guruñu, en el interior de la cueva, en el entorno de la torre del mirador y frente a la escalinata principal de acceso, y se completó así un adecuado mobiliario, que incluía asientos de madera con estructura de hierro, como los del parque de Posada Herrera. (Carmen Polo, la esposa de Franco, se asomaría al lugar en 1971, en una visita casi con aires de reinauguración). Muy posteriormente, sería el alcalde Manuel Miguel Amieva quien alargaría el paseo en cuatrocientos metros más.    

En paralelo, durante los años 40 y 50 se acometió la mejora de los aledaños del Sablón: se eliminó la rampa lateral que descendía al arenal; se desmontó el puente, que salvaba un desnivel en el camino al antiguo cementerio, se rellenó ese tramo, y se construyó la soberbia pared semicircular de la playa, con una escalera de dos brazos en la parte central (trabajos en los que participaron canteros como Alonso Sordo Turanzas  y los hermanos García Fervienza).

En esa escenografía diseñada para la eternidad algo cambió, de repente, en 2017: los ocho bancos de hormigón, colocados entre los tamarindos cincuenta años atrás -y destinados a durar hasta la próxima glaciación-, desaparecieron. Un patrimonio esfumado por las buenas; el valor añadido de la acumulación de un tiempo histórico común, reemplazado, inexplicablemente, por la estética de unos asientos de madera que diríase que están sacados de la sala de espera de una estación ferroviaria de la posguerra. Fue un inesperado abordaje del feísmo. Aquéllos bancos, además, no suponían coste alguno de mantenimiento, en tanto que éstos están condenados a la constante agresión de las pintadas y a tener que ser lavados, lijados y repintados, como pudo comprobarse a las primeras de cambio.

(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA el sábado 17 de julio de 2021). 


Los bancos de hormigón, reemplazados ahora y en paradero desconocido, tenían el poso de la historia y son patrimonio común e intergeneracional de los llaniscos. (Fotos: Archivo de H. del Río).




HUGH THOMAS EN EL PASEO DE SAN PEDRO

De izquierda a derecha, Hugh Thomas, Juan A. Pérez Simón y Manuel Miguel Amieva, en la Casa de Cultura de Llanes. (Foto: H. del Río).

 

OPINIÓN            

                                                   

Cuatro horas con Hugh Thomas


De cuando el hispanista británico encontró en Llanes la huella de la Legión Cóndor 



HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

El Paseo de San Pedro es perfecto como observatorio para desentrañar arcanos  de la historia. Ofrece perspectivas, a modo de pentagramas, y sugiere argumentos con los que poder explicar los avatares grandes y pequeños de Llanes. Hace diez años, en una soleada mañana, estábamos juntos allí Hugh Thomas (1931-2017), Juan Antonio Pérez Simón y yo, contemplando el panorama, “con el culu a la mar y cara a La Pereda”, como habría dicho Tomás del Cueto Vallado, el ocurrente cura párroco de finales del siglo XIX. El hispanista británico, fallecido el pasado 7 de mayo, pasaba una breve temporada en Llanes, invitado por el empresario astur-mexicano, y el entonces alcalde llanisco, Manuel Miguel Amieva, me había encargado que acompañara a los ilustres personajes como guía.

Fueron cuatro horas (una mañana entera) de las que dejan huella. Propuse que nos dirigiéramos al emblemático paraje desde el que se divisa la costa y la montaña, y allí inicié un recorrido que pasaba por la presencia neolítica de Peña-Tú, la memoria de la Puebla de Aguilar, el Fuero concedido por Alfonso IX y el amurallamiento de la villa en el siglo XIII, la impronta imborrable del Gremio de Mareantes de San Nicolás, la dinastía de los Pariente, la llegada del Príncipe Carlos, las incursiones piratas de bretones, ingleses y holandeses, la invasión napoleónica, Posada Herrera, la aventura indiana…

El paisaje que teníamos delante era el guión del relato. “La altiplanicie que divisamos a la izquierda, actual campo municipal de golf, fue durante la Guerra Civil un activo campo de aviación. Primero fue utilizado por el alto mando republicano, que contaba aquí con varios pilotos soviéticos, y a partir del 5 de septiembre del 37, por la Legión Cóndor, uno de cuyos integrantes era Adolf Galland… En su autobiografía, por cierto, Galland describe con gracia la belleza del litoral llanisco y la peculiar ubicación del aeródromo”, les conté de pronto.

Al oír aquello, la flema del autor de “La Guerra Civil Española” se alteró levemente. Con los ojos iluminados miró a Pérez Simón y preguntó si nos podíamos acercar hasta la Cuesta, para ver in situ el antiguo escenario bélico sacado por mí a colación. En el transcurso del viaje seguí explicando argumentos a vuela pluma, y al pasar por la Concepción no me olvidé de decir que Villa Partarrío, la mansión de Parres Sobrino, había alojado a los integrantes de una unidad alemana de apoyo artillero.

Al atravesar Cue, Juan Antonio Pérez Simón hizo una afirmación sorprendente pero que venía muy a cuento: “Este pueblo, Hugh, fue la judería más importante que tuvo Llanes”.

Arriba, mientras contemplábamos lo que se ofrecía a nuestros ojos, hablamos del arquitecto Joaquín Ortiz, autor en 1931 de los primeros estudios y bocetos para convertir aquel paraje en un aeródromo, y del hangar construido en el verano de  1936, que tanta admiración causaría entre los aviadores rusos y alemanes. Había mucho que contar. “Aparte de Galland, tenemos noticias de otros dos pilotos de la Cóndor que estuvieron destinados aquí: Heinrich Neumann, oficial médico, y Walter Adolph, que el día de su llegada sufrió un accidente y su aparato se deslizó violentamente hasta las proximidades de La Boriza”, añadí.

El programa histórico-turístico de aquel día con Hugh Thomas continuaría en el Archivo de Indianos de Colombres, con especial detenimiento en la sección en la que se muestran los objetos y documentos donados por la familia del general republicano José Miaja, presidente de la Junta de Defensa de Madrid, y terminamos la excursión en La Barata, donde me tocó escanciar unos culines entre otras esporádicas referencias a Galland, “al que el campo de aviación le había parecido la azotea de un rascacielos junto a la mar”. Thomas, de pocas palabras, no perdía detalle. Parecía querer memorizarlo absolutamente todo.

(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA el sábado 27 de mayo de 2017). 







LLANES: ÁRBOLES EN EL PASEO DE SAN PEDRO

(Foto: Archivo de H. del Río). 

 

OPINIÓN            

                                                   

Muerte de un tamarindo


Las fotografías de Rodríguez Trespalacios como crónica del Llanes contemporáneo 



HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

Tan minúsculos y tan frágiles, los árboles del paseo de San Pedro -unas docenas de tamarindos plantadas en el último cuarto del siglo XIX- parecen poca cosa en medio de la inmensidad que se divisa desde allí. Casi nadie se fija en su presencia y apenas dan sombra, pero pertenecen a un paisaje que resultaría irreconocible sin ellos. Oviedo ya no tiene su carbayón; Madrid se ha quedado sin madroño, sin oso y sin centralismo; pero los llaniscos seguimos conservando nuestros tamarindos, supervivientes fronterizos entre la tierra y la mar. Uno de sus principales valedores era Félix Martínez Marco (1911-2002), el veterinario municipal de Llanes, un científico metido en la piel de un romántico, al que alguna vez veíamos enderezar y enraizar tamarindos abatidos por la acción de los vientos y de los gamberros.

(A don Félix, pionero en las técnicas de inseminación artificial aplicadas al ganado vacuno, le cupo el honor de ser el único veterinario en la historia de Llanes que tuvo como paciente a uno de los reyes de la fauna africana. Hace 60 años, una noche le fueron a buscar los municipales por una causa mayor: el hipopótamo de un circo instalado en Las Marismas se había puesto muy malo, con un estreñimiento terrible. Allá fue don Félix, que metió en su maletín un par de jeringuillas de gran calibre, como para vacunar a King Kong. El paquidermo le recibió muy tranquilote pero con los ojos tristes de un ogro bonachón. El veterinario palpó la epidermis del hipopótamo, mientras éste lo miraba de reojo, adormilado. Al intentar ponerle la inyección, la jeringuilla se quebró como un mondadientes, y el veterinario, que en lo tocante a talante tranquilo nada tenía que envidiar al paquidermo, esgrimió la jeringa de repuesto, buscó en la mole gris otra zona más propicia y, ¡zas!, consiguió poner la banderilla. Al cabo de unas horas el animal se desatascó y el circo volvió a irradiar luces y espectáculo en aquel escenario de la posguerra).

José Ramón Rodríguez Trespalacios (Llanes, 1940) no quiere que lo llamen fotógrafo, pero se pasa la vida haciendo fotos. Ha puesto en formato JPG la crónica del Llanes contemporáneo y acumula tal número de imágenes, que llevaría años contarlas y clasificarlas (un material que ha de ser muy útil a los historiadores locales del futuro). La obra del puerto deportivo, por ejemplo, la está plasmando con mucho detalle en un conjunto de secuencias que para sí querría la autoridad portuaria.

En sus trabajos más recientes José Ramón, “el de El Siglo”, se nos revela como un poeta a flor de piel. Más que una serie fotográfica, lo que ha hecho esta vez es un poema dictado por la tristeza. El protagonista es un tamarindo que encontró este invierno tumbado y malherido por un temporal. Le hizo fotos a diario, siguiendo de cerca la evolución de su estado de salud, y al cabo de un tiempo observó que aquel árbol, ignorado y aparentemente agonizante, se aferraba con éxito a la madre Tierra. En primavera, empezaron a retoñar sus ramas, y José Ramón veía en ello una lección de esperanzada lucha por sobrevivir. Cuando ya había recuperado las constantes vitales, el arbusto apareció una tarde troceado por una motosierra. El fotógrafo quedó estupefacto, pero siguió haciendo más instantáneas para completar la serie iniciada meses atrás. El resultado de todo ese conjunto deja un sabor amargo (es como una metáfora de la amenaza de la eutanasia a un nivel más general). Por primera vez en su vida le ha salido un reportaje fotográfico con una moraleja descorazonadora.


(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA el viernes 13 de mayo de 2011). 

 


lunes, 19 de julio de 2021

CELSO AMIEVA: JUDÍOS Y CAMPOS DE CONCENTRACIÓN EN FRANCIA

 

José María Álvarez Posada, Celso Amieva.



OPINIÓN            

                                                   

Judíos en la obra de Celso Amieva


Pormenores de un testimonio sobre los campos de internamiento franceses en los años 1939-1944 



HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

La minuciosa aproximación de Eugen Kogon a la sociología de los campos de exterminio nazis (acaso el estudio más exhaustivo que se ha publicado hasta ahora sobre la escenografía del Holocausto) puede encontrar un adecuado complemento en el testimonio de Celso Amieva sobre su experiencia en los campos de concentración franceses, vivida entre 1939 y 1944. En el relato autobiográfico “Asturianos en el destierro”, Argèles, Barcarés, Perpiñán y Bram son telones de fondo ante los que discurren y se entrecruzan las vidas de los republicanos españoles internados allí y las de un puñado de judíos de toda Europa. “Allá adelante, rumor de mar. Allá atrás, rumor de pinos. En torno nuestro, rumor de colmena humana”, apunta Celso Amieva en la descripción de la puesta en escena.


Son instantes previos a la gran tragedia que se estaba cociendo, movimientos preparatorios de la “Solución Final”, y Celso Amieva no olvidará los nombres, apellidos e incluso detalles de las desdichadas circunstancias de unos cuantos apátridas hebreos, que van apareciendo en su barracón como personajes secundarios, a los que clasifica y aplica adjetivos con precisión. Según nos cuenta, a partir de la invasión de la URSS por la Wehrmacht, Argèles y los demás campos se irían llenando de extranjeros, judíos en su mayor parte, que residían en Francia: médicos, ingenieros, profesores, industriales, músicos, escritores…

En Barcarés coincidirá con Isaac Pochter, un judío ruso que formaba parte de la delegación cinematográfica de la Unión Soviética en París, con el que ya había estado en Argelès y de quien se había hecho muy amigo. La relación con los reclusos judíos era inevitable y enriquecedora. Allí estaban el dentista Donath, el abogado Leonhard Holz, el técnico industrial Robert Grün, el actor Benno Feldman, el tendero Schloss, el cantante Schulmann, el comerciante de sombreros Benyacar y los viajantes Tibor Jaeger, Berdichevski, Kahn y Nebenzahl, quienes, en cierta ocasión, llegaron a compartir con Celso Amieva latas de conservas y botellas de buenos vinos, conseguidas gracias a Pau Casals.

Dormía en la “barraca de enchufados” junto a un grupo de judíos en el que figuraban el anciano polaco Lewinsky (a la sazón, jefe y guardián de aquel espacio), el sefardí de Salónica David Tampoh (silencioso y atento siempre a todas las conversaciones, lo que al principio hizo temer a sus compañeros que fuera un chivato de los guardianes), el “fanático” sionista, también polaco, Abraham Golomb y el “frívolo embustero” húngaro Geza Weisz.

En Arles-sur-Tech se apearán el ruso Israel Pen y otros doscientos judíos más, cargados de maletas y procedentes del campo de Rivesaltes, al frente de los cuales iba un tal Rozmarine, con aspecto de galán de cine. Y en Ille-sur-Têt y en Bram, entre periódicas redadas de la Gestapo, Celso Amieva entra en contacto con un joven rabino holandés apellidado Fink, que le explicará la influencia de los salmos hebreos en los cantos espirituales negros y en el jazz. “¿Crees casual el hecho de que en Norteamérica, antes y después de Gershwin, los más famosos compositores de esa música llamada negra sean judíos?”, le dijo una noche, al término del sabbat.

Con todos esos mimbres del universo concentracionario, el poeta llanisco compondría una crónica del desarraigo muy personal, llena de anhelos de fraternidad y crudamente ilustrativa de lo que estaba pasando en aquella Europa pisoteada por los totalitarismos. 


(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA el sábado 29 de junio de 2019). 



JOSÉ FERNÁNDEZ MENÉNDEZ (PEPE "EL ALDEANO"), UN ASTURIANO DE PORLEY

José Fernández Menéndez (1943-2002).

 


OPINIÓN            

                                                   

Una esquela en Chamberí



HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

De lunes a domingo, el hostelero José Fernández Menéndez, “Pepe el Aldeano” (natural de Porley, Cangas del Narcea), cumplía en su local de Madrid jornadas de dieciocho horas. Tipo simpático y peculiar, cuando oía en la barra a sus clientes de confianza una estupidez muy gorda, apelaba a un recurso digno de Groucho Marx: se ponía en la cabeza un pañuelo, como para protegerse de un aguacero, y sin decir ni pío los miraba irónicamente. 

Había abierto en 1970 el mesón-restaurante “El Aldeano” en Cardenal Cisneros número 33 -una calle del barrio de Chamberí que concentra la más variada representación de la gastronomía española-, y en la brega diaria estuvo secundado desde sus inicios por un camarero cojo, personaje cervantino de La Mancha, de nombre Regino, que servía las mesas con arte torero. Entre los dos abastecieron de exquisitas viandas los paladares más exigentes de la transición política. Muchos madrileños empezaron a conocer a Asturias y a encariñarse con ella en aquel salón-comedor, en el que a menudo se manifestaba el nervio de una actividad periodística. Bajo una foto en la que se veía a Pepe durante su “mili” en el crucero “Canarias”, sirviendo el almuerzo al entonces príncipe Juan Carlos de Borbón, emitía “Radio España” animadas tertulias taurinas y futbolísticas; allí nació la revista mensual “Crítica de Arte”, dirigida y editada por el llanisco José Luis Buergo, asentada ya en el mercado desde hace veinticinco años. En una de aquellas mesas, el que escribe estas líneas tuvo ocasión de hacer numerosas entrevistas para la última página de la “Hoja de Lunes” de Oviedo, que dirigía Juan de Lillo: comidas de trabajo y sabrosas sobremesas con Rafael Fernández, Juan Antonio Bardem, Santiago Carrillo, Gerardo Iglesias, Quini, Ladislao Azcona, Juan Antonio Cabezas, Arturo Fernández, Juan Velarde, José Luis Balbín... Lo más sonado tuvo lugar en diciembre de 1986, cuando, a iniciativa del mismo periódico, reunimos a los diputados Álvaro Cuesta (PSOE), Francisco Álvarez-Cascos (PP), Alejandro Rebollo (CDS) y Manuel García Fonseca (Izquierda Unida), para que valoraran las funciones que debería cumplir, a juicio de los principales partidos, el recién estrenado “Edificio Asturias” de la Calle Farmacia, un inmueble que aglutina las instalaciones del Centro Asturiano, las oficinas del Ejecutivo del Principado y la sucursal de Cajastur, y que está considerado como la primera “embajada” de una comunidad autónoma en Madrid. (En aquel debate, por cierto, el más agorero resultó ser el que sería luego ministro de Fomento, Álvarez Cascos, que advertía de la “peligrosa” dependencia de la casa regional que lidera el porruano Cosme Sordo, respecto del Gobierno que presidía entonces Pedro de Silva).

Pero todo esto ya es historia. Acabamos de enterarnos de que un cáncer ha fulminado la vida del mesonero de Porley. Contaba cincuenta y nueve años de edad. Desnudo su pecho de manzanas de oro, de urogallos de bronce o de cruces de hierro, a los buenos hosteleros de la diáspora como Pepe “el Aldeano” quizá no se les reconoce su trabajo como se merecen (ni en vida ni cuando ya están muertos), pero nadie podrá arrebatarles el orgullo de sentirse “cónsules” de su tierra natal donde quiera que estén establecidos. Asturias ha perdido a uno de sus mejores hombres en Madrid. Descanse en paz.


(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA el martes 10 de septiembre de 2002). 


Entrevista publicada en la revista ASTURIAS del Centro Asturiano de Madrid (junio 1980).



miércoles, 7 de julio de 2021

LLANES: DATOS INÉDITOS SOBRE LA HISTORIA FUTBOLÍSTICA

El Llanes en el campo del Sablón (1949). Foto: Ramón Rozas.

 

Canciones para el fútbol



HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

El fútbol empezó a practicarse en Llanes a principios de siglo en el patio del Colegio de la Encarnación, ante la atenta mirada de los frailes agustinos, alguno de los cuales, cuando caía el balón a sus pies, lanzaba un punterazo después de recogerse el hábito hasta las rodillas. En 1905 se estaba haciendo la preciosa casa de doña Flora (el edificio de Victorero, en cuya planta baja está hoy el Banco de Santander), y aquellos andamios instalados por el constructor gijonés Fermín Coste sirvieron, indirectamente, para asentar junto al Parque de Posada Herrera la afición al balompié. Coste tenía dos hijos, que daban patadas a una pelota y contaban cosas maravillosas de un equipo –el Sporting- que acababa de fundarse a la orilla del Piles. Uno de los críos que jugaba con ellos era Tano Rubín.

A finales de los años cuarenta, se contaba ya con un club organizado, y los jugadores de aquel primer equipo –entre los que destacaba un zurdo de oro al que enseguida empezaron a llamar “el Maestro”- concitaban alrededor suyo un remolino de ilusión sin precedentes. El “Maestro” era César González. Nunca se supo quien le puso el sobrenombre. Había llegado desde Soto del Barco poco antes del estallido de la Guerra Civil, con sus padres y sus tres hermanos, Luisín, Lolina y Ricardo. El padre, abogado y secretario judicial destinado al Juzgado llanisco, ya no saldría de aquí.

Con su hermano Ricardo, César jugaba al fútbol en la Campera, y sus maneras no pasaron desapercibidas a los ojos de los entendidos. Cuando se formó el equipo del C. D. Llanes, él era uno de los titulares indiscutibles.

El primer “mister” que tuvieron fue Nicasio, “el de la Electra Bedón”, amigo de hacer entrenamientos fuertes, con carreras entre los tamarindos del Paseo de San Pedro y subidas desde el Sablón. En el comercio de Pedregal, al lado de la Confitería de Parás, las entusiastas mozas Carmina Pedregal y las hermanas Cotolo y Chunchi Novoa y Amalia (“Chicu”) y Lolina Noriega se afanaban en bordar los escudos de las camisetas, que eran verdes como las de la selección mexicana. Al igual que en las funciones de teatro ambulante que se montaban en la Plazuela de la Magdalena, hombres y mujeres de todas las edades llevaban su propia silla o banqueta hasta el campo del Sablón -el “Güertu del francés”-, que era el escenario de las gestas. Se pasaba la bandeja y se recogían buenos duros. El vestuario era la sidrería-bolera que había junto a las ruinas del palacio de la familia Duque de Estrada, y, a falta de duchas, los jugadores se daban un calumbu en la playa al terminar los partidos. Luego se lavaban en el lavaderu de El Cercado y marchaban a ver la película del “Benavente”.

César era un frío y elegante extremo izquierdo que centraba los balones con clase y precisión. Empezaron a salir canciones dedicadas a él, letras de anónimos compositores que se adaptaban a músicas conocidas, y el público las coreaba en las tardes de gloria:

 

“Llanes por la tandina,

Llanes por la tandada,

todos aplauden al Maestro

cuando hace la jugada”.

 

Todos los llaniscos participaban de la euforia. Los domingos que les tocaba jugar en la villa, César asistía a la misa de ocho de la mañana, y a la salida nunca faltaban viejas beatas enlutadas que le jaleaban esgrimiendo la cachaba: “¡A ver qué hacéis hoy, César del alma! ¡Hay que ganalos como sea!”. Jugando fuera de casa, en algunos sitios los llamaban “triperos” y “montañeses”. Se desplazaban en un autocar de doce ruedas, que parecía un camión sacado de una película bélica (un día de nieve, el vehículo se averió, y tuvieron que bajarse todos a empujarlo). Siempre les acompañaba Francisco del Campo Peláez, “Papaco”, como delegado de la Junta Directiva. También iba con ellos Perfecto Santos Cue, “Teto”, honrado y diligente a carta cabal, en quien depositaban relojes, medallas, carteras y demás cosas de valor.

El equipo se reforzó con varios jugadores foráneos –fichajes pagados a tocateja-, como Soberón, los Trueba, Martínez y Curiel, que se alojaban los fines de semana en la “Fonda la Guía”. En el vestuario se acuñaron expresiones cinematográficas asociadas al áurea de algunos de los gallitos del equipo: a César, que era el capitán, le decían “Adiós, Mister Chips”, por aquello del ceremonial de estrechar la mano del árbitro y de los linieres. El entrenador Sirio era “¡Qué bello es vivir!”; y a Aurelio le adjudicaron “De México llegó el amor”.

Aunque ya no era un crío, César destacaba tanto que el Real Oviedo –entonces en Segunda División y entrenado por Caicedo- le hizo una prueba en verano. El que le recomendó fue Mariano Zubizarreta. Si la cosa fraguaba, le iban a ofrecer dos mil duros de ficha, ochocientas pesetas al mes y un empleo curiosu. El extremo estuvo un mes con los “azules” y llegó a jugar un amistoso contra el Valladolid, en Avilés, pero al final el fichaje fue descartado y se quedó en Llanes, donde sus incondicionales seguirían sacándole canciones:

“Maestro, no tengas miedo,

hazle frente al enemigo; 

si tratan de atropellarte, 

el público está contigo”.


A lo largo de esa época, recorrida por trenes llenos de aficionados que seguían a su equipo, sonó con fuerza la expresión “¡Triquititrí, ra, ra, ra!”, que luego sufrió una ligera transformación y pasó a ser “¡Triquitrí!”. Eran los tiempos de la denominada “Ruta del Oro”, que va desde 1948 hasta los primeros años cincuenta. El inventor del grito de guerra fue José Sáinz Notnaghel, delegado en Llanes de la compañía mexicana “Aerovías Guest” y amigo de Evilasio Sánchez García, que llevaba al campo de “Malzapatu” un megáfono para lanzar al viento sus voces de ánimo: 


“Cueste lo que cueste,

se ha de conseguir

que la Copa sea para el Triquitrí”.


Se popularizaron al menos diez estribillos. El principal cantar, que resumía el espíritu del “Triquitrí”, estaba inspirado en una ranchera de Negrete:


“Me gusta cantar al viento, 

porque vuelan mis cantares, 

y digo lo que yo siento del Club Deportivo Llanes.

Tenemos un gran equipo

de solera y de bandera,

que a todos los sitios que va

tiembla hasta la carretera.

Tenemos un delanteru que se llama Paco Maya,

que todas las que recoge las introduce en la malla.

Con César de extremo izquierdo,

Rafa y Tonín de delanteros,

se forma la doble uve

y el gol sale de bandera.

Me gusta ver a Tomás

con su juego de cabeza,

tirando balones al centro

para que Aurelio los meta.

Noga es un batallador,

Torre y Ramonín despejan,

y las que llegan al marcu

Luisín Cobos las bloquea”.


Lolina, la hermana de César, que se casaría con el farmacéutico Mariano Buj Suárez, era una de las grandes forofas del equipo. “¡Hermanín: ya tienes las niñeras a cada lau!”, gritaba Lolina, sin apear el paraguas, cuando veía que los defensas se pegaban a él como lapas. La fama de la hermana de “el Maestro” trascendió las fronteras llaniscas. Una vez, bastantes años después de que hubiera periclitado el “Triquitrí”, Lolina estaba en Llanes acompañada de su marido en una celebración con motivo de la ordenación sacerdotal de su cuñado Pepe Buj.

- “Oye, Mariano del alma: un cura de aquellos de enfrente no para de mirarme. Desde que entramos no me quita ojo. Me está poniendo nerviosísima. Debo gustai,, Marianín…”, dice a su marido.

- “Figuraciones tuyas, Lolina. No digas cosas raras”.

- “De figuraciones, nada, Marianín. ¡Que viene!”.

En efecto, uno de los sacerdotes presentes se levanta y, con media sonrisa, se aproxima al matrimonio.

- “Perdónenme, hijos míos. Llevo media hora mirándola porque se me hace una cara muy conocida... Estoy seguro de que la conozco, pero no sé de qué”.

- “Yo creo que me confunde con otra, padre, porque yo a usted no lu conozco de nada”, responde Lolina.

Dubitativo, el sacerdote se rasca la cabeza y, de pronto, da un bote.

- “¡Ya lo tengo! ¡Ya me acuerdo! ¡Usted me dio una vez un paraguazo!”

- “¿Pero qué diz, padre, si yo tuve siempre muchu respetu a los curas?”.

- “Fue un domingo en Cangas de Onís, en un partido muy disputado! Estaba yo a punto de entrar en el seminario. Usted es la de los paraguazos, sin duda.”

 

EL GRITO DE GUERRA


Las letras de los cánticos al fútbol llanisco de los años cuarenta y cincuenta guardan un cierto parentesco formal con los cantares de gesta:


“Tengo un ‘once` de Primera,

no es un equipo cualquiera,

tiene clase en las jugadas

y al alzar las goleadas,

tiran a gol, tiran a gol.

Es el conjuntu llaniscu

equipu de muchu pistu,

tien la furia española,

pega muy bien a la bola,

tiran a gol, tiran a gol.

Aquí llegamos los hinchas,

por si el equipu deshincha,

sacamos nuestras reservas,

que traemos en conservas,

tiran a gol, tiran a gol.

Haciendo honor al escudu,

hoy nos quedaremos unidos

por animar al equipu,

aunque nos hagamos ciscu,

tiran a gol, tiran a gol”.


Era otra cosa. Incluso algunos anuncios de la prensa local encerraban alusiones al fútbol, como éste de la peluquería de caballeros “México”:

 

“¡Deportistas y aficionados!

¿Queréis saber de todo... ello?

¡Afeitaros donde Abello!

La cátedra de balón la explica José Ramón.

Y la de ciclismo, a cargo del mismo.

El tiempo que ha de hacer en Mayo, te lo dirá Pelayo.

Hermosea tu semblante y masajea tu cutis,

paga el servicio a Constante

y ya puedes hacer mutis”.

 

Los comerciantes sabían aportar fantasía en el marketing. Mientras el confitero Abelardo ponía poesías en los envoltorios de los caramelos de malvavisco, el comercio de calzado “La Victoria” recomendaba prepararse para las grandes fiestas:

“Como ya viene La Guía

y tenemos que bailar,

para no quedarse en casa

nos tenemos que calzar.

Para que bailes a gusto,

graba bien en la memoria

que has de comprar tus zapatos

en Calzados La Victoria”.

 

LANCES Y ENTUERTOS

Las canciones dedicadas al "Triquitrí" contaban lances, entuertos y batallas:


 “En el Campu de Pialla,

Titi Judas se vendió

para romper la pierna a Hilario

y quedar campeón.

Valamé, valamé,

Titi a Hilario rompió un pie,

esi jugador de Infiestu

es peor que Bernabé.

Don Antonio Moriyón,

cuando supo lo de Hilario,

fue a la FondaLa Guía

y le regaló un rosario”.

 

La lesión que sufrió Hilario hizo que se convocara una multitudinaria manifestación de apoyo en la Plaza. El jugador, con su pierna escayolada, tuvo que salir a saludar a la ventana.

 

“Club Deportivo Llanes,

levanta bien la cabeza,

pues jugásteis el torneu

con valentía y nobleza.

El Club Deportivo Llanes

nunca pierde la moral,

aunque pierda y aunque gane,

la alegría es siempre igual,

¡Hala Llanes, hala Llanes!”.

 

Las letras siempre estaban empapadas de orgullo llanisquista:

“Esta tarde, si Dios quiere,

ganaremos al Cardín,

que tenemos un delanteru de aúpa,

que se llama Tomasín.

Y si vamos a Cangas,

la gente se amotina,

y sale a relucir

la famosa sardina.

No hay equipu en todo Oriente,

que al Llanes le meta el diente,

no hay equipu por aquí

como el Llanes “Triquitrí”.

 

“En tal sitiu nos llamaron sardineros y algo más,

pero estamos muy orgullosos de tener puertu de mar.

¡Así se bate el chocolate

en la “Auseva” cuando se hace!”.


Y no faltaron valientes y comprometidos estribillos en alusión a los “emboscaos” (lo que tenía sus perendengues en el contexto social y político de entonces), como aquél que decía:

“Si tenéis jugadores

es gracias a Bernabé,

que los trae por la noche

cuando nadie los ve”.


(De un extenso reportaje publicado en el semanario EL ORIENTE DE ASTURIAS, en cuatro entregas, los días 26 de mayo y 2, 9 y 16 de junio de 2000).