OPINIÓN
Hoy referiré tan solo el hecho de que en una de
las sesiones de ese taller ha participado el sacerdote e investigador
asturianista José Manuel Feito Álvarez (Pola de Somiedo, 1934). Miembro del
RIDEA y reconocido estudioso de las expresiones jergales de nuestra región, el
erudito “ñurriu”, que diría un tejero, expuso su idea de que “Asturias es el paraíso de las lenguas
gremiales” y habló del “bron” (el argot de los caldereros de Miranda) de la
xíriga y del mansolea (la jerga dialectal de los zapateros de Pimiango).
De la intervención de Feito, en la que no faltaron
anécdotas muy ilustrativas, nos interesó mucho el apunte que hizo de la
idiosincrasia de los caldereros, marcada por el sentido de la autoprotección
(autodefensiva es también, por otro lado, la honda intención de las jergas
gremiales en su conjunto). Al igual que los tejeros, los caldereros provenían
de la aldea, de mundos empobrecidos y sin alfabetizar, y solían ser
considerados gente de pocas luces y fácil de embarullar y de engañar. Pero esa
apreciación estaba equivocada.
Veamos un ejemplo. Cuéntase -nos lo contó Feito-
que un calderero llegó a Salamanca con un jamón para un hijo que tenía allí
sirviendo a la patria. Era la época de la jambre. Dos estudiantes -que desde el primer momento se fijaron el
objetivo de hacerse con la vianda- mostráronsele amistosos y serviciales y le
dieron palique. “¿No estará el hijo suyo,
por casualidad, en tal cuartel?” “¡Sí, ahí mismu está!”, respondió él. “¡Hombre, pues resulta que el coronel que
manda esa unidad es tío carnal nuestro!”. Total, que se le ofrecieron para
interceder en favor del soldado y procurarle una mili de enchufado. “Lo único que haría falta, eso sí, es tener
un detallito, ya sabe... Una caja de puritos, unas botellitas de anís del Mono,
algo..., que nosotros le llevaríamos con mucho gusto de parte de usté”. El
jamón ni lo mentaron, pues daban por hecho que lo acabaría sacando a relucir el
propio paisano. Él se rascó la entrepierna. “Buenu,
no sé” -dijo-. “Yo soy caldereru, y
creo que hago bien mi oficio. Podría hacer el mejor calderu de todos los que
hice en la vida. Inclusu voy vender una finca y el fondu lu voy a poner de oru”.
El par de elementos empezó a presentir un chasco. El artesano añadió: “Y si al señor coronel, por lo que sea, no
le interesara el calderu, lu podéis vender vosotros y ganar unas perras
guapamente. Por el asa y lo de arriba no sacaréis gran cosa, pero por el culu
van a daros bastante”.


No hay comentarios:
Publicar un comentario