Con 20
alumnos inscritos (hombres y mujeres de entre 21 y 77 años de edad), la
iniciativa -una experiencia que no dudamos que será imitada y continuada- tuvo
un carácter divulgativo y empleó como libro de cabecera “La xíriga, el lenguaje
de los tejeros de Llanes”, de Emilio Muñoz Valle (1921-1979), obra publicada
hace ahora trece años en la colección “Temas Llanes”. Se habló de aspectos
lingüísticos (estudiados por el propio Emilio Muñoz, chigrero, investigador y
amanuense de un vocabulario de xíriga) y también sociológicos, a la luz de las
reflexiones del poeta Pablo Ardisana incluidas en el mismo libro (“La emigración tejera fue un aspecto más del
dominio de una clase social sobre otra; en definitiva, lucha de clases”, ha
escrito el sabio Pablo). Se hicieron comentarios de texto, dictados,
traducciones de coplas que había tenido expuestas Emilio Muñoz en su bar, “Casa
Alejo”, de Posada; se buscaron sinónimos y metátesis silábicas y no faltaron
improvisaciones sobre el encerado ni deberes para hacer en casa. Resultó
contundente el testimonio de ex tejeros que tomaron parte en cuatro mesas
redondas: Juan Ríos y Juan Remis (ambos de Villahormes), Tito Celorio y Pín
Villar Alonso (de Vibaño los dos) y Francisco Poo Valle (“Quico, el de
Rabiaos”), que entre todos acumulan al llombu 60 temporadas en tejeras de
Asturias, Castilla y el País Vasco. A ellos se sumaron José Manuel Feito,
eminencia del RIDEA, y Ramón Melijosa, un popular barbero que se autodefine
como “zarru cuadrumeñeru y xiflu de
machuriadores de la ñansona y tamargos” (“viejo peluquero descendiente de
marineros y de tejeros”), y que en 1995 había recopilado y publicado por su
cuenta un meritorio diccionario de xíriga.
Fue un baño
de antropología descarnada, un homenaje a la memoria de aquellos pinches,
maseristas, tendedores y cocedores que arrancaban a la tierra 2.000 tejas al
día. Oyóse poesía de alpargata, lirismo descalzo y familiarizado con “doña María Morata y don Pedro Zorrilán”
(eufemismos para referirse al azote de sol a sol de la pulga y el piojo). El
tejero -ya lo dijo Muñoz Valle- sabe encajar las putadas de la vida con ironía
y humor. “Allí no había colesterol”,
dijo Juan Ríos en una clase. “Y los
zapatos no mancaban”, saltaría Remis. Un día, repasando los nombres de las
prendas de vestir, al llegar a los “grillescos” (calzoncillos), Ríos hizo una
matización numantina: “De grillescos
nada. ¡Allí andábamos todos a tejavana!”
Con un diploma bajo el brazo, los cursillistas salieron
del aula convencidos de haber contraído una responsabilidad. Para ellos, dejar
morir una jerga que forma parte del alma de Llanes sería lo último, y por eso
están decididos a “machuriar de llarpiza
ascode” (darle mucho a la lengua) y “verbear”
(hablar) la xíriga en la cotidianidad. Su punto de encuentro es el Bar Caroni,
chigre de la calle Mayor regentado por Tomás Amieva (uno de los alumnos
aventajados que tuvo el histórico curso promovido por el Ayuntamiento), entre
cuyas paredes soplan aires y mensajes que remiten a la epopeya tamarga.
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