OPINIÓN
"Itinerarios de la xíriga"
Pragmáticos,
siempre al grano, enemigos de la divagación estéril, los antiguos tejeros que
aún quedan entre nosotros están hechos de otra pasta. De otro barro. “Muchas
jambres y muchas moyaduras”, le resumía el otro día Juanito Remis (Debodes,
Caldueñu, 1929) a Ramón Batalla en LA NUEVA ESPAÑA, al comentar las 24 temporadas que
pasó en tejeras de Palencia, León y Asturias. En el III taller de xíriga (el
argot de los tejeros llaniscos), que acaba de clausurarse en la Casa de Cultura de Llanes,
dentro de los cursos municipales que promueve el Ayuntamiento en colaboración
con Cajastur, los tejeros participantes dieron una lección de las que se quedan
grabadas en la mollera: vinieron a decir que en toda comunicación que se
precie, ya sea oral o escrita, la precisión del lenguaje ha de ser siempre la
norma general (cosa, por cierto, en la que falla mucho la clase política
española, en general).
Cuando
en los diccionarios de xíriga se echan en falta vocablos comunes y habituales
(caballo o tortilla de patata, por poner dos ejemplos), en estos casos la
prudencia exige jilar muy finu, y eso es, precisamente, lo que hicieron en el
reciente taller Juanito Remis, Juan Ríos, Tito Celorio, Evaristo Concha y Ángel
Amieva. Estos cinco tamargos, extraordinarios y carismáticos, hablan desde el
magisterio que les confieren las 63 campañas en la tejera que acumulan entre
los cinco, y puntualizan que un caballo es un “musendu arangue con belardas
chupidas” (burru grande con orejas pequeñas), y que la tortilla española ha de
traducirse como “zaramoas asuadas con gumarros de plumosa eszarapiaos” (patatas
fritas con huevos de gallina batidos). Está claro.
Los
talleres de xíriga en Llanes van a más de año en año. Los tejeros se ven
reconocidos por lo que son y por lo que representan, y descubren con asombro
que las circunstancias de su duro trabajo y las peculiaridades de su forma de
hablar interesan cada vez a más gente.
La progresión del curso es evidente: en la primera edición se inscribieron 20
alumnos; en la segunda, 25; y este año, 34. Aglutina a personas de perfiles muy
variados -viejos y jóvenes, hombres y mujeres- que luchan románticamente por
una lengua que se resiste a morir. El más veterano militante de esta utopía
puede que sea Santos de la Fuente Gómez,
ex jefe de la estación de Feve, que en los años 50 tuvo la audacia de escribir
en xíriga todos los avisos horarios de llegada y salida de trenes en el tablón
de anuncios.
La
principal novedad de este tercer taller consistió en una visita a la tejera de
San Miguel, en Ardisana, propiedad de Ricardo Pesquera, para asistir a una
demostración práctica. En aquel sobrecogedor templo de la intrahistoria de Llanes,
bajo tejavanas y entre columnas de ladrillos con más de doscientos años de
antigüedad, Tito Celorio amasó tierra mojada y enseñó a los alumnos cómo se
hace una teja. Era una escena casi bíblica, y de todo ello hizo innumerables
fotos José Ramón Rodríguez Trespalacios, “el de El Siglo” (unas instantáneas
que, tal vez, encierran la misma intención antropológica y de documentalismo
social que movió a Nicolás Muller en los años 30 a retratar a su Hungría
profunda y feudal).
Quién
sabe, en fin, si tejeras como la de San Miguel, que aún permanecen en pie
aunque fuera de uso, podrán entrar algún día a formar parte de los itinerarios
turísticos que atraen a los viajeros ilustrados, junto a otras referencias y
reclamos culturales, como las cavernas prehistóricas, el casco medieval, la
impronta marinera y pescadora, la arquitectura indiana o los escenarios de los
rodajes cinematográficos.
(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA el viernes 27 de febrero de 2009).
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