sábado, 23 de octubre de 2021

GESTIÓN CULTURAL Y 'MARCA ASTURIAS'. UN ARTÍCULO DE ADOLFO CAMILO DÍAZ




Pepe, Higinio, Mael... y los demás




DOLFO CAMILO

Ún de los más guapos cantares d’Amaral (‘Marta, Sebas, Guille y los demás’) valnos p’acordanos d’un colectivu profesional qu’aveza tar en zona de sombra, dando lluz a aquellos o aquelles que de verdá lo merecen: creadores y… espectadores. Falo, cómo non, de los ‘xestores culturales’, cuantayá reconocibles como ‘animadores’, depués como ‘técnicos’ y, d’un tiempu a esta parte, como ‘programadores’.

La inesistencia d’una denominación única y formal pa estos profesionales evidencia la indefinición d’ unos perfiles llaborales que tovía nun sabemos bien si vienen de los pregoneros del renacimientu (y entós, ún de los sos santos de referencia sedría San Lázaro de Tormes, qu’asina acabó los sos díes) o, buscando referencies anteriores, de los mesmos bufones medievales, eso sí, pasando pelos maestros de ceremonies victorianos, los buhoneros… y en xeneral toa persona que llevare información y entretenimientu, ensi él mesmu ser l’artista, d’un llau pa otru. Vengan d’onde vengan… el casu ye qu’esisten y que son parte fundamental d’eso que llamamos ‘Marca Asturies’ o ‘Marca España’. Y esa esistencia ye tan evidente que, nun país como Asturies, con poca ufierta cultural privada (háiles heroiques como El Huerto de Xixón… Y háiles pirates, como esa fundación tontilloca a la que-y dio por vender el Goya que teníen pa facer caxa!), la ufierta pública qu’esiste (del megaconciertu nun estadiu al cursín de Pathcwork) xestiónenla esos innominaos profesionales, la mayor parte de les veces de bona y digna manera.

Tornemos al títulu: Pepe ye José Paz, que fue ún de los meyores, más eficaces y más discretos xestores de lo cultural llevando la Casa de Cultura de Llanera (realmente, les cases de cultura de Llanera, ún de los conceyos con más y meyores infrastructures d’Asturies. Pepa acaba xubilase: dexa un conceyu, culturalmente armáu, ricu, participativu… Y el so alma tá ehí: de les biblioteques a la Escuela Música; de los milenta talleres a les milenta actividaes teatrales, musicales, artístiques… Si dos palabres definen a una persona, les de Pepe Paz sedríen ‘efectividá’ y ‘humildá’… Palabres concidentes con otru de los grandes, xubiláu poco enantes de que toos pandemiáremos: Higinio del Río, que foi’l xestor cultural que punxo a Llanes nos más reconocibles mapes de la excelencia cultural. ¿Y Mael? Mael ye Ismael González Arias, hiperactivu y illustráu y caudalosu factótum de la cultura en Mieres… Pepe, Higinio y Mael son parte d’una profesión, insisto, poco conocida y poco reconocida porque d’ella, qu’afecta a miles de profesionales y a cientos de miles d’espectadores, namás que sabemos polos resultaos, non polos procesos. Vemos un Festival Infantil, por dir a dalgo aparentemente trivial, y nunca nun valoramos, el tiempu, l’esfuerzu, la dedicación d’esos profesionales pa qu’esi festival llegue dignu y prestosu a los espectadores… Pa qu’esi actu sía inolvidable pa los executantes.

Y con Pepe, Higinio y Mael cómo nun falar d’esi pozu de sabencia que ye Jaime Luis en Castrillón, o d’esi tresuntu de Balzac inagotable que ye Alain Fernández en Carreño o d’esa impecable Julia Rodríguez n’Avilés, o d’esi imparable Manuel del Rivero en Colunga, o d’esos maraviellosos estajanovistes Julia Martín, Carmen Cabanas o Toño Criado en Xixón… Compañeros y compañeres, ente más otros, que tienen apurrío tantu llabor, tantu talentu y tanta estima a eso que sigue, seguimos siendo, el respetable. 


(Artículo publicado en el diario EL COMERCIO el sábado 23 de octubre de 2021). 


Adolfo Camilo Díaz, gerente del Patronato de Cultura del Ayuntamiento de Corvera. (Foto: H. del Río).





domingo, 17 de octubre de 2021

ASIEGO EN LA MEMORIA: UN LIBRO DE FERNANDO FERNÁNDEZ FIGUEROA

El Tío Aquilino con sus alumnos, en la escuelina de Asiego (1925).

 

OPINIÓN                                           

Gente de Asiego


Una fotografía como origen de una crónica familiar del siglo XX 



HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

Una vieja fotografía conservada entre dos mundos ha movido al poeta, ensayista y editor Fernando Fernández Figueroa (Ciudad de México, 1964) a recrear la peripecia vital de su familia. La imagen corresponde a un grupo escolar -el maestro y los treinta y seis niños de la escuela de Asiego, en Cabrales- y fue captada en 1925 por un fotógrafo ambulante.  

Esos rostros, alineados en cuatro filas, encierran un gran poder de evocación. Reconvertida en motivo literario, la foto ha dado lugar al libro “Oriundos” (2018), que es una magistral crónica familiar del siglo XX, a caballo entre México y Asturias. En ella, Fernando Fernández sigue el rastro de aquella escuelina y va desvelando, poco a poco, y con exquisita prosa, la densa acumulación de recuerdos y sugestiones que envuelve al maestro, “el Tío Aquilino”, y a sus alumnos. Indaga en los cajones, analiza cartas de ultramar y recaba testimonios en una tarea que tiene algo de ejercicio detectivesco. En el centro de la escena sitúa a sus abuelos paternos, Santos Fernández Bueno (1906-2002) y Fernanda Bueno Bueno (1914-2006), hijo y sobrina del Tío Aquilino y primos carnales entre sí.

Fernanda Bueno había nacido en México, amadrinada por la esposa de Jesús Moradiellos, el primer presidente del Centro Asturiano de la capital, pero desde muy niña, al morir su madre, la llevaron a Asiego, donde pasó su infancia y parte de su primera juventud. Al casarse con Santos en 1933 -tenía entonces diecinueve años- regresó a tierras mexicanas. Su padre, Fernando Bueno Díaz, había vivido en México cuarenta años, desde 1887, y tuvo allí, entre otros negocios, la tienda y cantina “La Hoja de Lata”, en la esquina de Cinco de Febrero y Mesones. De vuelta a Cabrales en 1927, cumplidos los cincuenta y un años de edad, compró muchas tierras y resultaría elegido concejal en la Segunda República. Su hija Fernanda fue la última superviviente de la foto de la escuelina, en la que está ausente Santos, que había emigrado a México en 1923, a los diecisiete años, huyendo de la guerra de África.

Sobre todo, Fernando Fernández refleja las circunstancias de la emigración. El viaje de su bisabuelo en la bodega de un barco, “en la que iban, igual que si fueran animales, cientos de hombres de todas las edades, entre vómitos y blasfemias”, es una de las estampas de más dramática elocuencia que ofrece al lector. La acogida inicial del abuelo en la Sociedad Española de Beneficencia, las noches durmiendo detrás del mostrador de la tienda de abarrotes y los años de sacrificio previos al estatus de prosperidad y riqueza son otras de las situaciones, personalizadas y contextualizadas, a las que saca punta en su relato.

La tierra de procedencia está muy presente. “En algunos aspectos, la vida de Santos y Fernanda en México transcurrió como si nunca hubieran salido de Asiego”, nos dice el autor, que da visibilidad a más de cincuenta vecinos de distintas épocas y registra momentos esenciales del pasado y del presente de la localidad de los Picos de Europa, como la Guerra Civil, la concentración parcelaria y la agonía de la vida tradicional en aras del turismo.

También Llanes se asoma a las páginas de “Oriundos”, con referencias al fotógrafo Cándido García, a El Coritu (que en 1936 salvó la vida de Fernando Bueno Díaz) y al Mayorazu de Porrúa, al que Alberto Niembro Turanzas, relevante hijo de Asiego, dedicó un célebre librito.

La desorientación del abuelo Santos al final de sus días, cuando ya no sabía si estaba en México o en España, viene a ser un conmovedor remate a la historia, una apropiada metáfora para expresar dos rasgos característicos de muchos de quienes tuvieron que emigrar a América: la integración plena en el país de adopción y el latido de un corazón dividido. 

(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA el lunes 11 de octubre de 2021). 




Fernando Fernández Figueroa (Ciudad de México, 1964).




LLANES: LORENZO LAVIADES, UN ESCRITOR OLVIDADO

 

OPINIÓN                                           

La inspiración en un billete de metro


Trigésimo aniversario del fallecimiento de Lorenzo Laviades, un escritor llanisco ignorado por sus paisanos, autor de relatos breves y de la novela costumbrista "Blas el pescador" 



HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

Lorenzo Laviades Fernández (Llanes, 1908-Llanes, 1991) pasó gran parte de su existencia en Madrid, siempre al lado de sus hermanas, María, Isolina y Carmen, solteras como él. Empleado en una sucursal bancaria, era al terminar su jornada laboral cuando empezaba realmente a vivir. Los números y las cuentas, que habían bailado durante ocho horas en su cabeza, se evaporaban entonces y daban paso, hasta la hora de la cena, a una imaginativa factoría de creación de historias. Disponía de una excelente biblioteca, en la que las páginas de los volúmenes, a menudo subrayadas o con anotaciones al margen, remitían a otros libros, a oportunas interrelaciones de temas y autores que le habían dejado huella. Todos los domingos y fiestas de guardar, después de misa, se acercaba a la Cuesta de Moyano, cerca de donde tenía su domicilio, a rebuscar pacientemente entre libros viejos. 

Su vocación literaria se había ido afirmando desde la adolescencia. No era un niño como los demás. Una deformidad en su cuerpo le hacía distinto y le ponía muy difícil poder jugar con sus compañeros en el recreo. Maduró muy pronto. Siempre estuvo delicado, de modo que fue inevitable que se forjase en él un carácter tímido y retraído. Resignado con su fragilidad. En vez de jugar a la pelota, observaba el mundo que le rodeaba y leía a Verne.

Con los años, en su recogimiento interior, Lorenzo Laviades alentaría una narrativa marcada por el humanismo cristiano y el amor al terruño. Su producción literaria está esparcida en las ediciones de El Oriente de Asturias -en cuyas páginas aparecían también esclarecedores artículos suyos sobre política internacional- y en los números extraordinarios que publicaba cada verano el semanario. “La cena a bordo”, “Los caudales de Pepón”, “Razzia”, “La vaca de Gilda”, “Por el Cares arriba”, “Historia de un exiliado”, “Aventuras de Joselín” y “Panchito el Mejicano”, son algunos de los relatos breves que vieron la luz.

De toda su obra, en la que está muy presente el Llanes de su infancia y de su juventud, sólo se ha publicado en formato libro la novela costumbrista “Blas el Pescador” (1986). En ella se recrea el modus vivendi de los años 20, un microcosmos en el que cobran protagonismo rincones urbanos como la Peña Redonda (ya olvidada por los llaniscos) o la Callejina de las Brujas, instituciones como el Colegio de La Arquera, tipos esenciales de la sociedad local, como los pescadores, los indianos o los señoritos del Casino, y una visión nostálgica de la actividad de las fábricas de conservas de pescado, la costera del bonito y el trajín callejero de las pescaderas.

Laviades sabía dar buenos consejos a los que empezábamos a escribir, e insistía siempre en una cosa: cuando llega una idea, hay que atraparla al instante para que no se escape. “Si estás ya metido en la cama para dormir y te viene la inspiración, enciende la lámpara, levántate y anota la idea, porque pasará de largo y no te vendrá más”, decía. En Madrid, cuando las musas le pillaban a él entre las estaciones de Sol y Atocha, sacaba en seguida el bolígrafo y escribía en el billete de Metro, con letra pequeñísima, el esquema de su próximo artículo.

Nada más jubilarse, regresó con sus hermanas a su villa natal, donde pasó los últimos años de su vida. Murió sin alterar ni un ápice su educado retraimiento, su timidez y su secreta costumbre de dar dádivas a los necesitados. Al cumplirse ahora treinta años de su fallecimiento da mucha pena el desconocimiento que se tiene de él y de su obra en Llanes.

(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA el miércoles 29 de septiembre de 2021).