martes, 31 de marzo de 2020

PEPÍN, EL DE "LA GLORIA": AVENTURAS DE UN CHIGRERO JUBILADO (3)

OPINIÓN                                                               

Eros y lucha de clases

Con Pepín el de La Gloria cualquier rincón es bueno para hacer una tertulia



HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

Egoístamente, hubiéramos deseado que Pepín Sánchez Inclán, el de La Gloria, siguiera al pie del cañón medio siglo más. Han pasado ya siete años desde su jubilación y su histórico bar de Llanes permanece cerrado, despertándonos la añoranza de los buenos momentos vividos allí. A él quizá le pase otro tanto, aunque nos consta que acabó su vida activa hasta el gorro, tras cincuenta y dos años detrás de la barra, pero tiene tan metida a La Gloria en lo más hondo de su ser que la jubilación, en su caso, es sólo relativa (por lo menos mentalmente):

“¿Queréis creer que sigo soñando con el bar…?”, nos decía el otro día. “Sueño que el comedor está llenu hasta los topes y que sale Isabel de la cocina y me dice de prontu que sólu queda lomu y patatas… ¿Pero, Isabel del alma, cómo le vamos a dar a esta gente sólu lomu con patatas?, le digo… ¡Un sufrimientu!”

Pepín no sería el mismo sin estos desvelos oníricos, o sin los pies planos, o sin el jodido empeine que viene esclavizándole toda la vida, calce el zapato que calce. Le vemos poco, como si viviéramos en países distintos, y cuando tenemos la dicha de encontrarnos con él, dondequiera que sea, se improvisa al instante una tertulia como las que se hacían en aquel chigre de la calle de la Estación, hermanado con los vaivenes y los horarios de los trenes en los días de mercado. “¡Qué bien te vemos Pepín! ¡Pareces un señoritu!”, le dice siempre alguien, dando paso así a un cónclave que en seguida alcanza el quórum:
- “Más vale un marinero / con el remito en la mano / que cincuenta señoritos / por el muelle paseando”, salta a continuación Javier González Tamés, tertuliano de Celorio, lanzando al mundo un alegato proletario en forma de canción. Lo que canta es, ni más ni menos, el estribillo verde y rojo de una coplilla llanisca que entonaba a menudo el difunto Cuteo (Fabián Abello, empleado muchos años en la imprenta de El Oriente), y que compendia a su manera, a escala del Riveru, las tesis de Marx y Engels.
Igual que antes, cuando estaba abierta La Gloria (en los tiempos, no muy lejanos, en los que tomaba la palabra en aquel hemiciclo gente irrepetible, como el taxista Ramón el de la Bolera, Cosmín Menéndez, Juan Junco “Chaparru”, Manolo Melijosa “el Parru” o Carlinos el de La Sirena), los debates multidisciplinares se arman ahora en derredor de Pepín para abordar, al fin y al cabo, las cosas de las que se ha venido hablando siempre: el drama de la existencia, el instinto de supervivencia, la explotación de unos hombres por otros, el precio de la leche, la liga de fútbol en Primera y Segunda División y las mujeres bandera que quitan el hipo. También sale a colación la corrupción política y económica de cada día, y Pepín, en estos casos, tiende a desdramatizarlo todo utópicamente, a la luz de la poesía de Gabriel y Galán: “Nadie huelga ni vocea, nadie injuria ni guerrea, nadie manda ni obedece, nadie agarra el grano de oro que al tesoro pertenece”, nos recita de memoria. 
En medio de un general propósito de tomarse las cosas con humor (eso que no falte), es recurrente la evocación del Llanes de antes, de aquellos tiempos de diferencias sociales abismales, en los que lo único que igualaba a ricos y pobres eran los frecuentes apagones de luz durante el invierno. En tales trances, por cierto, según recordaba un tertuliano la semana pasada, el hombre clave era Amable Cantero Vallado, encargado de Electra Bedón, cuyas oficinas estaban en la misma acera de La Gloria. Discreto y eficaz en el cumplimiento de su deber, Amable comía allí a diario. Una vez, en plena avería general del tendido eléctrico, recibió la angustiosa llamada de socorro de una mujer:
- “Estoy apuradísima. No tengo p’ apañame na más que una triste vela. ¡Mándame un hombre lo más prontu que puedas!”

(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA el martes 20 de octubre de 2015).

PEPÍN, EL DE "LA GLORIA": AVENTURAS DE UN CHIGRERO JUBILADO (4)

                                                   Con el domador Ángel Cristo. (Foto: H. del Río).
OPINIÓN                                                               

La memoria está en el horizonte

Pepín el de La Gloria sigue instalado mentalmente detrás de la barra del bar



HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

Aquel día, Pepín Sánchez Inclán, el de La Gloria, andaba, como de costumbre, en un maratón sobre sus sufridos pies planos: de la cafetera al comedor y del comedor al infinito, y vuelta a empezar. En esto, entró alguien con una noticia: “Se acaba de morir fulano. El funeral es mañana a las cinco”. Pepín se detiene y pone las manos sobre la barra, ensimismado, con los labios apretados. Su cara deja ver una mezcla de sorpresa y de ligera conmoción. “¡No somos nada!”, añade alguien, y Miguel, el de Feve, que está escudriñando minuciosamente la reacción y los gestos del chigrero, lanza un comentario desde el córner: “A ti, Pepín, lo que te preocupa es el pufu que te dejó”. 

El bar La Gloria, en Llanes, era una universidad de la vida, y entre las disciplinas que se enseñaban allí estaba la Psicología básica. A punto de cumplirse seis años desde que el establecimiento cerró sus puertas, al añorado Pepín, que ahora siega praos en El Cantinu (Ribadedeva), le siguen bullendo en la cabeza imágenes y episodios de su vida laboral. Estuvo en activo cincuenta y dos años, “pero, como hacía siempre jornadas dobles, en total trabajé ciento cuatro años”, puntualiza sin vanagloriarse.
Desde que se jubiló es otro, y le llueven los piropos y parabienes: “No hay quien te tosa. ¡Estás hechu un señoritu!”
- “Ya, hiju, pero no creas. Soy de la quinta del Rey (Juan Carlos), aunque él ascendió más rápidu que yo”.
Pocos personajes quedan ya capaces, como él, de generar sinergias que humanizan y alegran la convivencia. Cuando le saludan en la calle, antes de que pueda decir esta boca es mía ya tiene formado alrededor un corrillo de parroquianos con ganas de palique.
- “Te llevo llamando varias veces, pero nunca me coges el teléfono, puñeteru”, le reprocha uno.
- “Es que lu dejo en casa, mi críu. Un segador con móvil parez que no pega”.
- “Pescador, cazador y tejeru, nunca gastaron buen sombreru”, apunta a estribor el celoriano Javier González Tamés, siempre tan oportuno, en alusión a los prototipos esenciales de la clientela que poblaba La Gloria.
Sin tiempo que perder, Andrés, el del cupón, que pasa al lado, improvisa sobre la marcha una caxigalina: “¡Penalty en la Corredoria! ¿Quién lu va a tirar? ¡… Pepín el de la Gloria!”
Mentalmente, Pepín sigue instalado en el bar. Su horizonte de cada día nace cargado de memoria. En sus sueños, monotemáticos y recurrentes, se ve con Isabel, su mujer, yendo a comer a La Barata, en Colombres, y siempre ocurre lo mismo: el comedor está hasta arriba, pero él se da cuenta, alarmao, de que no hay camareros ni cocineros. “¡Venga, Isa del alma! Tenemos que hacer algo. Métete en la cocina a ver qué se puede preparar mientras yo tomo la comanda. No podemos dejar a esta gente así. Además, fíjate, la mayoría de ellos fueron clientes nuestros”.
Son sueños para sudar, y ese “feedback” incesante lo que tiene es que no da tregua. En verano siente la necesidad de entrar en algún bar para saber cómo les va a sus colegas: “¿Cómo lleváis el follón esti añu? ¿Os dan mucha guerra los turistas?”
- “¡Qué va, hombre! Me entra gente educada y correcta. Da gustu con ellos”.

Y cuando oye estas cosas, Pepín siempre se queda pensativo, rumiando algo que le pesa en el alma: “¿Qué sería entonces…? ¿Qué me tocó todo a mi?”

(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA el jueves 19 de mayo de 2016).

domingo, 29 de marzo de 2020

LLANES: DEL CRECIMIENTO URBANO EN LA ESPAÑA DEL DESARROLLISMO

                                                                             Edificio "Santa María de Ordás"
OPINIÓN                                                               

Un urbanismo acompasado

Peláez Cebrián y Población Knappe en la escenografía del Llanes de los años 60 



HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

Después del largo impasse que siguió a la Guerra Civil, se dio en el paisaje urbano de la villa de Llanes un salto cualitativo como no se había visto en décadas. A finales de los años 50 y principios de los 60, iría aumentando el catálogo de nuevas edificaciones de un modo acompasado, en consonancia con el pulso tranquilo de la localidad, y quizá también con las coordenadas del desarrollismo que empezaba a manifestarse en España. Muestra de ello son las viviendas sociales del Barrio Bustillo, el Cinemar, el Instituto de Enseñanza Secundaria, el edificio de cuatro pisos levantado sobre lo que habían sido en el período republicano las cocheras de Laureano Morán, en la avenida de la Paz, el bloque construido en la hondonada de Santa Ana (donde había existido un pequeño bosque del Gremio de Mareantes de San Nicolás, del que durante siglos se abastecieron los carpinteros de ribera para hacer las lanchas de los pescadores), las tres hileras de viviendas junto al parque de Posada Herrera y los chalets de las familias Lacazzette y Orejas junto a la playa del Sablón. 

Las novedades que iban a evidenciar una voluntad más clara de acercarse a las vanguardias serían especialmente dos: el proyecto de varios chalets, de una sola planta y en la misma acera, promovido por el delineante astur-mexicano Antonio Peláez Cebrián en la ería de San Pedro, en 1964, y el de “Santa María de Ordás”, firmado por Eleuterio Población Knappe e inaugurado en 1968. Ambos venían a retomar, de algún modo, la impronta de modernidad marcada en los años 30 por Joaquín Ortiz.

Antonio Peláez Cebrián (1920-2004), hijo de Manuel Peláez Sampedro, de Vibaño, y Amparo Cebrián Rodríguez, de Palencia, emigrantes ambos en México desde su juventud, dejó en Llanes un ejemplo exquisito de respeto al paisaje -de humildad, incluso- sin parangón, con una intervención adaptada a las características del terreno. Son volúmenes discretos, integrados de un modo natural en el privilegiado entorno, y la filosofía que respiran nada tiene que ver con el irreverente yoísmo de algunos de los arquitectos que nos tocaron en suerte después de él.
No muy lejos del Paseo de San Pedro, estaba La Campera, entre el parque de Posada Herrera y la calle de las Escuelas. Lugar de paso de los escolares, era un limbo sobre el que circulaban sueños, payasos, elefantes y balones remendados. La Campera acogía circos y partidos informales de fútbol, y alguna vez se instaló allí una estructura en forma de tubo, de una altura considerable, sobre cuyas paredes interiores daban vueltas en espiral unas motocicletas endemoniadas.

En aquel prado de la época de las monjas agustinas recoletas del convento de la Encarnación desplegaría sus ideas Eleuterio Población Knappe (1928-2011), más tarde decano del Colegio de Arquitectos de Madrid y autor de los “Eurobuilding” en la capital de España. Por encargo del promotor Aniceto Fernández Ordás, fundador del Banco de Levante, Población dio forma a un complejo de tres edificios con cincuenta viviendas, doce locales comerciales y una superficie edificada de 7.250 metros. Un rotundo y admirable ejemplo de arquitectura moderna, aunque más propio del Mitte berlinés (en reconstrucción entonces) que de una villa de 3.500 habitantes.  

(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA el jueves 5 de marzo de 2020).

Construcción de los chalets de Antonio Peláez Cebrián (1965).
Inauguración de "Santa María de Ordás", por el párroco Gil Ganzaraín.

miércoles, 25 de marzo de 2020

EL RENACER DE LA BANDA DE MÚSICA DE LLANES

La Banda de Llanes, en un concierto en 2018.
OPINIÓN                                                               

¡Música, maestro!




HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

Del violinista y compositor Félix Segura Ricci, coetáneo de Brahms, sólo se conserva una fotografía, incrustada en 1878 en una orla del Colegio de la Encarnación. Había nacido en Santander, pero pasó más de la mitad de su vida en Llanes, donde fallecería en 1889. Fue él quien, en 1858, cimentó la escuela (Academia) de Música, que se había abierto tres años antes bajo la dirección de Genaro González. Dejó en la villa llanisca muchos discípulos y compuso para los Bandos de fiestas brillantes partituras.

A él se debe la idea de fundar en la Academia una Banda –bautizada como la de Santa Cecilia-, con la que daría conciertos en El Fuerte durante las tardes de verano. Por momentos, aquel grupo de músicos que dirigía quedaba diezmado como consecuencia de la emigración a América, si bien su presencia en las solemnidades locales se hacía imprescindible. Dos de los elementos fijos eran el tambor “Machote”, alguacil del Juzgado de 1ª Instancia, y el bombardino “el Tato”, que a la muerte de don Félix formaría su propia orquestina.


La Banda y la Academia (cuya sede estaba primeramente en el antiguo inmueble del gremio de mareantes de San Nicolás, en la Plaza de Santa Ana, y más tarde cerca del sitio en el que se levantaría la Rula a mediados de los años 30) eran las dos caras de la misma moneda.
Actor aficionado, el maestro Segura gustaba de asomar sus barbas en obras de teatro que se representaban en el salón del segundo piso de la casa “de las Maestrinas” –después Colegio de las Monjas-, situada al final de la Calle Mayor, y formó parte de la Sección de Declamación del teatrillo de la Pedraya, habilitado en un almacén que estaba en el sitio que ocupa el Café Pinín. Interpretó un papel en “El zapatero y el Rey”, poco antes de que se construyera en 1882 el Teatro de Llanes en una huerta trasera de aquel lugar.
Le siguieron en la dirección de la Banda Estanislao Verguilla (autor de la música de la zarzuela “La romería de Santa Marina”, de Demetrio Pola, estrenada en el Teatro de Llanes en 1894); Federico Gassola (ex solista de saxofón de la Banda de Alabarderos de Madrid); Luis Espinosa de los Monteros (director, después, de la Banda Municipal de Santander); Pedro Gorrochátegui; Miguel González Arce; y Rodolfo Pérez Balmori, “Roro” (éste último, organista de la iglesia parroquial y artífice de la reorganización del grupo, sería asesinado por un izquierdista fanático dos meses antes de estallar la Guerra Civil).
Con altibajos y alguna interrupción, la cosa duró hasta el drama de 1936. Pero hoy, sesenta y seis años después del último pasodoble, algo se está moviendo en Llanes. Al igual que sucedió en el seno de la primitiva Academia, en la actual Escuela Municipal de Música ha germinado el proyecto de una nueva Banda. Maneja la batuta el profesor de guitarra Julián Tuero García, que en su etapa de estudiante en los Estados Unidos había dirigido bandas de música escolares en Edgewood (San Antonio, Texas) y en Wichita (Kansas). Él y una veintena de alumnos se afanan en ensayos para hacer posible el milagro de recuperar una parte de nuestra historia. ¿Conseguirán contagiar su entusiasmo a los llaniscos?

(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA el miércoles 6 de noviembre de 2002).

Félix Segura Ricci.
La Banda de Música de Llanes, dirigida por Federico Gassola.
(¿Foto hecha por Cándido García, sobre 1904?).


viernes, 20 de marzo de 2020

PEPÍN, EL DE "LA GLORIA": AVENTURAS DE UN CHIGRERO JUBILADO (2)

OPINIÓN                                                               

Clases de tenis, individuales y en grupo

Jubilados o en activo, muchos chigreros son incapaces de separar su trabajo de sus sueños



HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

Hay un chigrero en Llanes que está disfrutando como pocos de la merecida jubilación. No parece obsesionado por descubrir ciudades y países echando mano de los ‘crediviajes’, sino que se dedica a redescubrir y saborear el mundo minimalista que tiene alrededor. Llama la atención la serena luminosidad que le ha quedado en el semblante. Más que andar, ahora sobrevuela la acera, como si los pies planos y los callos del jodido empeine hubieran dejado ya de jeringarle para siempre. Nada de excursiones del Imserso; nada o muy poca tele, y ni hablar del peluquín de Pilates o de yoga. No necesita nada de eso. Sencillamente, está disfrutando en plenitud de las pequeñas cosas que le habían sido vedadas a lo largo de los 53 años que estuvo atado a la barra de un bar. Ahora ha vuelto a saber ver cómo crece la hierba y a fijarse en las noches estrelladas y a contemplar la mar sin llevar puesto el reloj.

La vida del chigrero camina ahora más unida que nunca a los poemas de Gabriel y Galán, que él solía recitar al servir los vinos. Acaso esté sintiendo algo parecido a lo que le pasó a un señor de Boquerizu del que nos hablaba. Aquel hombre, que no había hecho en su vida otra cosa que trabajar sin descanso, y al que veía muchas veces pedalear camino del jornal, cayó una vez de la bicicleta por culpa de un coche, y cuando fueron a auxiliarle soltó desde el suelo una frase memorable: “No os preocupéis y dejarme aquí tranquilu un ratu, saboreando la caída”.
A groso modo, la jubilación pudiera aproximarse a eso: a una caída saboreada sobre la hierba. El retiro de este chigrero, sin embargo, presenta el inconveniente de no haber conseguido aún desconectarse, digamos mentalmente, del disco duro de los años en activo. Tiene la mente tan empapada de episodios de chigre, de rostros de chigre, de sonidos y cotidianidades de chigre, que todo esto se le cuela entre los sueños. La otra noche soñó que iba con su esposa a comer tranquilamente en un restaurante de Colombres. El local estaba a rebosar, y todo marchaba bien hasta que él reparó en un detalle dramático: allí no había cocineros ni camareros. “Hay que hacer algo”, le dice entonces a su mujer, asumiendo la gravedad de la situación. “Qué dirá esta gente, que nos conoce de Llanes. No tengo valor para dejarles así. Métete en la cocina a prepararles algo mientras yo anoto las comandas”. Figúrense ustedes.
Los sueños que invaden sus noches rara vez son pesadillas (tan sólo secuelas imborrables de un duro trabajo), mas a veces Stephen King desbanca en ellos a Gabriel y Galán. Es mucho lo que tiene sufrido este hombre, de modo que no nos extraña que algunos sueños lo coloquen ante escenas inquietantes: era invierno. Ya había pasado el último tren, y en el local quedaba un puñado de caballeros sin la menor intención de arrancar. De pronto, entra un sujeto blasfemando (un elemento de mucho cuidado, ya fallecido), y esta aparición perturbadora viene a abrir viejas heridas. El chigrero acude presto a la cocina para alertar a su mujer. “Lo que nos faltaba para el duru: está aquí Fulano... ¡Pero no decían que esti cabrón se había muertu!”
Lo peor de todo es que en el centro de la puerta de lo que fue su establecimiento hay ahora un letrero que podría empañar el crédito de ese templo de la gastronomía llanisca: donde antes ponía “Callos, especialidad de la casa”, ahora está colocada una octavilla desconcertante que anuncia: “Clases de tenis, individuales, grupos (todas las edades)”. Cuando se lo contaron el otro día en la calle, el jubilado no pudo evitar sentirse tocado en su profesionalidad: “¡Qué desprestigiu para un chigreru de toda la vida!”, acertó a decir en voz baja. 

(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA el viernes 4 de noviembre de 2011).


   ENLACE CON EL ARTÍCULO 

       

jueves, 19 de marzo de 2020

PEPÍN, EL DE "LA GLORIA": AVENTURAS DE UN CHIGRERO JUBILADO (1)

En junio de 2020 se cumplieron diez años desde que José Sánchez Inclán (Pepín, “el de La Gloria”) alcanzó la jubilación y cerró el bar al que estuvo unido durante más de medio siglo. En homenaje a él y a su esposa Isabel, a su inconmensurable trabajo y a sus extraordinarias virtudes humanas, he recopilado seis artículos publicados en el diario LA NUEVA ESPAÑA, que aparecen en estas páginas en sucesivas entregas. He aquí la primera, precisamente en el día de la onomástica de Pepín: 


OPINIÓN                                                               

Un poeta pasa página

Pepín "el de La Gloria", un chigrero muy querido en Llanes, se jubila tras una vida profesional de 56 años



HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

Medio siglo de la historia de Llanes le pertenece a Pepín. Debería de constar en algún acta que este hombre tan amable, tan paciente, tan valiente y tan sacrificado, es sobre todo un poeta (el único chigrero poeta, o el último poeta chigrero, que ha dado Llanes). La transversalidad de lo poético, que empapa sus días y sus noches, siempre se ha dejado sentir en su condición de tabernero. Poco antes de poner término a su vida laboral, nos contaba Pepín con orgullo que Celso Amieva había frecuentado “La Gloria” en los años ochenta, al regresar de Moscú, y que varias veces se alojó en el piso que tiene él en la avenida de la Paz. Es más: cuando Celso tenía diecinueve años y era maestro en Villanueva, solía recalar en el establecimiento de comidas de los padres de Pepín, Ángel y Margarita (quienes posteriormente, en 1953, tomarían en traspaso “La Gloria”, bar regentado hasta entonces por Juana Obeso.


Por fin, el chigrero se despojó del mandil y puso el cartel de despedida a su vida profesional: “A partir del 1 de julio, cerrado por vacaciones”. Un elegante y sobrio eufemismo para decir que hasta aquí hemos llegado. A los serviciales ciudadanos como él -especie extinta, fuera del tiempo y del espacio, emparentada con el reumatismo, los juanetes y los pies planos y mortificados- les cuesta un riñón jubilarse. Han labrado su currículo -toda una vida, cincuenta y seis años en su caso- parapetados en la barra de un bar, que es algo muy parecido a la trinchera de un campo de batalla, pero tienen cuerda para rato.

No cabe más elocuencia para definir la jubilación que poner un cartel como ese. José Sánchez Inclán (Boquerizo, Ribadedeva, 1938), Pepín “el de la Gloria”, lo colocó en la puerta de su establecimiento silenciosamente, en medio del tumulto veraniego y futbolero, mientras se desgañitaban al unísono las dos Españas, con idéntica fe, ante los televisores que retransmitían el campeonato mundial del fútbol, y en tanto transcurría a su vera, camino de Santiago de Compostela, una riada interminable de peregrinos probablemente sin perras y sin fe.
Un poeta pasa página y un bar histórico desaparece. La decisión del buen Pepín de plegar velas nos entristece y nos alegra al mismo tiempo. Igual que el folio que pegó tras la puerta de su bar, el ilustre hijo de Boquerizo no necesita demasiada prosa para explicarse. Siempre ha andado quitándose importancia. “Fuí a la escuela sólu dos meses, de noche, y con un maestru borrachu”, bromeaba alguna vez, evocando la frase de un viejo cliente, maquinista de Feve. Pero, en realidad, esta lección de modestia nada tenía que ver con su época escolar, en la que Pepín supo siempre alimentarse de los buenos magisterios que le tocaron en suerte.

Alguno de aquellos maestros le descubriría a Gabriel y Galán, y esto fue determinante para él. Las rimas sencillas que aprendió nunca se le olvidaron y fueron como un manual para navegar por las procelosas aguas de la hostelería. Le valieron de mucho: cuando en el chigre se encabritaban los clientes a causa de la política o del fútbol, Pepín se ponía a recitar alguna cosa de Gabriel y Galán y, mano de santo, el gallinero se apaciguaba al instante. “Échanos todas las po-poesías que quieras, Pe-Pepín, pero antes pon-ponnos otra ronda, que la flo-flota opera”, clamaba entonces Juan Junco, “Chaparru”, el aguerrido jefe del servicio municipal de recogida de basuras,  que estaba a otra cosa. Y todos los presentes -barcos, grumetes y náufragos llegados al puerto de “La Gloria”- asentíamos a coro, rendidos a la lírica. 

(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA el sábado 28 de agosto de 2010).


martes, 17 de marzo de 2020

"EL BELGA", EN UN LIBRO DE DIFUSIÓN MUNDIAL

OPINIÓN                                                               

"The Family of Man": el mundo tal como es

"El Belga", un famoso pescador llanisco, fotografiado para un libro que se difunde por todo el planeta



HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

En 1955, y a partir de una idea del fotógrafo Edward Steichen (1879-1973), famoso director de la sección de fotografía del MOMA de Nueva York, se puso en marcha el proyecto “The Family of Man”, dirigido a los usuarios de la cámara Leica de todo el planeta. Se pretendía con ello no sólo ofrecer a los aficionados a la fotografía la oportunidad de dar a conocer universalmente sus trabajos, sino también de mostrar el mundo tal como es. El resultado fue la publicación de un libro que contiene una amplia selección de las fotografías presentadas, que en su conjunto componen una impresionante galería de tipos humanos -cada uno en su ambiente- y de irrepetibles momentos cotidianos captados en los confines de todo el orbe.

Cincuenta años después se acaba de publicar, en esta misma línea, el segundo libro recopilatorio y de tirada mundial, que recoge el fruto de una convocatoria universal a la que se presentaron cientos de miles de fotos durante el período 2000-2005. Huelga decir lo difícil que debe resultar hacer una selección entre tan inabarcable cantidad de trabajos. Tengo este nuevo libro justamente ahora delante de mí y me he llevado la sorpresa de que entre las 516 fotografías que contiene se incluye una instantánea tomada en Llanes. Su autor es el madrileño Antonio Paso de la Torre, sobrino de Alfonso Paso, aquel inolvidable dramaturgo, y marido de la diseñadora Isabel González de Velandia (una destacada creadora en el medio digital). En la foto, titulada “Workings of the sea”, reconocemos inmediatamente al pescador José Manuel Gutiérrez Meré, “el Belga” (Llanes, 1933), “picando” redes en el puerto. “El Belga” es el protagonista solitario de una escenografía extremadamente plástica (más que una fotografía, parece un fresco renacentista). Se nos muestra pensativo, como una figura monástica, reconcentrado en su labor y ajeno por completo al hecho de que alguien le está disparando en silencio una Leica M6ttl.

Son curiosas las circunstancias en las que se ha fraguado esa imagen. Por un lado, el fotografiado ignora que le están fotografiando. Por otro, el fotógrafo desconoce, a su vez, que la persona que tiene en el objetivo, recortada ante una inmensa pared de nansas, aparejos, cajas, boyas y aires ocres y verduscos, es todo un personaje. Un hombre de mundo. Y uno piensa que, mientras desenredaba y desliaba cuerdas, “El Belga”, hijo de la difunta Titas, podría haber contado al fotógrafo sabrosos pasajes de su vida aventurera, muy en consonancia con la filosofía que alienta el proyecto “The Family of Man”: podría haberle hablado de su niñez, en la que aprendió a chapurrear inglés (“oquei”, “guan”, “guzbai”…) viendo películas del Oeste en el Benavente; de cuando empezó a ir a la mar, a los 9 años; de su sueldo de adolescente, con el que contribuyó a sufragar los estudios de su hermano pequeño, Tito; de sus tiempos de ciclista, cuando corrió la Vuelta a Asturias en el equipo “Cubana de Aviación” (de entonces le viene el sobrenombre de “El Belga”); de su emigración a Australia en 1961 y de las vieiras que recolectaba en la bahía de Melbourne; del rango de marinero de primera que ostentó en un ferry que hacía la travesía a Tasmania; de los barcos de carga y de pesca que tuvo allí; de aquel día en el que agarró, de una tacada, 2.000 kilos de gambas; y de cuando al regresar, en 1971, se percató de que aquí, yendo a la merluza, ganaba más perras que en Australia… Antonio Paso no pudo encontrar un modelo mejor para un libro con vocación de universalidad.

(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA el 2 de diciembre de 2008).

Foto: H. del Río.