OPINIÓN
No todas las tejeras fueron escenarios de sufrimiento extremo, sin
embargo. En la de Matallana de Torío, en la provincia de León, se respiraba un
ambiente capaz de aliviar los rigores de una labor extenuante. Llaniscos que
trabajaron allí recuerdan que el “man” (el amo o patrón), que vestía a diario
una americana de mahón e iba a misa todos los domingos y fiestas de guardar,
era un “buen paisano”. “Manes” así nunca abundaron, desde luego.
Matallana de Torío está en una zona minera, junto al río
Torío, entre La Robla y Boñar. A la
tejera, fundada allí por Alfonso Reyero Villar al término de la Guerra Civil,
irían a trabajar cuadrillas de llaniscos, temporada tras temporada, a lo largo
de treinta años, desde últimos de abril hasta principios de octubre. Reyero
tuvo tres encargados: Segundo Sampedro, de Los Callejos; Amador Gutiérrez, de
Ríocaliente; y Antonio Poo, de Palacio de Ardisana.
En la década de los 50, dos de los tejeros contratados eran José
Díaz Díaz, de Ardisana, y Tito Celorio Rodríguez, de Vibaño, entonces unos
adolescentes. En el imaginario de ambos campea la soberana presencia del ferrocarril.
Por las proximidades de su lugar de trabajo pasaba el tren puntual e
inexorablemente, y cada resoplido de la locomotora venía a marcarles el ritmo
vital y laboral. El único día de descanso que tenían era el domingo desde la
una de la tarde. Ni antes ni después: sólo a partir de esa hora, determinada
para ellos por el paso del tren. Se refrescaban y se lavaban allí al lado, en
un riachuelo que denominaban “el regatu”.
Alfonso Reyero era hijo de Juan Manuel Reyero y Tarsila Villar,
tenía nueve hermanos y estaba casado con Pilar Tascón, hija, a su vez, del
empresario minero del carbón Ricardo Tascón. Poseía también un calero en
Orzonaga, un par de camiones y un gallinero junto a la tejera, y en aquel mundo
de adobe solían aparecer, durante las vacaciones escolares, unos cuantos críos,
hijos y sobrinos del patrón, a jugar en la era, cerca de miles de tejas
tendidas. Lo bueno llegaba el 15 de agosto, festividad de Nuestra Señora de
Boínas, cuando Reyero organizaba siempre una comida al aire libre, a base de
corderos a la estaca, compartida por su familia y los tejeros, en amable
comunión.
Ese pasado común entre Matallana de Torío y Llanes fue descubierto
el otro día casualmente por una de las personas que han visitado en la villa de
Posada Herrera la exposición sobre la xíriga y los tejeros. En una de las
salas, la visitante a la que nos referimos reparó en una fotografía de grupo y
reconoció en ella, sorprendida y emocionada, a un ser querido. El hallazgo la
puso de repente frente al paisaje de su pasado familiar, le reveló una
información que desconocía y propició, además, un posterior y sugestivo
encuentro con Pepe Díaz y Tito Celorio. Esa persona era la popular periodista
de televisión Marta Reyero, nieta de aquel “man” atípico que dejó buen recuerdo
entre sus empleados llaniscos.


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