sábado, 25 de abril de 2026

"Machuriando la gurria en León" (artículo Nº 13, 5 de septiembre 2019)

 















OPINIÓN                                                               

"Machuriando la gurria en León"


HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

La historia de los tejeros de Llanes se ha escrito durante siglos “machuriando la gurria” (trabajando el barro) bajo el sol, en condiciones de semiesclavitud. El relato está desparramado por tierras castellanas, vascas y cántabras, y va unido al apogeo de la xíriga, el lenguaje que inventaron los propios “tamargos” como recurso de autodefensa. 

Una exposición abierta recientemente en la Casa de Cultura de Llanes recrea ahora la andadura épica de los llaniscos en tejeras en las que dejaron la piel y de las que apenas quedan ya unas pocas tejavanas en ruinas (Mansilla de las Mulas, La Robla o Chozas de Arriba, en León; Pino de Bureba o Cubillo del Campo, en Burgos; Saldaña, Dehesa de Montejo o Cervera de Pisuerga, en Palencia…), y reivindica el valor de una jerga que se resiste a desaparecer. 

No todas las tejeras fueron escenarios de sufrimiento extremo, sin embargo. En la de Matallana de Torío, en la provincia de León, se respiraba un ambiente capaz de aliviar los rigores de una labor extenuante. Llaniscos que trabajaron allí recuerdan que el “man” (el amo o patrón), que vestía a diario una americana de mahón e iba a misa todos los domingos y fiestas de guardar, era un “buen paisano”. “Manes” así nunca abundaron, desde luego.

Matallana de Torío está en una zona minera, junto al río Torío,  entre La Robla y Boñar. A la tejera, fundada allí por Alfonso Reyero Villar al término de la Guerra Civil, irían a trabajar cuadrillas de llaniscos, temporada tras temporada, a lo largo de treinta años, desde últimos de abril hasta principios de octubre. Reyero tuvo tres encargados: Segundo Sampedro, de Los Callejos; Amador Gutiérrez, de Ríocaliente; y Antonio Poo, de Palacio de Ardisana.

En la década de los 50, dos de los tejeros contratados eran José Díaz Díaz, de Ardisana, y Tito Celorio Rodríguez, de Vibaño, entonces unos adolescentes. En el imaginario de ambos campea la soberana presencia del ferrocarril. Por las proximidades de su lugar de trabajo pasaba el tren puntual e inexorablemente, y cada resoplido de la locomotora venía a marcarles el ritmo vital y laboral. El único día de descanso que tenían era el domingo desde la una de la tarde. Ni antes ni después: sólo a partir de esa hora, determinada para ellos por el paso del tren. Se refrescaban y se lavaban allí al lado, en un riachuelo que denominaban “el regatu”.

Alfonso Reyero era hijo de Juan Manuel Reyero y Tarsila Villar, tenía nueve hermanos y estaba casado con Pilar Tascón, hija, a su vez, del empresario minero del carbón Ricardo Tascón. Poseía también un calero en Orzonaga, un par de camiones y un gallinero junto a la tejera, y en aquel mundo de adobe solían aparecer, durante las vacaciones escolares, unos cuantos críos, hijos y sobrinos del patrón, a jugar en la era, cerca de miles de tejas tendidas. Lo bueno llegaba el 15 de agosto, festividad de Nuestra Señora de Boínas, cuando Reyero organizaba siempre una comida al aire libre, a base de corderos a la estaca, compartida por su familia y los tejeros, en amable comunión.

Ese pasado común entre Matallana de Torío y Llanes fue descubierto el otro día casualmente por una de las personas que han visitado en la villa de Posada Herrera la exposición sobre la xíriga y los tejeros. En una de las salas, la visitante a la que nos referimos reparó en una fotografía de grupo y reconoció en ella, sorprendida y emocionada, a un ser querido. El hallazgo la puso de repente frente al paisaje de su pasado familiar, le reveló una información que desconocía y propició, además, un posterior y sugestivo encuentro con Pepe Díaz y Tito Celorio. Esa persona era la popular periodista de televisión Marta Reyero, nieta de aquel “man” atípico que dejó buen recuerdo entre sus empleados llaniscos. 


(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA el jueves 5 de septiembre de 2019). 



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