sábado, 25 de abril de 2026

"Xíriga en la literatura" (artículo Nº 9, 26 de junio 2010)

 














OPINIÓN                                                               

"Xíriga en la literatura"


HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

A cuentagotas, la literatura se hace eco de la xíriga, el ingenioso lenguaje inventado por los tejeros llaniscos, y en los pocos casos que se han registrado hasta ahora encontramos valiosas referencias para el estudio de un fenómeno lingüístico y sociológico tan peculiar. 

En su novela autobiográfica “Allorales”, Andrés Peláez Cueto (Hontoria, Llanes, 1892-Camas, Sevilla, 1969), tejero en su niñez, y luego indiano y escritor, pone delante del lector la visión del escenario vital de los tamargos: “Comencé a ir a la tejera, a tierras de Castilla, contratado por un duro y un pantalón de pana por la temporada de mayo a septiembre. Eramos una cuadrilla de diez, entre hombres y rapaces, y marchábamos a pie, con el hato colgado de un palo. (…) Nuestra jornada comenzaba a las cinco y media de la mañana y terminaba a las diez de la noche”, explica. Este personaje jontoriano, que se haría masón en México, deja caer en su relato tan sólo una expresión en xíriga: “Los gorres paran gachuleros” (“Esos tíos no tienen buena pinta”), pero es una frase bien traída y llevada a cuento literariamente.

El autor que situaría la xíriga en los picos más altos sería Pin de Pría (José García Peláez), en 1926. En su gran poemario “Nel y Flor”, donde se concentran tantas atmósferas mágicas y tantas cumbres fantásticas, construye el capítulo “Daqué de Xiriga”, en el que los protagonistas mantienen un armónico diálogo en la jerga de los tejeros:

- Párami l’ádaga, del camangu a la guxona, como gachova gumarra (“De miedo a la muerte, se me pone el pellejo como de gallina enferma”), le dice Flor a Nel en un pasaje. 

Los recursos expresivos de la jerga los hace valer también el poeta Celso Amieva en su libro “Asturianos en el destierro”, donde nos traslada la experiencia personal de la derrota en la Guerra Civil. Mientras se hallaba internado en el campo de Argelès-sur-Mer, en la costa sureste de Francia, el autor de “El paraíso incendiado” recibió en 1940 una carta en xíriga que había conseguido burlar a los censores franceses. (Antes de recibirla, el propio Celso, en el verano de 1939, había enviado a un primo suyo -José Llera-, recluido entonces en el campo de Saint-Cyprien, un escrito en xíriga que dejó igualmente fuera de juego a la censura franchute).

El remitente era César Sánchez Argüelles, de Posada de Llanes, que en la misiva contaba al poeta cosas de las que había sido testigo: el repliegue británico en Dunkerque ante el avance de las tropas de Hitler; la huida a Inglaterra junto a otros republicanos españoles y el trato nada amable que les dispensó el inquilino de Downing Street, que los acabaría devolviendo a Francia pocos días antes de que ésta fuera ocupada por la Wehrmacht. “Rábole musendu, chirriu ferrosu. Engorru forista, chirriu d’aureta. Arrieta gabachosa: Xodín Nazario. Dotos gachuleros: manes morúa’n cuadru, manes xiflos de la ingle y manes gabachosos. Mayen bringos” (“El burru del premier nos metió en el tren, y después en barcu. Llegamos a Saint-Nazaire. Todos fueron hostiles: los de cabeza cuadrada -los alemanes-, los ingleses y los franceses. Que coman mierda”). Así finaliza el escrito, redactado en estilo telegráfico, como un mensaje en clave, indescifrable incluso para los agentes de la Gestapo.

Emilio Muñoz Valle, estudioso de la vida y de la muerte de los tejeros, reproduciría ese histórico documento en un ensayo titulado “La xíriga como lenguaje secreto en la Segunda Guerra Mundial”, publicado en el “Boletín del Instituto de Estudios Asturianos”.


(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA el sábado 26 de junio de 2010). 



"Xíriga con efectos expansivos" (artículo Nº 8, 7 de mayo 2010)

 














OPINIÓN                                                               

"Xíriga con efectos expansivos"


HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

Lo que empezó siendo en 2007 un simple curso municipal -aunque sin precedentes en la historia local- tiene ahora todas las trazas de convertirse en un factor multiplicador capaz de dar mucho de sí. El taller de xíriga que organiza en la Casa de Cultura de Llanes la concejalía de Cultura del Ayuntamiento llanisco en colaboración con Cajastur ha alcanzado su cuarta edición, y este año presentó como novedad una actividad infantil paralela, a lo largo de cuatro sábados por la mañana. Algunos de los críos participantes tenían antecedentes familiares en el oficio de los tamargos, pero la mayoría no, aunque a todos se les vio comprometidos ante la posibilidad de expresarse en el lenguaje inventado por los tejeros llaniscos. 

A partir de un vocabulario básico, compusieron en el encerado las primeras oraciones como si se tratara de un juego: “Mi-aire apara azainas de trobar un cascosu de ureta” (“Tengo ganas de beber un vaso de agua”), se les oía decir; o bien, “tescu morranchu verbea ascode y machuria alpez” (en traducción libre: “esti rapaz habla por los codos y no da ni golpe”), y marchaban a casa tan contentos, después de cada sesión en la Biblioteca Cardenal Inguanzo, con un cargamento de expresiones para soltarlas en casa. Imaginamos el asombro que debieron causar en muchos padres y abuelos. No se ha traducido aún a Julio Verne a la xíriga, pero todo se andará (algún día podremos leer, tal vez, el comienzo de “Una invernada entre los hielos” así: “El ñurriu de la zarra guxara de Dunkerke s’abrició de la galoza a las bos de la ñarama…”; es decir: “El cura de la vieja iglesia se levantó de la cama a las cinco de la mañana…”). El ex tejero Tito Celorio y el estudioso Ramón Melijosa fueron a contarles sus cosas a los críos, y éstos las reflejaron a su manera en variados trabajos manuales (pinturas, dibujos y tejas decoradas), dirigidos por la monitora Cristina Peñil Montoya. El sábado se les entregarán los correspondientes diplomas.

El taller de xíriga para adultos contó este año con la participación de Tito Celorio Rodríguez, Juan Ríos González, Evaristo Concha Ojeda y Pedro Gutiérrez Tamés (“el Camurriu”), y se clausuró, al igual que en el año 2009, con una visita a la tejera de San Miguel, en Ardisana, propiedad del recientemente fallecido Ricardo Pesquera. En aquella impresionante instalación -un espacio de enorme valor etnográfico y de inexploradas posibilidades museísticas, que podría ser el modelo ideal de cualquier experto en arqueología industrial- los 34 alumnos del curso municipal asistieron a demostraciones prácticas de elaboración de tejas y ladrillos. La actividad se completó con la reedición, por segunda vez en tres años, de un diccionario de xíriga recopilado por Ramón Melijosa Cuevas y patrocinado por Caja Rural.

A imagen y semejanza de esta iniciativa del Ayuntamiento, y con una metodología basada en la que viene aplicando la Casa de Cultura desde hace cuatro años, la enseñanza de la xíriga está extendiéndose a otros puntos del concejo. Así, un grupo de vecinos de Celorio ha llevado a cabo el mes pasado una experiencia que tiene un mérito indudable, y lo mismo cabe decir de la labor pedagógica que ha empezado a desarrollar en este sentido el Colegio Público del Valle de San Jorge, en Nueva, gracias a su director, Xuan Fernández Castañón.  


(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA el viernes 7 de mayo de 2010).  



"Itinerarios de la xíriga" (artículo Nº 7, 27 de febrero 2009)

 














OPINIÓN                                                               

"Itinerarios de la xíriga"


HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

Pragmáticos, siempre al grano, enemigos de la divagación estéril, los antiguos tejeros que aún quedan entre nosotros están hechos de otra pasta. De otro barro. “Muchas jambres y muchas moyaduras”, le resumía el otro día Juanito Remis (Debodes, Caldueñu, 1929) a Ramón Batalla en LA NUEVA ESPAÑA, al comentar las 24 temporadas que pasó en tejeras de Palencia, León y Asturias. En el III taller de xíriga (el argot de los tejeros llaniscos), que acaba de clausurarse en la Casa de Cultura de Llanes, dentro de los cursos municipales que promueve el Ayuntamiento en colaboración con Cajastur, los tejeros participantes dieron una lección de las que se quedan grabadas en la mollera: vinieron a decir que en toda comunicación que se precie, ya sea oral o escrita, la precisión del lenguaje ha de ser siempre la norma general (cosa, por cierto, en la que falla mucho la clase política española, en general). 

Cuando en los diccionarios de xíriga se echan en falta vocablos comunes y habituales (caballo o tortilla de patata, por poner dos ejemplos), en estos casos la prudencia exige jilar muy finu, y eso es, precisamente, lo que hicieron en el reciente taller Juanito Remis, Juan Ríos, Tito Celorio, Evaristo Concha y Ángel Amieva. Estos cinco tamargos, extraordinarios y carismáticos, hablan desde el magisterio que les confieren las 63 campañas en la tejera que acumulan entre los cinco, y puntualizan que un caballo es un “musendu arangue con belardas chupidas” (burru grande con orejas pequeñas), y que la tortilla española ha de traducirse como “zaramoas asuadas con gumarros de plumosa eszarapiaos” (patatas fritas con huevos de gallina batidos). Está claro.

Los talleres de xíriga en Llanes van a más de año en año. Los tejeros se ven reconocidos por lo que son y por lo que representan, y descubren con asombro que las circunstancias de su duro trabajo y las peculiaridades de su forma de hablar interesan  cada vez a más gente. La progresión del curso es evidente: en la primera edición se inscribieron 20 alumnos; en la segunda, 25; y este año, 34. Aglutina a personas de perfiles muy variados -viejos y jóvenes, hombres y mujeres- que luchan románticamente por una lengua que se resiste a morir. El más veterano militante de esta utopía puede que sea Santos de la Fuente Gómez, ex jefe de la estación de Feve, que en los años 50 tuvo la audacia de escribir en xíriga todos los avisos horarios de llegada y salida de trenes en el tablón de anuncios.

La principal novedad de este tercer taller consistió en una visita a la tejera de San Miguel, en Ardisana, propiedad de Ricardo Pesquera, para asistir a una demostración práctica. En aquel sobrecogedor templo de la intrahistoria de Llanes, bajo tejavanas y entre columnas de ladrillos con más de doscientos años de antigüedad, Tito Celorio amasó tierra mojada y enseñó a los alumnos cómo se hace una teja. Era una escena casi bíblica, y de todo ello hizo innumerables fotos José Ramón Rodríguez Trespalacios, “el de El Siglo” (unas instantáneas que, tal vez, encierran la misma intención antropológica y de documentalismo social que movió a Nicolás Muller en los años 30 a retratar a su Hungría profunda y feudal).

Quién sabe, en fin, si tejeras como la de San Miguel, que aún permanecen en pie aunque fuera de uso, podrán entrar algún día a formar parte de los itinerarios turísticos que atraen a los viajeros ilustrados, junto a otras referencias y reclamos culturales, como las cavernas prehistóricas, el casco medieval, la impronta marinera y pescadora, la arquitectura indiana o los escenarios de los rodajes cinematográficos.


(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA el viernes 27 de febrero de 2009). 




"La globalización está en el chigre" (artículo Nº 6, 31 de julio 2008)

 













OPINIÓN                                                               

"La globalización está en el chigre"


HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

Circula por ahí abundante teoría sobre los modos posibles de asimilar a los inmigrantes, pero en la práctica se siguen dando, en lo tocante a esto, palos de ciego y reiterados resbalones. Para qué nos vamos a engañar: las aportaciones verdaderamente eficaces e imaginativas parecen aún lejos del alcance de la clase política. Por eso nos llama la atención el caso de Ramón Llada, “Barullos”, un conocido y polifacético hostelero de Llanes, regente del bar del Casino y marido de Pilar Celorio, hija de la popular Pepa “la de Acho”. Este “Barullos” -en cuyo rostro curtido se adivina una fuerza de convicción como la del padre Ángel y un activismo de culu peláu, como el de Daniel Cohn-Bendit- es un adelantado de la multiculturalidad y podría asesorar al alto comisariado de la ONU sobre temas de integración de los inmigrantes. “Barullos” es la caraba. 

Verle entrar en el bar “El Pescador”, en el corazón de la efersvescente e histórica calle de Manuel Cue, y saludar en su idioma a los jóvenes senegaleses (Abdul, Serin y Bamba) que ofrecen al mundo, honrada y educadamente, su trajinada carga pirata de cedés y uvedés, es la apoteosis: “¡Nangaref!” (“¡Hola, cómo estás!”), exclama “Barullos”. “¡Magnifique!”, le responden los negritos, con una sonrisa de oreja a oreja. Antonio Barreiro, el chigrero, ya se ha ido acostumbrando a esta prueba de intercomunicación étnica y cotidiana que se está haciendo un hueco en la vida urbana llanisca de un modo muy natural.

“¡Salam ma licun!” (“¡Buenos días!”), añade en su saludo Ramón Llada. “¡Ma licum salam!”, le contestan los africanos.

Este proceso de, digamos, interacción y de asimilación lingüísticas se está haciendo ahora más complejo, en la medida en que se ha empezado a combinar con la “xíriga”, que era lo único que nos faltaba para el duro. Y mientras los parroquianos amplían su vocabulario de uolof (el idioma de Senegal) y los senegaleses, en contrapartida, se inician en el léxico de la xíriga (el lenguaje de los tejeros llaniscos), como si fuera lo más natural del mundo, entre una cosa y otra, los turistas vascos y madrileños, que son testigos de estas inesperadas escenas costumbristas del siglo XXI, quedan mudos, atónitos y patidifusos, que diría Forges.

Poco a poco, se está avanzando en esta materia gracias a la escuela de la vida que se respira en los chigres típicos y, sobre todo, gracias a la constancia de “Barullos”. Se apuran los vasos de vino y se asiste, de paso, a una amena pero rigurosa clase de gramática y de lengua, en plena era de la globalización. Así, algunos alumnos aventajados ya saben traducir al senegalés varios vocablos y verbos de la xíriga que son muy comunes por aquí: “zancañeru” (amigu, compañeru) sería en uolof “sama jaret”; “guxa” o “gorreta” (mujer) es “dieguene”; “pete” o gorre” (hombre, paisano) es “gore”; “verbear” (hablar) es “waj”; “visontear” (ver, mirar) es “khole”; “mayar” (comer) es “lek”; “orbito” (borrachu, enfiláu) es “mandi”; “musendu” (burru) es “bame”, y, en fin, que así se va progresando y así nos vamos cultivando todos, como si estuviéramos matriculados en un curso de verano.

De momento, tenemos algo muy claro: que con esta fraternidad verbal y mestiza de la que es apóstol “Barullos” se está tendiendo un puente para el diálogo Norte-Sur y abriendo quizá, también, una vía de experimentación social que no se le había ocurrido ni a Kofi Annan.


(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA el jueves 31 de julio de 2008). 


 


"¡Zancañeru Ben Gurion!" (artículo Nº 5, 1 de abril 2008)

 













OPINIÓN
                                                               

"¡Zancañeru Ben Gurion!"


HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

Una de las conclusiones -acaso la principal- a que se llegó en el II Taller de Xíriga, organizado por el Ayuntamiento de Llanes durante el mes de febrero, tiene un paralelismo evidente con respecto a algunas lenguas más antiguas que buscan adaptarse a la modernidad. La xíriga (el lenguaje de los tejeros llaniscos), con más de tres siglos de vigencia a sus espaldas, presenta el mismo problema que se le presentó en su día a la lengua hebrea, cuando el Estado de Israel quiso hacer del idioma bíblico una herramienta de cohesión patriótica para todos los judíos del mundo, a partir de 1948, bajo la dirección de Ben Gurion. “¿Cómo hemos de decir en hebreo carro blindado, penicilina, televisión, avión, psicoanálisis, locomotora, etcétera?”, pensaban los herederos de Theodor Herzl en aquellos momentos iniciales en que tomaba cuerpo el proyecto sionista, después de la segunda guerra mundial.

Los lingüistas fueron dando respuesta a esta necesidad perentoria de una nación marcada por dos milenios de peregrinaje forzoso (la lingüística, como el dominio de los idiomas, no tiene secretos para el errante pueblo elegido) y encontraron en el diccionario hueco para todo.

Algo parecido les pasó a los vascos en la primera etapa de la España de las Autonomías. “¿Cómo hemos de decir en euskera vocablos como chicle, pizza, ametralladora, cinemascope, etcétera…?”, se interrogaban los nacionalistas. De modo y manera que lo que se le ocurrió a esta buena gente -presidida entonces por un lendakari llamado Carlos Garaikoetxea, del PNV- fue enviar a Israel, en el verano de 1981, a una comisión de expertos lingüistas, con el fin de conocer la experiencia acumulada por los israelitas en este terreno. Hay, por tanto, ya sea en el caso del hebreo o en el del euskera, algo de reinvento y de actualización voluntariosa y, sobre todo, imaginativa.

Ahora, los seguidores de la xíriga en Llanes -que cada vez son más- tienen que ventilar una papeleta similar. No es que estén obsesionados con la idea de inventar o traducir al argot gremial de los tamargos vocablos para designar la bomba atómica, las cabezas nucleares o las cápsulas espaciales, pero no interesa dejar para muy tarde la asimilación de conceptos omnipresentes en la vida moderna, como paella, periódico, bollu preñáu, estilográfica o cubata.

¿Cómo se actualiza el vocabulario de la xíriga? He ahí la cuestión metafísica. En el taller desarrollado en la Casa Municipal de Cultura se decidió crear una bolsa de palabras posibles, siguiendo la lógica gramatical propia del lenguaje de los tejeros, como las metátesis silábicas (en la línea del “drape”, padre, por ejemplo), las sinécdoques (a semejanza de la palabra “cascosu”, para designar un vaso) y prestaciones del vascuence (“perdis”, culo, es un término derivado de la palabra en euskera “ipurdi”). Ésas podrían ser las pautas. El desafío más peliagudo, aparte de esto, será, no obstante, encontrar un organismo de indiscutible jerarquía y autoridad (no sé si la Universidad, el RIDEA o la Real Academia de la Lengua Española) que homologue y consagre la actualización pretendida. 


(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA el martes 1 de abril de 2008). 





"Primer curso de xíriga" (artículo Nº 4, 14 de marzo 2007)

 













OPINIÓN
                                                               

"Primer curso de xíriga"


HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

Organizar un curso como este tenía sus perendengues. No había un solo precedente al que agarrarse. Ni profesores, siquiera. Pero querer es, muchas veces, poder. Lo primero era inventarse una metodología de trabajo, un guion para manejar con un mínimo de solvencia un material que tiene mucho de arqueología viva. La idea funcionó y el primer taller de xíriga (el argot de los tejeros llaniscos) ha concluido satisfactoriamente en la Casa de Cultura de Llanes. 

Con 20 alumnos inscritos (hombres y mujeres de entre 21 y 77 años de edad), la iniciativa -una experiencia que no dudamos que será imitada y continuada- tuvo un carácter divulgativo y empleó como libro de cabecera “La xíriga, el lenguaje de los tejeros de Llanes”, de Emilio Muñoz Valle (1921-1979), obra publicada hace ahora trece años en la colección “Temas Llanes”. Se habló de aspectos lingüísticos (estudiados por el propio Emilio Muñoz, chigrero, investigador y amanuense de un vocabulario de xíriga) y también sociológicos, a la luz de las reflexiones del poeta Pablo Ardisana incluidas en el mismo libro (“La emigración tejera fue un aspecto más del dominio de una clase social sobre otra; en definitiva, lucha de clases”, ha escrito el sabio Pablo). Se hicieron comentarios de texto, dictados, traducciones de coplas que había tenido expuestas Emilio Muñoz en su bar, “Casa Alejo”, de Posada; se buscaron sinónimos y metátesis silábicas y no faltaron improvisaciones sobre el encerado ni deberes para hacer en casa. Resultó contundente el testimonio de ex tejeros que tomaron parte en cuatro mesas redondas: Juan Ríos y Juan Remis (ambos de Villahormes), Tito Celorio y Pín Villar Alonso (de Vibaño los dos) y Francisco Poo Valle (“Quico, el de Rabiaos”), que entre todos acumulan al llombu 60 temporadas en tejeras de Asturias, Castilla y el País Vasco. A ellos se sumaron José Manuel Feito, eminencia del RIDEA, y Ramón Melijosa, un popular barbero que se autodefine como “zarru cuadrumeñeru y xiflu de machuriadores de la ñansona y tamargos” (“viejo peluquero descendiente de marineros y de tejeros”), y que en 1995 había recopilado y publicado por su cuenta un meritorio diccionario de xíriga.

Fue un baño de antropología descarnada, un homenaje a la memoria de aquellos pinches, maseristas, tendedores y cocedores que arrancaban a la tierra 2.000 tejas al día. Oyóse poesía de alpargata, lirismo descalzo y familiarizado con “doña María Morata y don Pedro Zorrilán” (eufemismos para referirse al azote de sol a sol de la pulga y el piojo). El tejero -ya lo dijo Muñoz Valle- sabe encajar las putadas de la vida con ironía y humor. “Allí no había colesterol”, dijo Juan Ríos en una clase. “Y los zapatos no mancaban”, saltaría Remis. Un día, repasando los nombres de las prendas de vestir, al llegar a los “grillescos” (calzoncillos), Ríos hizo una matización numantina: “De grillescos nada. ¡Allí andábamos todos a tejavana!”

Con un diploma bajo el brazo, los cursillistas salieron del aula convencidos de haber contraído una responsabilidad. Para ellos, dejar morir una jerga que forma parte del alma de Llanes sería lo último, y por eso están decididos a “machuriar de llarpiza ascode” (darle mucho a la lengua) y “verbear” (hablar) la xíriga en la cotidianidad. Su punto de encuentro es el Bar Caroni, chigre de la calle Mayor regentado por Tomás Amieva (uno de los alumnos aventajados que tuvo el histórico curso promovido por el Ayuntamiento), entre cuyas paredes soplan aires y mensajes que remiten a la epopeya tamarga.


(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA el miércoles 14 de marzo de 2007). 





"El paraíso de las lenguas gremiales" (artículo Nº 3, 24 de febrero 2007)

 













OPINIÓN
                                                               

"El paraíso de las lenguas gremiales"



HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

Si, algún día, Llanes decidiera establecer en su territorio la cooficialidad de la xíriga (el lenguaje o argot de los tejeros llaniscos), ¿podría alguien negarle ese derecho...? Detrás de la xíriga hay una prolongada estela de historia, mucho sudor y mucha sangre, como en las lenguas clásicas, pero, a diferencia de éstas, a los “xíriga-hablantes” les queda cuerda para rato. Da la impresión de que la xíriga -un patrimonio cultural y sociológico de primer orden- puede seguir siendo útil como recurso expresivo y como instrumento de comunicación.

Es innegable el interés que despierta este tema. Durante los primeros meses de 2007, la xíriga y el mundo de los tejeros están siendo objeto de estudio en la Casa de Cultura de Llanes, dentro del programa de cursos municipales convocados por el Ayuntamiento. De esta iniciativa, verdaderamente sin precedentes, hablaremos aquí en un próximo artículo.

Hoy referiré tan solo el hecho de que en una de las sesiones de ese taller ha participado el sacerdote e investigador asturianista José Manuel Feito Álvarez (Pola de Somiedo, 1934). Miembro del RIDEA y reconocido estudioso de las expresiones jergales de nuestra región, el erudito “ñurriu”, que diría un tejero, expuso su idea de que “Asturias es el paraíso de las lenguas gremiales” y habló del “bron” (el argot de los caldereros de Miranda), de la xíriga y del mansolea (la jerga dialectal de los zapateros de Pimiango).

De la intervención de Feito, en la que no faltaron anécdotas muy ilustrativas, nos interesó mucho el apunte que hizo de la idiosincrasia de los caldereros, marcada por el sentido de la autoprotección (autodefensiva es también, por otro lado, la honda intención de las jergas gremiales en su conjunto). Al igual que los tejeros, los caldereros provenían de la aldea, de mundos empobrecidos y sin alfabetizar, y solían ser considerados gente de pocas luces y fácil de embarullar y de engañar. Pero esa apreciación estaba equivocada.

Veamos un ejemplo. Cuéntase -nos lo contó Feito- que un calderero llegó a Salamanca con un jamón para un hijo que tenía allí sirviendo a la patria. Era la época de la jambre. Dos estudiantes  -que desde el primer momento se fijaron el objetivo de hacerse con la vianda- mostráronsele amistosos y serviciales y le dieron palique. “¿No estará el hijo suyo, por casualidad, en tal cuartel?” “¡Sí, ahí mismu está!”, respondió él. “¡Hombre, pues resulta que el coronel que manda esa unidad es tío carnal nuestro!”. Total, que se le ofrecieron para interceder en favor del soldado y procurarle una mili de enchufado. “Lo único que haría falta, eso sí, es tener un detallito, ya sabe... Una caja de puritos, unas botellitas de anís del Mono, algo..., que nosotros le llevaríamos con mucho gusto de parte de usté”. El jamón ni lo mentaron, pues daban por hecho que lo acabaría sacando a relucir el propio paisano. Él se rascó la entrepierna. “Buenu, no sé” -dijo-. “Yo soy caldereru, y creo que hago bien mi oficio. Podría hacer el mejor calderu de todos los que hice en la vida. Inclusu voy vender una finca y el fondu lu voy a poner de oru”. El par de elementos empezó a presentir un chasco. El artesano añadió: “Y si al señor coronel, por lo que sea, no le interesara el calderu, lu podéis vender vosotros y ganar unas perras guapamente. Por el asa y lo de arriba no sacaréis gran cosa, pero por el culu van a daros bastante”


(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA el sábado 24 de febrero de 2007). 




"On parle xíriga" (artículo Nº 2, 29 agosto 2006)

 


OPINIÓN
                                                               

"On parle xíriga"



HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

Desde crío, Tomás Amieva Gómez (Villa, Caldueño, 1961) lleva impreso en la mollera aquel mensaje que solía verse en los bares durante los años 60 y 70: “On parle français”. “¿Qué querrá decir eso?”, se preguntaba. Cuando supo su significado (“On parle français” venía a ser una declaración de fe cosmopolita y la exaltación de un valor añadido a la castiza “grandeur” de los fogones de la España de entonces, donde se empezaban a cocinar a destajo paellas para los “guiris”) archivó la idea en algún rincón de su memoria. 

Fruto de aquello, hoy este profesional de la hostelería ha colocado en su negocio un letrero similar, que proclama su compromiso con otro género de valor añadido: la conservación y difusión de la xíriga, el argot inventado por los heroicos tejeros de Llanes. Mientras prepara platos típicos, Tomás limpia, fija y da esplendor a la xíriga. Es, salvando las distancias, continuador de la labor que hizo en Posada, a lo largo de toda su vida, el erudito chigrero Emilio Muñoz Valle, el de “Casa Alejo”. Después de haber sido camarero durante un largo tiempo en el “Hotel Miraolas”, uno de los templos de la hostelería y de la gastronomía llaniscas, el de Villa cogió en alquiler el bar “Caroni” en la calle Mayor de Llanes (que regenta su hija Andrea, la que fuera guardameta del primer equipo femenino que hubo en la historia del fútbol llanisco). Ahí está un letrero que dice “Verbéase la xíriga” (“verbear” es hablar), para que el mundo se entere.

El local -situado frente a la casa de Juan Pariente, en la que pernoctó en 1517 el príncipe Carlos, hijo de Felipe el Hermoso y Juana la Loca- tiene pedigrí. Había sido, en nuestra infancia, la tienda de ultramarinos de “las Pininas” (las hermanas Sira y América, hijas de Alejandro Ruales, el fundador del Café Pinín a finales del siglo XIX), luego fue la pescadería de Josefa, “la de Carrandi”, y más recientemente, el bar “Caroni”, fundado por Fermín Tielve (1).

Si bien nunca trabajó en la tejera ni es hijo de tejero, a Tomás, cuando tenía catorce años de edad, le introdujo en los secretos de la xíriga Fernando Meré (“el Roxín”), en El Mazucu. Aprendió tanto y con tanto fervor que hoy le tenemos “verbeando” xíriga a todas horas. En el “Miraolas”, ocasionalmente, verbeaba con Luis Díaz Gutiérrez, el dueño del hotel, y con clientes de la diáspora indiana, como Quico Morán, Pedro Morán, Benito Morán, Pancho Concha (los cuatro de Los Callejos), Atanasio García (de Naves) y Manuel Sampedro (de Los Carriles), todos ellos acostumbrados a hablar el lenguaje de los tamargos con toda normalidad en México, en Venezuela o dondequiera que sea.

El letrero llama poderosamente la atención entre propuestas rotuladas de rabas, andaricas y tablas de quesos. “¿Eso qué es lo que es? ¿La especialidad de la casa?”, preguntaba el otro día un simpático gaditano. “Pues haga usté er favó de ponernos una xíriga pa probarla, paisa, que estamos intrigaos, sabe usté”.

Tomás y su familia son gente curada de espanto y muy rodada detrás del mostrador, pero a veces notan cosas muy raras. En Semana Santa, sin ir más lejos, les dio por colocar un rótulo de pega: “Murciélagos al Cabrales”, y se sorprenderían ustedes de la cantidad de turistas que pedían ese “plato típico”, absolutamente en serio y completamente convencidos.


(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA el martes 29 de agosto de 2006). 









"Xíriga en la torre de Babel" (artículo Nº 1, 28 febrero 2006)

 


OPINIÓN                                                               


Xíriga en la torre de Babel



HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

La xíriga se resiste a morir. El argot inventado por los tejeros de Llanes -“hombres que, año tras año, agonizaron bajo un sistema de trabajo tan mortífero como pudo serlo el de la esclavitud antigua”, en palabras del estudioso Emilio Muñoz Valle-, sigue conservando una capacidad de autodefensa que resulta muy práctica en este globalizado y encabronado planeta. Su vocabulario, que no necesita regirse por normas gramaticales, es un código indescifrable para los no iniciados. Un instrumento de comunicación, secreto, diferenciado y fraternal, que preserva la identidad de grupo y viene al pelo cuando uno está metido en ambientes hostiles o cuando, simplemente, no quiere ser entendido por los demás. 

Una encuesta entre antiguos tejeros nos revelaría que esos heroicos supervivientes del lodo y del destajo de sol a sol siguen utilizando la xíriga casi a diario. Y no sólo ellos, sino también sus descendientes, que desde críos mamaron en casa las expresiones tamargas. Es fácil percibir esta pervivencia en la torre de Babel.

Cuando dos indianos llaniscos aterrizan en Barajas y son engullidos por una marea políglota en la que nadie habla en cristiano, por ejemplo, no tiene nada de extraño que recurran a la xíriga como puerto de refugio. “¿Visonteas cómo verbean los gorres de llarpiza gacha?” (“¿Viste cómo hablan esos tíos de mala lengua?”), dirá uno. “Nuestros-aires vamos a verbiar pa que los pallides no balseen lo que nuestros-aires verbiamos” (“Vamos a hablar nosotros de manera que esos pendejos no nos entiendan”), dirá el otro.

Igualmente, si un chigrero de la villa de Ángel de la Moría se siente abrumado de oír hablar a su alrededor en vasco o en catalán desde la mañana hasta la noche, es normal que se arranque por la jerga tamarga en cuanto encuentre la complicidad de algún parroquiano (cosa, por cierto, que suele producir en los turistas un efecto enmudecedor, de desconcierto).

Tampoco será raro, en fin, comprobar cómo se utiliza la xíriga en los negocios. “Zancañeru: apáralu un galozu xidu, que’l gorre zaspia ascode” (“Compañero: prepárale una buena cama, que este paisano paga bien”), dijo hace poco un taxista a un hotelero -llaniscos, ambos, afincados en México D. F.-, al llevarle un cliente al hotel.

Todas esas situaciones se dan en la realidad. Por eso, si alguien piensa que la xíriga ya no se habla está equivocado. Esta jerga, patrimonio de la cultura llanisca, sigue dando guerra en el mercado, en los bares, en los vuelos transcontinentales y dondequiera que sea. Se emplea más de lo que la gente cree. Tanto, que su uso indiscriminado y fuera de lugar puede acarrear, en ocasiones, sorpresas embarazosas. “¿Le llastimos al ñurriu con un morondu en la cebeca?” (“¿Le atizamos al cura un ladrillazu en la cabeza?”), bromeó una vez el peón de una obra, al ver pasar cerca de su andamio a un sacerdote. Al oír aquella irreverencia, supuestamente ininteligible e incomprensible para un profano, el clérigo levantó la vista, miró a los obreros y soltó una frase que los desarmó: “Zancañeru: no verbees gacheces, que mis-aires también machurió’n la tamarga” (“Compañero: no digas tonterías, que yo también trabajé en la tejera”).

¿Quién ha dicho que la xíriga es un lenguaje muerto?


(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA el martes 28 de febrero de 2006). 









jueves, 2 de abril de 2026

DANIEL ÁLVAREZ FERVIENZA (1857-1951), MAESTRO DE ESCUELA Y FOTÓGRAFO TESTIMONIAL

 

Daniel Álvarez Fervienza. Autorretrato (1886).


Por Higinio del Río


Con rigor, minuciosidad y admirable constancia, Antonio Diego Llaca nos está ayudando a conocer mejor la figura de su bisabuelo Daniel Álvarez Fervienza (Arbeyales, Somiedo, 1857-Oviedo, 1951), maestro como él y fotógrafo de gran mérito.

Daniel Álvarez Fervienza fue pedagogo de profunda vocación y artista dotado para captar imágenes testimoniales de la época que le tocó vivir. Había obtenido el título de maestro de primera enseñanza en 1882 en Madrid. Su labor docente se inició en la escuela de la villa de Llanes -su primer destino, conseguido mediante oposición en 1883, y en el que relevó a su titular hasta entonces, Vicente Pérez Sierra, también maestro y destacado fotógrafo-; continuó, de 1888 a 1899, en el Colegio de San Pedro y Santa María del pueblo de Cardoso (Valle de San Jorge), y culminó en la Escuela Normal de Oviedo, de la que fue profesor numerario de Ciencias hasta su jubilación.
Como fotógrafo dejó una impronta de exquisita sensibilidad y dominio técnico, sobre todo en los retratos. En su formación recibió una notable influencia francesa, especialmente del pionero Félix Nadar, retratista de Charles Baudelaire, Franz Liszt, Sarah Bernhardt, Gustave Eiffel, Gioachino Rossini y Émile Zola, entre otros. (De Nadar, por cierto, la Casa de Cultura de Llanes presentó en el verano de 1992 la magna exposición titulada "Galería de inmortales"). Daniel A. Fervienza recibiría desde Francia no pocas publicaciones sobre el mundo de la fotografía, que hoy conserva su bisnieto Antonio Diego Llaca como oro en paño.
A lo largo de los últimos quince años del siglo XIX, período de gran demanda de fotografías por parte de las familias de indianos, el maestro y fotógrafo tuvo abiertos dos estudios o galerías de atención al público: primero en la calle Mayor, y luego en la calle Cardenal Inguanzo, junto a la capilla de San Roque.
Se conserva de él un valioso patrimonio fotográfico, que está siendo preservado, catalogado, digitalizado y difundido desde hace décadas por Antonio Diego Llaca.
Como consecuencia de ello, el Museo del Oriente de Asturias nos presenta ahora una parte muy significativa del legado de aquel personaje nacido en el concejo de Somiedo. Se trata de la exposición “Retrato y sociedad en la obra fotográfica de Daniel Álvarez Fervienza, Llanes 1885-1899”, abierta en Porrúa desde el 2 de abril hasta el 22 de agosto. Un sugestivo catálogo de rostros, instantes y rincones “con alma”, de especial incumbencia para los llaniscos del presente y del futuro.





















Dos de las fotografías expuestas en Porrúa.

Antonio Diego Llaca, junto al retrato de su bisabuelo. (Foto: H. del Río).