Enrique Gerona en 1939.
OPINIÓN
Por aquel primer piso
del número 1 de la calle Mayor, encima de la mercería Santa Rita, pasaban, al
atardecer, Quiqui, “el Cartero”, su esposa, Chucha, y Pilar “la Cubana”, a
jugarse al bingo con ellas un puñado de perronas y reales. Para entrar, no
había más que tirar de la cuerda que colgaba de un juraco de la puerta.
Eran hijas de Enrique
Gerona Alarcón, sevillano, y Luz Benitez Trujillo, gaditana de Tarifa, y tenían
una hermana más pequeña, Mari Luz, casada en Cardoso. Su padre había estado a cargo del faro de
Llanes en los años 40. Pertenecía a una familia numerosa de tradición castrense
y le distinguía una personalidad polifacética: delineante, ajedrecista, jugador
de billar, escultor, tallista en madera, farero y, sobre todo, pintor. Había
completado su formación en la Escuela de Bellas Artes de Córdoba, y uno de sus
maestros fue Julio Romero de Torres, el artista simbolista y folklorista de lo
andaluz inmortalizado en los billetes de 100 pesetas. Enrique Gerona pintaba
desde muy joven, pero no hizo su primera exposición hasta 1936 en Bilbao, cumplidos
los cincuenta y seis años.
Nada más obtener por oposición la
plaza de técnico del Estado en señales marítimas, su primer destino fue el faro
de Punta Galea (Vizcaya), donde le pilló la Guerra Civil. Volvió a su puesto en
1940 sin sufrir represalias políticas, y luego pasó, sucesivamente, al faro de
Tapia de Casariego y al de Llanes. Siempre
con la mirada puesta en el Cantábrico.
A la villa llanisca llegó
con su esposa y con las tres hijas, nacidas en el País Vasco y criadas como
señoritas. Vivían en la casa contigua a la torre de señales. En la sala de
estar solían sonar las notas de “La boda de Luis Alonso”, interpretadas al
piano por la menor de sus hijas, antigua alumna del Conservatorio bilbaíno, y el
paterfamilias iba ganando presencia en círculos de la sociedad local. Le
nombran director de la rondalla y consigue ser admitido en el clasista Casino,
donde impulsará la práctica del billar.
Una noche de noviembre
de 1946 se originó en la linterna del faro un incendio que se extendió a la
vivienda y acabó convirtiendo
en ceniza la totalidad de la obra artística del farero, mientras Anita, que era
muy fuerte, sacaba a empujones el piano de su hermana y lograba ponerlo a salvo. Mudados a un piso de
la calle Mayor, Enrique Gerona empezó a pintar de nuevo, a partir de cero, y lo
hizo hasta su muerte en 1954.
Toda esa producción se halla hoy en posesión de sus nietos, Ana, Enrique y
María José García Gerona.





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