jueves, 7 de noviembre de 2019

LLANES Y LA INDUSTRIA DE CONSERVAS DE PESCADO


José Conde Rodríguez.




OPINIÓN                                                               

Conservas con destino al frente

Durante la Primera Guerra Mundial ya se elaboraban en Llanes latas de anchoas en aceite



HIGINIO DEL RÍO PÉREZ


En 1914, en pleno conflicto desencadenado a raíz del asesinato del archiduque Francisco Fernando, la fábrica “La Llanisca”, fundada por José Conde Rodríguez (Burguillos del Cerro, Badajoz, 1876-Vibaño, Llanes, 1953), y dedicada “a beneficiar bonito y sardina y a toda clase de salazón de anchoa”, era pionera en la elaboración y comercialización de latas de filetes de anchoas en aceite de oliva. Una exquisitez. Sus productos (sobre todo las sardinas en aceite) se exportaban a Francia e Italia, y eran consumidos por los soldados en el frente. Las latas de anchoas, presentadas con un envoltorio de artística litografía, a modo de bombones de lujo o de inalcanzables perfumes, entraban en los lotes a exportar, pero probablemente iban a destinos de la retaguardia, lejos de las trincheras de barro y sangre. Acaso, al “Maxim’s” de París. O, tal vez, incluso, a la mesa de los estadistas firmantes en Versalles del tratado de paz que ponía fin a la Primera Guerra Mundial.

El fundador de “La Llanisca” se había establecido en Llanes en 1909, tras haber dirigido empresas de conservas en Santoña, Lastres y Comillas. En 1911 se ubicó, provisionalmente, en un edificio a la entrada de la calle Mayor, donde luego estaría el hotel “Crumar”, y pronto pasaría a ocupar un amplio inmueble en el Barrio Bustillo. En el proyecto le acompañarían como socios Vicente Pedregal Galguera (alcalde de Llanes entre junio de 1917 y enero de 1918) y, sobre todo, Gabriel Teresa Robles (que en octubre de 1934 sería nombrado alcalde por la autoridad militar, como consecuencia de los hechos revolucionarios de Asturias).
La fábrica hizo posible el reparto de bastantes jornales, algo que en el Llanes de hoy sería una auténtica bendición. En la planta baja se había instalado una caldera de vapor y un cocedero de procedencia vizcaína, y allí se salaba y preparaba la pesca, mientras que en el primer piso estaban la oficina, el almacén y salas para armar y soldar las latas.

Conde aportó a la economía del lugar un dinamismo inusual. Contribuyó a modernizar la flota pesquera (construyó embarcaciones como “La Dolores”, “Don Tomás I” y “Don Tomás II”), y por iniciativa suya se crearía una lonja. Era en la villa todo un personaje, sin duda, como lo fueron también otros muchos impulsores de fábricas de conservas: Juan García Varela, de Pola de Siero, buen jugador de bolos en la Vega de La Portilla, que a finales del siglo XIX había mandado levantar junto al puente un espléndido edificio diseñado por Juan Sordo Mijares, en cuyo bajo abrirían sus puertas el Banco Mercantil y, años después, la ferretería Sobrado, y que en 1904 pondría en marcha una fábrica de salazón y escabeche en San Antón y luego un vivero de langostas; Antonio Blanco Junco, comerciante (que se anunciaba con el eslogan “Esta casa da el peso completo”), banquero, dueño de una fábrica de escabeches y promotor de la construcción del “Salón Moderno” en los años 20; Felipe González Hernández, el peluquero de “La Higiénica” y antiguo tesorero del comité local del Partido Republicano Liberal Demócrata de Melquiades Álvarez; Cayetano Rubín de Celis, fugaz alcalde tras la entrada de los nacionales en septiembre de 1937 y ameno cronista del tiempo pasado; Ángel Gutiérrez Cibrián, dueño del popular restaurante “Casa Ángel” (hoy, Bar Uría), concejal en la Segunda República y armador, con fábrica de salazón en Cimadevilla; el italiano Alfonso Cimino Romeo, Francisco García Llerandi… En 1933, este sector llegó a contar en Llanes con catorce empresas, que en conjunto daban trabajo a más de trescientas personas, según ha estudiado el investigador Manuel Ramón Rodríguez, máximo experto en la historia de la industria de las conservas asturianas de pescado.   

(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA el sábado 2 de noviembre de 2019).


Casa del industrial Juan García Varela, hacia 1902.







miércoles, 23 de octubre de 2019

JUAN PEDRO DEL RIO: UNO DE LOS MEJORES JUGADORES DE RUGBY QUE DIO ASTURIAS



OPINIÓN                                                               

La esencia del rugby en un patio de arena

Un llanisco entre las figuras del mítico Colegio El Salvador de Valladolid



HIGINIO DEL RÍO PÉREZ


En 1960, el sacerdote francés Georges Bernés (Montesquiou, 1921-Toulouse, 2017) creó en el Colegio el Salvador de Valladolid un club de rugby que se convertiría en mítico. De fuerte carácter, el cura era un personaje de película de posguerra. Su esqueleto estaba sujeto a una verticalidad sin concesiones, y su mirada, estrábica y omnipresente, causaba incómodo desconcierto en sus interlocutores. Había llegado a España en 1959 para estudiar las peregrinaciones del Camino de Santiago, y frutode ello publicó en 1961 el libro “Carnet de route d’ un pionnier. Mon pèlerinage à Compostelle”.

En Valladolid, la familia Enciso Recio, dueña del Colegio El Salvador, en la plaza de San Pablo, le ofreció la posibilidad de dar clases. Primero impartiría Gimnasia, pero luego sería también el profesor de Francés. Los equipos de rugby que formó, infantiles y juveniles, entrenaban en el patio de arena del colegio. El uniforme era de rayas horizontales blancas y negras. El proyecto fue creciendo a pasos agigantados.
Bernés compartía el desarraigo (y probablemente también una cierta nebulosa de misterio) que se percibe en los personajes de “Casablanca”. Se había ordenado sacerdote en junio de 1944, en plena ocupación alemana, cuando estaba recluido en un campo de detención, y contaba que los seminaristas introducían las sagradas formas para la Misa ocultas en la suela de las sandalias. Según se decía, había marchado de Francia por discrepancias con el régimen de De Gaulle, al que no perdonaría que hubiese dado la independencia a Argelia.
En un tablón de anuncios, sobre la plataforma de la escalera principal, ponía recortes de “L’ Équipe”, crónicas que intentábamos traducir, con abundantes referencias gráficas a los ases del momento, como Villepreux. Cuando fue nombrado jefe de Estudios, una de sus aportaciones pedagógicas fue inculcarnos la literatura francesa. Mientras comíamos o cenábamos nos leía novelas de éxito, como “Papillon”, de Charrière, mientras pasaba lentamente entre las mesas, en medio de un silencio de refectorio monacal.
La vida para los internos del Salvador era dura y estaba sometida a una disciplina casi militar: formábamos en líneas perfectamente rectas, bajo el control de unos educadores (“inspectores” se les llamaba) deseosos de repartir estopa. Nos sacaban de caminata los jueves por la tarde, a Fuensaldaña, Zaratán o la Fuente del Sol, y de entre nosotros pronto empezarían a emerger auténticas estrellas del rugby, como los hermanos Moriche, Zulet, Gadea Verín, Tabares, Mourenza o Asúa, imprescindibles en la selección nacional absoluta, que después de terminar el bachillerato pasarían a engrosar el equipo del Arquitectura en Madrid, donde continuarían sus estudios y sus hazañas. Lo ganarían todo.

Para entonces, ya había llamado la atención de Bernés el talento de un juvenil -un llanisco nacido en 1957- que jugaba siempre con la cabeza levantada, dirigía el juego de su equipo con maestría y seguía la estela de aquellas figuras. El chaval, potente y elegante, compaginaba el fútbol (fichado por el SAVA Pegaso) y el rugby, con cuyo equipo de El Salvador conseguiría el campeonato provincial. Fue convocado por el seleccionador nacional juvenil y deslumbraría en un partido contra Francia en tierras francesas. La prensa gala le dedicó efusivos elogios. Destinado a suceder a Moriche en la selección absoluta y en el Arquitectura, todo hacía pensar que le esperaba una carrera de ensueño, pero, al poco de su debut con la selección, una grave lesión le apartaría de la alta competición. Aquel jugador, el más destacado que había dado el rugby en Asturias, era Juan Pedro del Río Pérez (mi hermano), que nunca quiere hablar de estas cosas. 

(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA el domingo 13 de octubre de 2019).


Fachada del Colegio El Salvador de Valladolid.

Escudo de la institución docente.

Georges Bernés (1921-2017).

Alevines. Juan Pedro, de pie, primero por la izquierda.
Juveniles. Del Río, en el centro de la fila inferior.

Anverso y reverso de la medalla de
Campeón Provincial Alevín de Valladolid (1970)
Convocatoria para la selección ancional, marzo 1976.
Artículo publicado en LA NUEVA ESPAÑA.


Juan Pedro del Río Pérez
   
·        Nació en Llanes (Principado de Asturias) en abril de 1957.
·        Hijo de Pilar Pérez Bernot y de Higinio Gumersindo del Río.
·        Bachillerato en el Colegio El Salvador de Valladolid (1967-1976)
·        Estudió la rama de Publicidad en la Facultad de Ciencias de la Información (Universidad Complutense de Madrid).
·        Fue jugador de rugby (COLEGIO EL SALVADOR) y de fútbol (SAVA PEGASO).
·        Uno de los más grandes jugadores de rugby que ha dado Asturias.

miércoles, 16 de octubre de 2019

UNA INOLVIDABLE REPRESENTACIÓN TEATRAL EN LA ÉPOCA DEL GENERAL FRANCO




Brecht en el Teatro Lara de Madrid

"La resistible ascensión de Arturo Ui", a la medida de José Luis Gómez (octubre, 1975)


HIGINIO DEL RÍO PÉREZ


Estábamos en tercero de carrera en la Complutense. Estudiábamos Periodismo. La Dictadura vivía su última fase. La oposición democrática al régimen del general Franco se organizaba en París y en otras capitales europeas y concertaba esfuerzos y acciones en común…
Todos los sábados íbamos por la mañana al Teatro Real, al concierto de ensayo de la Orquesta Sinfónica de RTVE, y no perdíamos ocasión alguna de ver buenas representaciones teatrales. La que más me impresionó fue «La resistible ascensión de Arturo Ui», de Bertolt Brecht, estrenada por el grupo «Teatro de la Plaza» en el Teatro Lara de Madrid, el 16 de octubre de 1975, en versión de Camilo José Cela. La sala estaba completamente llena de público. 


Era un alegato contra el fascismo y en ella explicaba Brecht, de un modo muy didáctico las circunstancias que hicieron posible el acceso de Hitler al poder en Alemania, en 1933. En aquella inolvidable representación, que marcaría toda una época en la escena madrileña, actuaban José Luis Gómez, Fernando Chinarro, Julieta Serrano, José María Lacoma, Miguel Palenzuela, Alfonso Vallejo, Julián Argudo, Francisco Casares, Francisco Merino, Miguel Nieto, Pedro Miguel Martínez, Antonio Requena, Antonio Canal, Eduardo Calvo, Víctor Fuentes y Eusebio Lázaro.

Música: Hans Dieter Hosalla.
Espacio Escénico: Equipo Crónica.
Dirección: Peter Fitzi, con la colaboración de JOSÉ LUIS GÓMEZ, un actor y director dramático que me deslumbró.




José Luis Gómez García (Huelva, 1940), que se había formado en el Instituto de Arte Dramático de Westfalia, en Bochum, y en la escuela de Jacques Lecoq, en París, realizaría a partir de 1964 sus primeros trabajos profesionales como actor, mimo y, más tarde, director de movimiento, en los principales teatros de la República Federal Alemana.
Después de su papel en “La resistible ascensión de Arturo Ui” completaría su formación en Nueva York con Lee Strasberg, y en 1978 asumiría la dirección del Centro Dramático Nacional, junto a Núria Espert y Ramón Tamayo, y dos años más tarde, la del Teatro Español.

A partir de 1994 centraría su labor en la concepción, gestión y dirección del TEATRO DE LA ABADÍA, en Madrid, donde tuvimos ocasión de disfrutar, precisamente aquel año, de los “Entremeses” de Cervantes, entre cuyo elenco actuaron dos actrices asturianas: Lidia Otón y Rosa Manteiga. La primera había actuado en Llanes en agosto de 1991, formando parte del grupo “Margen”, con la obra de teatro de calle “Toreros, majas y otras zarandajas”, dentro del programa de la Casa Municipal de Cultura. En cuanto a Rosa Manteiga, había pertenecido a la compañía “Teatro del Norte”, de Etelvino Vázquez.









domingo, 6 de octubre de 2019

EL TRÁNSITO A LA DEMOCRACIA EN LOS ASTURIANOS DE MADRID


OPINIÓN                                                               

Un porruano entre la alta política

El espíritu de la Transición en el Centro Asturiano de Madrid


HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

De una tacada, en 2009 fueron bautizadas sesenta y nueve calles de este Llanes expansivo, abocado sin remedio a convertirse en una ciudad en toda regla. Fue una decisión un tanto apresurada, y aunque algunos de los nombres elegidos son dudosamente representativos de los valores locales y no se sabe muy bien en base a qué criterios se incorporaron al callejero, hay otros, en cambio, que hacen justicia a personalidades de verdadero peso, queridas y admiradas, que venían arrastrando un ignominioso olvido (estamos pensando, por ejemplo, en el poeta Ángel de la Moría, 1858-1895, el fotógrafo Cándido García, 1869-1925, y el músico Félix Segura Ricci, fallecido en 1889, para quienes habíamos pedido una calle en un artículo publicado en estas páginas el 20 de enero de 2007(1)). Entre los aciertos ha de contarse también al histórico militante comunista Horacio Fernández Inguanzo (1911-1996), “el Paisano”.

Hubo un tiempo en el que el Centro Asturiano de Madrid, que presidía el porruano Cosme Sordo Obeso (acaso otro personaje con méritos suficientes para dar nombre a una calle) propiciaba encuentros de suma relevancia durante los años de la Transición. No se trataba sólo de los actos del día a día del centro, sino también de una significativa actividad colateral que se producía en el Edificio “Asturias”, sede de la entidad regional, concretamente en un reservado del restaurante “La Fonte del Cai”, en la segunda planta. Sabino Fernández Campo, secretario de la Casa Real, convocaba a personalidades clave del momento, como Manuel Fraga, Alfonso Osorio o Alfonso Guerra (de uno en uno), a discretos almuerzos que no trascendían a la prensa. A aquel restaurante, del que era concesionario el hotelero Amable Concha, irían alguna vez los Reyes de España, normalmente en domingo, en medio de un puente festivo, cuando la capital quedaba semivacía. Con apenas cuarenta y cinco minutos de antelación, una llamada telefónica desde el Palacio de la Zarzuela daba aviso de que estaban en camino los monarcas, e indicaba, de paso, la bodega y la añada del vino de sus preferencias. 
Cosme Sordo ritualizaba con toda solemnidad los actos de entrega de las “Manzanas de oro”, que tanto eco tenían en los periódicos, y no perdía ocasión de atraer a su territorio a protagonistas de la vida política y académica. Con el cadáver de Franco acabado de sepultar, concitaba presencias simbólicas de las dos Españas en el umbral de una todavía incierta era democrática. Para quienes vivimos aquellos momentos será difícil de olvidar una comida celebrada en 1980 en la casa regional, cuando aún tenía su sede en la calle Arenal. Entre los comensales, el presidente del Gobierno asturiano, Rafael Fernández, el propio Sabino Fernández Campo, el pintor Joaquín Vaquero Palacios, el escritor y periodista Juan Antonio Cabezas, el poeta y académico José García Nieto, el periodista José Luis Balbín y varios diputados y senadores del arco parlamentario. Recién estrenada la Constitución del 78, estaba allí una significativa representación de la respetable clase política de entonces, que nada tenía que ver con la de ahora. A los postres, discursos. En un momento dado, dos caballeros se ponen de pie y se abrazan, mientras los demás aplaudimos. Uno, había sido comandante de la Guardia Civil en la implacable persecución de los emboscados; el otro, un irreductible luchador antifranquista. Eran el militar José Antonio Sáenz de Santamaría y el dirigente del PCE Horacio Fernández Inguanzo. Hoy, el recuerdo de aquel gesto de reconciliación y, en general, del espíritu de la Transición contrasta de un modo perturbador con los negros nubarrones que se ciernen sobre la selva de la política nacional. Viendo ahora lo que vemos y oyendo lo que oímos resulta inevitable rendirse a la nostalgia y a la desesperanza. 

(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA el lunes 30 de septiembre de 2019)


En la imagen superior, Sabino Fernández Campo, entre la Xana del Centro Asturiano y Cosme Sordo, en la "Quinta Asturias" de Madrid, en 1987.
En la segunda fotografía, de izquierda a derecha, Sabino Fernández Campo, José Antonio Sáenz de Santamaría, Cosme Sordo y Antonio Landeta. Detrás, Plácido Arango y Graciano García.
Sobre estas líneas, el secretario de la Casa Real y el general Sáenz de Santamaría, en la "Quinta Asturias".
(Reportaje fotográfico: H. del Río, Madrid, 1987)

viernes, 7 de junio de 2019

UNO DE LLANES EN EL HOSPITAL DE VALDECILLA (1929)


La Casa de Salud de Valdecilla, recién inaugurada.
OPINIÓN                                                               

Al hospital en el coche de la marquesa

En 1929, Chicho Pérez Bernot fue el primer paciente llanisco en Valdecilla



HIGINIO DEL RÍO PÉREZ


Aquel otoño de 1929, la zozobra llevaba días adueñándose del humilde hogar de Pedro “el Sordu”, en el barrio de San Antón de Llanes. Chicho (Jesús), de trece años de edad, el sexto de los nueve hijos del matrimonio formado por Aurora Bernot García y el albañil y pescador Pedro Pérez Villa, el Sordu, había empezado a sentirse mal. Tosía mucho y sentía malestar a todas horas, síntomas que hacían temer que se les hubiera colado en casa la tuberculosis. 

En seguida, desde su palacio de la Concepción, María Josefa Argüelles, marquesa de Argüelles, se presentó ante Aurora, por la que sentía gran aprecio. En la salita de estar, en la que la esposa de Pedro cosía pantalones de mahón para los pescadores, la alta dama se ofreció a llevar al chaval en su coche, lo antes posible, al hospital de Valdecilla. La Casa de Salud Valdecilla, que así se denominaba aquel centro hospitalario en sus inicios, se acababa de inaugurar en Santander, fundada por Ramón Pelayo de la Torriente (1850-1932), marqués de Valdecilla, tocayo y amigo de su padre, Ramón Argüelles, antiguos emigrantes ambos en Cuba, donde habían amasado sus respectivas fortunas.
En un elegante automóvil con chofer, allá fueron la madre, el hijo y la marquesa, en una escena propia de Delibes. Al llegar a Cuatro Caminos y pasar junto a la plaza de toros, una construcción de 1880, a Aurora le vino a la mente la imagen de su marido, tan buen esposo, tan buen padre y tan aficionado al arte de cúchares .El único lujo que se permitía Pedro al cabo del año era la feria de Santiago de Santander, a la que acudía junto a Dorado y otros llaniscos en los autocares de Laureano Morán. Por una de aquella puertas cercanas a Valdecilla, la número 10 o quizá la número 2 (gradas y tendidos de sol), accedía el Sordu, tras abonar la entrada con las monedas que ganaba limpiando chimeneas, los modestos ahorros que guardaba en un calcetín de lana. La gozaba como un verderón. “Bien merecido lo tiene, el mi hombre”, pensaba la mujer, descendiente de uno de los técnicos que en 1623 trajo de Flandes Felipe IV, para trabajar en la fábrica de fundición de hierro de Liérganes y La Cavada (los primeros altos hornos españoles), donde se harían todos los cañones de la Armada Real. 
A Chicho le hicieron minuciosas pruebas, y al final los médicos descartaron que fuera tuberculosis. No había que alarmarse. Simplemente, el rapaz había tragado unos pelos de gato y se le habían trasvasado a un pulmón. Aurora Bernot quedó eternamente agradecida a la marquesa y a la Santina, de la que era fiel devota, y el año siguiente marchó con su hijo a Covadonga, en una piadosa excursión de la que se conserva una fotografía.
Chicho, que se había convertido en el primer paciente llanisco atendido en Valdecilla, entraría de pinche en la confitería “Auseva”, en la que ya estaba trabajando su hermano Juan, con el que compartiría oficio, obrador y un destino trágico. Nacido en 1916, murió ahogado en 1934, mientras bogaba en una piragua construida por él. Su cadáver no apareció.
Luego vino la guerra, que María Josefa Argüelles vería transcurrir desde Estoril. El palacio de la Concepción, su hogar llanisco (hoy propiedad del empresario astur-mexicano Juan Antonio Pérez Simón), quedó al cuidado de un viejo sirviente y terminaría convirtiéndose en hospital militar del Socorro Rojo. (Juan Antonio Cabezas relata en un libro la experiencia de cuando pasó una noche allí junto a Alejandro Casona y Ovidio Gondi. “Por la mañana, lo primero que vi fue a Casona por el pasillo en calzoncillos, con un orinal en la mano. Decía que a él le había tocado el de la marquesa, que era de fina porcelana”, escribiría Cabezas). En cuanto a Juan Pérez Bernot (1911-1937), cayó en combate sirviendo a la República como voluntario, y sus restos están enterrados en una fosa común por la zona de Tarna. 

(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA de Oviedo el martes 23 de abril de 2019).


Retrato de la marquesa de Argüelles.
Aurora Bernot, con su hijo Chicho
en Covadonga (1930).

domingo, 26 de mayo de 2019

LA COMPUERTA DE LLANES, EN EL RECUERDO

Acuarela de Jesús Palacios.
OPINIÓN                                                               

Arqueología industrial arrasada

Un símbolo urbano perdido en los años 90



HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

Pintada mil veces por el acuarelista Jesús Palacios, estuvo presente en el paisaje urbano llanisco durante sesenta años; no se llegó a inaugurar y nunca entró en funcionamiento (de ahí que algunos la vieran como un monumento a la inutilidad), pero adquirió desde el principio un claro protagonismo en el imaginario popular y una significación simbólica incontestable. Para Llanes, La Compuerta fue una inequívoca seña de identidad, al modo que lo es la Torre Eiffel para los parisinos.

El proyecto para construirla, incluido en 1929 en el plan de prolongación del espigón de La Osa (las ansiadas obras del puerto), cuyo ingeniero jefe era José María Aguirre, data de febrero de 1930. Se emplazaría en el muelle de Santiago, frente al Sablín, en el punto denominado Entremuelles, y su presupuesto era de casi 47.000 pesetas. La Compuerta -entonces aún sin definir en sus detalles- vendría a desempeñar una “función de enfermería, de astillero”, y, al hacer posible que el puerto permaneciera siempre con agua, evitaría, entre otras cosas, “los insoportables hedores de la bajamar”, según comentaba la prensa local de entonces.
En 1930, cuando el proyecto estaba más perfilado, visitó Llanes el industrial Luis Alonso Herrera, propietario de una importante fundición en Torrelavega y eventual proveedor de material (hierro fundido o laminado) para la construcción de La Compuerta. En ese tiempo, otro asiduo visitante era el gijonés Bienvenido Alegría García (1905-1979), constructor de la obra, quien, años después, habría de involucrarse desde Gijón, supuestamente, en una trama de espionaje al servicio de la Alemania nazi.
Los trabajos de construcción, empezados en pleno verano de 1931, avanzarían muy lentamente, lo mismo que los de la prolongación de La Osa. En 1934 parecía próxima la fecha de su finalización, y la gente empezaba a preguntarse cuándo llegaría, por fin, el motor, pieza maestra de un proyecto de 1932 para mecanizar la maniobra del artilugio.
El motor no llegaría nunca. La Compuerta había sido concebida en los peores años posibles y parecía condenada al fracaso. No era una obra aislada, sino un complemento a remolque de las incontables dificultades técnicas y económicas que frenaban las obras del puerto, mientras se iban sucediendo los vaivenes de la II República, los efectos de la crisis económica crónica, la Revolución de Octubre, la Guerra Civil y las penurias de la posguerra.
La Barra del puerto se consiguió terminar en los años 40, en tanto La Compuerta quedaba en Entremuelles como un juguete roto y sin estrenar.

La recordamos con añoranza. Fue, hasta su demolición en 1993-1994, un icono exclusivo de Llanes. Testigo de saleas, de costumbrismos, de travesuras y de pequeñas historias, desde ella se lanzaban a la ría los rapaces, emulando a los saltadores de Acapulco, y junto a ella organizaba Pedro Galguera Fernández, Pedrito, campeonatos de meadas, en los que ocasionalmente tomaban parte señores de paso, captados en sobremesas del Bar del Muelle regadas con buenos licores. Una vez, en los años 40, fue víctima de una trastada de Pedrito un industrial vasco. “Esta torre es mía, y no sé qué coño hacer con ella. Tengo tantas ganas de perderla de vista que la vendería por lo que me dieran”, le comentó Pedrito, como el que no quiere la cosa, refiriéndose a La Compuerta. El vasco, al instante, se ofreció a comprar la ganga. Cerraron el trato y lo celebraron a lo grande, por cuenta del forastero, en un buen restaurante. Al cabo de una semana, llegó a la villa un camión desde Bilbao, con obreros armados de pico y pala, para iniciar el desguace de la histórica obra de ingeniería, y se armó la marimorena. 

(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA de Oviedo el sábado 16 de febrero de 2019).


Foto: Francisco José López Maya.
Roberto García García, lanzándose a la ría.

domingo, 7 de abril de 2019

Xíriga: Conferencias y charlas





LA XÍRIGA Y LOS TEJEROS: UNA CHARLA EN EL CENTRO DE ADULTOS DE LA ARQUERA


Higinio del Río Pérez, dirigiéndose a los alumnos 
del curso de Promoción Turística Local e Información 
al Visitante, impartido por Diana Díaz Alonso en el 
Centro de Formación de Adultos de La Arquera (Llanes).
(Foto: Emilio G. Cea).


IV CONFERENCIA DE LA CULTURA EN MÉRIDA (2019)















OPINIÓN                                                               

El molino de Satán

Cuando las instituciones públicas ponen la cultura en situación de precariedad



HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

La cultura es un derecho, no una mercancía, pero llevamos ya dos décadas intentando justificar la importancia del sector cultural sólo desde el prisma de los parámetros economicistas. Se ha sucumbido a la dictadura de los números, y la financiación pública de la cultura está en el punto de mira, bajo sospecha: según los partidos conservadores, la inversión en lo cultural está ‘demodé’; y según los partidos antisistema emergentes, cumple una función negativa al fomentar la cultura de élites, de modo que ambas visiones, curiosamente, coinciden (como si los extremos se tocasen) y se obstinan en considerar que el dinero público no es imprescindible y que, por tanto, ha de pasarse la patata caliente a la iniciativa privada.


Un relato pesimista de este tenor fue brillantemente construido por el director general del Centro Niemeyer, Carlos Cuadros Soto (Cazorla, Jaén, 1971), apenas levantado el telón de la IV Conferencia de la Cultura, desarrollada la semana pasada en Mérida bajo el epígrafe “Retos y futuro de la gestión cultural”. El ponente denunció que las instituciones públicas, al ir retirándose paulatinamente de la tutela y financiación de la cultura (es decir, de lo que debería ser su papel irrenunciable), están poniéndola en una situación de precariedad. Las instancias de lo público se vacían y quedan relegadas o abandonadas sus responsabilidades, según nos indicó con énfasis Carlos Cuadros a los cincuenta gestores culturales inscritos en el encuentro. Presupuestos más pequeños para programas y para la creación y sostenimiento de equipamientos (un 54 por ciento menos de inversión); debilidad en la acción política de fomentar la redistribución de las fuentes del conocimiento (algo esencial en una sociedad democrática); y la escasa importancia que se da a la cultura en los programas electorales de los partidos políticos, son algunos de los evidentes pasos atrás que se están dando.
El director del Niemeyer tiene muy claro que la Ley de Mecenazgo, en esencia, no es sino un traslado de la responsabilidad presupuestaria, pero, a su juicio, ha de ser el sector público el que decida y establezca las prioridades, según criterios de planificación. La mercantilización y la renuncia de la capacidad de decisión en beneficio de la iniciativa privada va contra la socialización de la cultura y fulmina los fines sociales de la misma.
El origen del pesimismo (o del realismo, mejor dicho) de Carlos Cuadros está en las leyes de la sociedad de mercado y en la corriente de pensamiento neoliberal: una especie de demonio que lo contamina todo, que lo tritura todo y nos convierte en meras cosas vendibles e intercambiables. Ante el auditorio del Centro Cultural Alcazaba de Mérida, donde tuvo lugar la Conferencia de la Cultura, Cuadros utilizó como libro de cabecera “La gran transformación”, obra cumbre del filósofo y antropólogo Karl Polanyi (1886-1964), para explicar a partir de ella la perversión y la perversidad de la economía de mercado y el desamparo social que nos acechan. El mercado como centro de la vida social (lo que Polanyi llama “el molino satánico”) y la subordinación total de los seres humanos a las reglas de ese omnipotente modelo neocapitalista va a engullir también al sector cultural, que se agregará así a las tres mercancías ficticias de las que se hablaba en “La gran transformación” (la tierra, el trabajo o la mano de obra y el dinero). Algo parecido a robarle el alma a la humanidad.

(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA de Oviedo el martes 2 de abril de 2019).


Centro Cultural Alcazaba de Mérida,
sede del encuentro.
Acto de inauguración.
Carlos Cuadros Soto, director del Niemeyer, habló de
"Retos y futuro de la gestión cultural".
"Profesionalización y regulación del sector".
De izquierda a derecha, Francisco López Hidalgo,
Jesús F. Cimarro, Adriana Moscoso del Prado
y Roger Dedeu Pastor.
"Gestión cultural e igualdad de género".
Pilar Rius Fortea, presidenta de la Asociación de Mujeres
en la Música (y antigua profesora de Guitarra del
Conservatorio "Eduardo Martínez Torner" de Oviedo),
aportó significativos datos: las mujeres representan el 8 por
ciento en el mundo de la interpretación musical
y el 3 por ciento en el de la composición, y
tan solo el 1 por ciento de las obras que se programan
han sido escritas por mujeres
"Cooperación, creación e innovación".
Participaron Félix Palma, Jerónimo Cornelles,
Elena Oliveros y José Mari Armentia.
Jerónimo Cornelles, director artístico del Festival
de Tardor Russafa Escénica (Valencia). 
Antonia Álvarez González, Ana Lozano, Queralt Prats
y José Colmenero, durante la sesión dedicada a
"Cultura inclusiva y accesible".
Ana Velasco y Borja Álvarez Rubio presentaron las primeras
conclusiones del "Observatorio de Buenas Prácticas
de la Gestión Cultural"
.

(Reportaje fotográfico de H. del Río)