viernes, 30 de julio de 2021

LLANES: ÁRBOLES EN EL PASEO DE SAN PEDRO

(Foto: Archivo de H. del Río). 

 

OPINIÓN            

                                                   

Muerte de un tamarindo


Las fotografías de Rodríguez Trespalacios como crónica del Llanes contemporáneo 



HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

Tan minúsculos y tan frágiles, los árboles del paseo de San Pedro -unas docenas de tamarindos plantadas en el último cuarto del siglo XIX- parecen poca cosa en medio de la inmensidad que se divisa desde allí. Casi nadie se fija en su presencia y apenas dan sombra, pero pertenecen a un paisaje que resultaría irreconocible sin ellos. Oviedo ya no tiene su carbayón; Madrid se ha quedado sin madroño, sin oso y sin centralismo; pero los llaniscos seguimos conservando nuestros tamarindos, supervivientes fronterizos entre la tierra y la mar. Uno de sus principales valedores era Félix Martínez Marco (1911-2002), el veterinario municipal de Llanes, un científico metido en la piel de un romántico, al que alguna vez veíamos enderezar y enraizar tamarindos abatidos por la acción de los vientos y de los gamberros.

(A don Félix, pionero en las técnicas de inseminación artificial aplicadas al ganado vacuno, le cupo el honor de ser el único veterinario en la historia de Llanes que tuvo como paciente a uno de los reyes de la fauna africana. Hace 60 años, una noche le fueron a buscar los municipales por una causa mayor: el hipopótamo de un circo instalado en Las Marismas se había puesto muy malo, con un estreñimiento terrible. Allá fue don Félix, que metió en su maletín un par de jeringuillas de gran calibre, como para vacunar a King Kong. El paquidermo le recibió muy tranquilote pero con los ojos tristes de un ogro bonachón. El veterinario palpó la epidermis del hipopótamo, mientras éste lo miraba de reojo, adormilado. Al intentar ponerle la inyección, la jeringuilla se quebró como un mondadientes, y el veterinario, que en lo tocante a talante tranquilo nada tenía que envidiar al paquidermo, esgrimió la jeringa de repuesto, buscó en la mole gris otra zona más propicia y, ¡zas!, consiguió poner la banderilla. Al cabo de unas horas el animal se desatascó y el circo volvió a irradiar luces y espectáculo en aquel escenario de la posguerra).

José Ramón Rodríguez Trespalacios (Llanes, 1940) no quiere que lo llamen fotógrafo, pero se pasa la vida haciendo fotos. Ha puesto en formato JPG la crónica del Llanes contemporáneo y acumula tal número de imágenes, que llevaría años contarlas y clasificarlas (un material que ha de ser muy útil a los historiadores locales del futuro). La obra del puerto deportivo, por ejemplo, la está plasmando con mucho detalle en un conjunto de secuencias que para sí querría la autoridad portuaria.

En sus trabajos más recientes José Ramón, “el de El Siglo”, se nos revela como un poeta a flor de piel. Más que una serie fotográfica, lo que ha hecho esta vez es un poema dictado por la tristeza. El protagonista es un tamarindo que encontró este invierno tumbado y malherido por un temporal. Le hizo fotos a diario, siguiendo de cerca la evolución de su estado de salud, y al cabo de un tiempo observó que aquel árbol, ignorado y aparentemente agonizante, se aferraba con éxito a la madre Tierra. En primavera, empezaron a retoñar sus ramas, y José Ramón veía en ello una lección de esperanzada lucha por sobrevivir. Cuando ya había recuperado las constantes vitales, el arbusto apareció una tarde troceado por una motosierra. El fotógrafo quedó estupefacto, pero siguió haciendo más instantáneas para completar la serie iniciada meses atrás. El resultado de todo ese conjunto deja un sabor amargo (es como una metáfora de la amenaza de la eutanasia a un nivel más general). Por primera vez en su vida le ha salido un reportaje fotográfico con una moraleja descorazonadora.


(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA el viernes 13 de mayo de 2011). 

 


lunes, 19 de julio de 2021

CELSO AMIEVA: JUDÍOS Y CAMPOS DE CONCENTRACIÓN EN FRANCIA

 

José María Álvarez Posada, Celso Amieva.



OPINIÓN            

                                                   

Judíos en la obra de Celso Amieva


Pormenores de un testimonio sobre los campos de internamiento franceses en los años 1939-1944 



HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

La minuciosa aproximación de Eugen Kogon a la sociología de los campos de exterminio nazis (acaso el estudio más exhaustivo que se ha publicado hasta ahora sobre la escenografía del Holocausto) puede encontrar un adecuado complemento en el testimonio de Celso Amieva sobre su experiencia en los campos de concentración franceses, vivida entre 1939 y 1944. En el relato autobiográfico “Asturianos en el destierro”, Argèles, Barcarés, Perpiñán y Bram son telones de fondo ante los que discurren y se entrecruzan las vidas de los republicanos españoles internados allí y las de un puñado de judíos de toda Europa. “Allá adelante, rumor de mar. Allá atrás, rumor de pinos. En torno nuestro, rumor de colmena humana”, apunta Celso Amieva en la descripción de la puesta en escena.


Son instantes previos a la gran tragedia que se estaba cociendo, movimientos preparatorios de la “Solución Final”, y Celso Amieva no olvidará los nombres, apellidos e incluso detalles de las desdichadas circunstancias de unos cuantos apátridas hebreos, que van apareciendo en su barracón como personajes secundarios, a los que clasifica y aplica adjetivos con precisión. Según nos cuenta, a partir de la invasión de la URSS por la Wehrmacht, Argèles y los demás campos se irían llenando de extranjeros, judíos en su mayor parte, que residían en Francia: médicos, ingenieros, profesores, industriales, músicos, escritores…

En Barcarés coincidirá con Isaac Pochter, un judío ruso que formaba parte de la delegación cinematográfica de la Unión Soviética en París, con el que ya había estado en Argelès y de quien se había hecho muy amigo. La relación con los reclusos judíos era inevitable y enriquecedora. Allí estaban el dentista Donath, el abogado Leonhard Holz, el técnico industrial Robert Grün, el actor Benno Feldman, el tendero Schloss, el cantante Schulmann, el comerciante de sombreros Benyacar y los viajantes Tibor Jaeger, Berdichevski, Kahn y Nebenzahl, quienes, en cierta ocasión, llegaron a compartir con Celso Amieva latas de conservas y botellas de buenos vinos, conseguidas gracias a Pau Casals.

Dormía en la “barraca de enchufados” junto a un grupo de judíos en el que figuraban el anciano polaco Lewinsky (a la sazón, jefe y guardián de aquel espacio), el sefardí de Salónica David Tampoh (silencioso y atento siempre a todas las conversaciones, lo que al principio hizo temer a sus compañeros que fuera un chivato de los guardianes), el “fanático” sionista, también polaco, Abraham Golomb y el “frívolo embustero” húngaro Geza Weisz.

En Arles-sur-Tech se apearán el ruso Israel Pen y otros doscientos judíos más, cargados de maletas y procedentes del campo de Rivesaltes, al frente de los cuales iba un tal Rozmarine, con aspecto de galán de cine. Y en Ille-sur-Têt y en Bram, entre periódicas redadas de la Gestapo, Celso Amieva entra en contacto con un joven rabino holandés apellidado Fink, que le explicará la influencia de los salmos hebreos en los cantos espirituales negros y en el jazz. “¿Crees casual el hecho de que en Norteamérica, antes y después de Gershwin, los más famosos compositores de esa música llamada negra sean judíos?”, le dijo una noche, al término del sabbat.

Con todos esos mimbres del universo concentracionario, el poeta llanisco compondría una crónica del desarraigo muy personal, llena de anhelos de fraternidad y crudamente ilustrativa de lo que estaba pasando en aquella Europa pisoteada por los totalitarismos. 


(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA el sábado 29 de junio de 2019). 



JOSÉ FERNÁNDEZ MENÉNDEZ (PEPE "EL ALDEANO"), UN ASTURIANO DE PORLEY

José Fernández Menéndez (1943-2002).

 


OPINIÓN            

                                                   

Una esquela en Chamberí



HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

De lunes a domingo, el hostelero José Fernández Menéndez, “Pepe el Aldeano” (natural de Porley, Cangas del Narcea), cumplía en su local de Madrid jornadas de dieciocho horas. Tipo simpático y peculiar, cuando oía en la barra a sus clientes de confianza una estupidez muy gorda, apelaba a un recurso digno de Groucho Marx: se ponía en la cabeza un pañuelo, como para protegerse de un aguacero, y sin decir ni pío los miraba irónicamente. 

Había abierto en 1970 el mesón-restaurante “El Aldeano” en Cardenal Cisneros número 33 -una calle del barrio de Chamberí que concentra la más variada representación de la gastronomía española-, y en la brega diaria estuvo secundado desde sus inicios por un camarero cojo, personaje cervantino de La Mancha, de nombre Regino, que servía las mesas con arte torero. Entre los dos abastecieron de exquisitas viandas los paladares más exigentes de la transición política. Muchos madrileños empezaron a conocer a Asturias y a encariñarse con ella en aquel salón-comedor, en el que a menudo se manifestaba el nervio de una actividad periodística. Bajo una foto en la que se veía a Pepe durante su “mili” en el crucero “Canarias”, sirviendo el almuerzo al entonces príncipe Juan Carlos de Borbón, emitía “Radio España” animadas tertulias taurinas y futbolísticas; allí nació la revista mensual “Crítica de Arte”, dirigida y editada por el llanisco José Luis Buergo, asentada ya en el mercado desde hace veinticinco años. En una de aquellas mesas, el que escribe estas líneas tuvo ocasión de hacer numerosas entrevistas para la última página de la “Hoja de Lunes” de Oviedo, que dirigía Juan de Lillo: comidas de trabajo y sabrosas sobremesas con Rafael Fernández, Juan Antonio Bardem, Santiago Carrillo, Gerardo Iglesias, Quini, Ladislao Azcona, Juan Antonio Cabezas, Arturo Fernández, Juan Velarde, José Luis Balbín... Lo más sonado tuvo lugar en diciembre de 1986, cuando, a iniciativa del mismo periódico, reunimos a los diputados Álvaro Cuesta (PSOE), Francisco Álvarez-Cascos (PP), Alejandro Rebollo (CDS) y Manuel García Fonseca (Izquierda Unida), para que valoraran las funciones que debería cumplir, a juicio de los principales partidos, el recién estrenado “Edificio Asturias” de la Calle Farmacia, un inmueble que aglutina las instalaciones del Centro Asturiano, las oficinas del Ejecutivo del Principado y la sucursal de Cajastur, y que está considerado como la primera “embajada” de una comunidad autónoma en Madrid. (En aquel debate, por cierto, el más agorero resultó ser el que sería luego ministro de Fomento, Álvarez Cascos, que advertía de la “peligrosa” dependencia de la casa regional que lidera el porruano Cosme Sordo, respecto del Gobierno que presidía entonces Pedro de Silva).

Pero todo esto ya es historia. Acabamos de enterarnos de que un cáncer ha fulminado la vida del mesonero de Porley. Contaba cincuenta y nueve años de edad. Desnudo su pecho de manzanas de oro, de urogallos de bronce o de cruces de hierro, a los buenos hosteleros de la diáspora como Pepe “el Aldeano” quizá no se les reconoce su trabajo como se merecen (ni en vida ni cuando ya están muertos), pero nadie podrá arrebatarles el orgullo de sentirse “cónsules” de su tierra natal donde quiera que estén establecidos. Asturias ha perdido a uno de sus mejores hombres en Madrid. Descanse en paz.


(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA el martes 10 de septiembre de 2002). 


Entrevista publicada en la revista ASTURIAS del Centro Asturiano de Madrid (junio 1980).



miércoles, 7 de julio de 2021

LLANES: DATOS INÉDITOS SOBRE LA HISTORIA FUTBOLÍSTICA

El Llanes en el campo del Sablón (1949). Foto: Ramón Rozas.

 

Canciones para el fútbol



HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

El fútbol empezó a practicarse en Llanes a principios de siglo en el patio del Colegio de la Encarnación, ante la atenta mirada de los frailes agustinos, alguno de los cuales, cuando caía el balón a sus pies, lanzaba un punterazo después de recogerse el hábito hasta las rodillas. En 1905 se estaba haciendo la preciosa casa de doña Flora (el edificio de Victorero, en cuya planta baja está hoy el Banco de Santander), y aquellos andamios instalados por el constructor gijonés Fermín Coste sirvieron, indirectamente, para asentar junto al Parque de Posada Herrera la afición al balompié. Coste tenía dos hijos, que daban patadas a una pelota y contaban cosas maravillosas de un equipo –el Sporting- que acababa de fundarse a la orilla del Piles. Uno de los críos que jugaba con ellos era Tano Rubín.

A finales de los años cuarenta, se contaba ya con un club organizado, y los jugadores de aquel primer equipo –entre los que destacaba un zurdo de oro al que enseguida empezaron a llamar “el Maestro”- concitaban alrededor suyo un remolino de ilusión sin precedentes. El “Maestro” era César González. Nunca se supo quien le puso el sobrenombre. Había llegado desde Soto del Barco poco antes del estallido de la Guerra Civil, con sus padres y sus tres hermanos, Luisín, Lolina y Ricardo. El padre, abogado y secretario judicial destinado al Juzgado llanisco, ya no saldría de aquí.

Con su hermano Ricardo, César jugaba al fútbol en la Campera, y sus maneras no pasaron desapercibidas a los ojos de los entendidos. Cuando se formó el equipo del C. D. Llanes, él era uno de los titulares indiscutibles.

El primer “mister” que tuvieron fue Nicasio, “el de la Electra Bedón”, amigo de hacer entrenamientos fuertes, con carreras entre los tamarindos del Paseo de San Pedro y subidas desde el Sablón. En el comercio de Pedregal, al lado de la Confitería de Parás, las entusiastas mozas Carmina Pedregal y las hermanas Cotolo y Chunchi Novoa y Amalia (“Chicu”) y Lolina Noriega se afanaban en bordar los escudos de las camisetas, que eran verdes como las de la selección mexicana. Al igual que en las funciones de teatro ambulante que se montaban en la Plazuela de la Magdalena, hombres y mujeres de todas las edades llevaban su propia silla o banqueta hasta el campo del Sablón -el “Güertu del francés”-, que era el escenario de las gestas. Se pasaba la bandeja y se recogían buenos duros. El vestuario era la sidrería-bolera que había junto a las ruinas del palacio de la familia Duque de Estrada, y, a falta de duchas, los jugadores se daban un calumbu en la playa al terminar los partidos. Luego se lavaban en el lavaderu de El Cercado y marchaban a ver la película del “Benavente”.

César era un frío y elegante extremo izquierdo que centraba los balones con clase y precisión. Empezaron a salir canciones dedicadas a él, letras de anónimos compositores que se adaptaban a músicas conocidas, y el público las coreaba en las tardes de gloria:

 

“Llanes por la tandina,

Llanes por la tandada,

todos aplauden al Maestro

cuando hace la jugada”.

 

Todos los llaniscos participaban de la euforia. Los domingos que les tocaba jugar en la villa, César asistía a la misa de ocho de la mañana, y a la salida nunca faltaban viejas beatas enlutadas que le jaleaban esgrimiendo la cachaba: “¡A ver qué hacéis hoy, César del alma! ¡Hay que ganalos como sea!”. Jugando fuera de casa, en algunos sitios los llamaban “triperos” y “montañeses”. Se desplazaban en un autocar de doce ruedas, que parecía un camión sacado de una película bélica (un día de nieve, el vehículo se averió, y tuvieron que bajarse todos a empujarlo). Siempre les acompañaba Francisco del Campo Peláez, “Papaco”, como delegado de la Junta Directiva. También iba con ellos Perfecto Santos Cue, “Teto”, honrado y diligente a carta cabal, en quien depositaban relojes, medallas, carteras y demás cosas de valor.

El equipo se reforzó con varios jugadores foráneos –fichajes pagados a tocateja-, como Soberón, los Trueba, Martínez y Curiel, que se alojaban los fines de semana en la “Fonda la Guía”. En el vestuario se acuñaron expresiones cinematográficas asociadas al áurea de algunos de los gallitos del equipo: a César, que era el capitán, le decían “Adiós, Mister Chips”, por aquello del ceremonial de estrechar la mano del árbitro y de los linieres. El entrenador Sirio era “¡Qué bello es vivir!”; y a Aurelio le adjudicaron “De México llegó el amor”.

Aunque ya no era un crío, César destacaba tanto que el Real Oviedo –entonces en Segunda División y entrenado por Caicedo- le hizo una prueba en verano. El que le recomendó fue Mariano Zubizarreta. Si la cosa fraguaba, le iban a ofrecer dos mil duros de ficha, ochocientas pesetas al mes y un empleo curiosu. El extremo estuvo un mes con los “azules” y llegó a jugar un amistoso contra el Valladolid, en Avilés, pero al final el fichaje fue descartado y se quedó en Llanes, donde sus incondicionales seguirían sacándole canciones:

“Maestro, no tengas miedo,

hazle frente al enemigo; 

si tratan de atropellarte, 

el público está contigo”.


A lo largo de esa época, recorrida por trenes llenos de aficionados que seguían a su equipo, sonó con fuerza la expresión “¡Triquititrí, ra, ra, ra!”, que luego sufrió una ligera transformación y pasó a ser “¡Triquitrí!”. Eran los tiempos de la denominada “Ruta del Oro”, que va desde 1948 hasta los primeros años cincuenta. El inventor del grito de guerra fue José Sáinz Notnaghel, delegado en Llanes de la compañía mexicana “Aerovías Guest” y amigo de Evilasio Sánchez García, que llevaba al campo de “Malzapatu” un megáfono para lanzar al viento sus voces de ánimo: 


“Cueste lo que cueste,

se ha de conseguir

que la Copa sea para el Triquitrí”.


Se popularizaron al menos diez estribillos. El principal cantar, que resumía el espíritu del “Triquitrí”, estaba inspirado en una ranchera de Negrete:


“Me gusta cantar al viento, 

porque vuelan mis cantares, 

y digo lo que yo siento del Club Deportivo Llanes.

Tenemos un gran equipo

de solera y de bandera,

que a todos los sitios que va

tiembla hasta la carretera.

Tenemos un delanteru que se llama Paco Maya,

que todas las que recoge las introduce en la malla.

Con César de extremo izquierdo,

Rafa y Tonín de delanteros,

se forma la doble uve

y el gol sale de bandera.

Me gusta ver a Tomás

con su juego de cabeza,

tirando balones al centro

para que Aurelio los meta.

Noga es un batallador,

Torre y Ramonín despejan,

y las que llegan al marcu

Luisín Cobos las bloquea”.


Lolina, la hermana de César, que se casaría con el farmacéutico Mariano Buj Suárez, era una de las grandes forofas del equipo. “¡Hermanín: ya tienes las niñeras a cada lau!”, gritaba Lolina, sin apear el paraguas, cuando veía que los defensas se pegaban a él como lapas. La fama de la hermana de “el Maestro” trascendió las fronteras llaniscas. Una vez, bastantes años después de que hubiera periclitado el “Triquitrí”, Lolina estaba en Llanes acompañada de su marido en una celebración con motivo de la ordenación sacerdotal de su cuñado Pepe Buj.

- “Oye, Mariano del alma: un cura de aquellos de enfrente no para de mirarme. Desde que entramos no me quita ojo. Me está poniendo nerviosísima. Debo gustai,, Marianín…”, dice a su marido.

- “Figuraciones tuyas, Lolina. No digas cosas raras”.

- “De figuraciones, nada, Marianín. ¡Que viene!”.

En efecto, uno de los sacerdotes presentes se levanta y, con media sonrisa, se aproxima al matrimonio.

- “Perdónenme, hijos míos. Llevo media hora mirándola porque se me hace una cara muy conocida... Estoy seguro de que la conozco, pero no sé de qué”.

- “Yo creo que me confunde con otra, padre, porque yo a usted no lu conozco de nada”, responde Lolina.

Dubitativo, el sacerdote se rasca la cabeza y, de pronto, da un bote.

- “¡Ya lo tengo! ¡Ya me acuerdo! ¡Usted me dio una vez un paraguazo!”

- “¿Pero qué diz, padre, si yo tuve siempre muchu respetu a los curas?”.

- “Fue un domingo en Cangas de Onís, en un partido muy disputado! Estaba yo a punto de entrar en el seminario. Usted es la de los paraguazos, sin duda.”

 

EL GRITO DE GUERRA


Las letras de los cánticos al fútbol llanisco de los años cuarenta y cincuenta guardan un cierto parentesco formal con los cantares de gesta:


“Tengo un ‘once` de Primera,

no es un equipo cualquiera,

tiene clase en las jugadas

y al alzar las goleadas,

tiran a gol, tiran a gol.

Es el conjuntu llaniscu

equipu de muchu pistu,

tien la furia española,

pega muy bien a la bola,

tiran a gol, tiran a gol.

Aquí llegamos los hinchas,

por si el equipu deshincha,

sacamos nuestras reservas,

que traemos en conservas,

tiran a gol, tiran a gol.

Haciendo honor al escudu,

hoy nos quedaremos unidos

por animar al equipu,

aunque nos hagamos ciscu,

tiran a gol, tiran a gol”.


Era otra cosa. Incluso algunos anuncios de la prensa local encerraban alusiones al fútbol, como éste de la peluquería de caballeros “México”:

 

“¡Deportistas y aficionados!

¿Queréis saber de todo... ello?

¡Afeitaros donde Abello!

La cátedra de balón la explica José Ramón.

Y la de ciclismo, a cargo del mismo.

El tiempo que ha de hacer en Mayo, te lo dirá Pelayo.

Hermosea tu semblante y masajea tu cutis,

paga el servicio a Constante

y ya puedes hacer mutis”.

 

Los comerciantes sabían aportar fantasía en el marketing. Mientras el confitero Abelardo ponía poesías en los envoltorios de los caramelos de malvavisco, el comercio de calzado “La Victoria” recomendaba prepararse para las grandes fiestas:

“Como ya viene La Guía

y tenemos que bailar,

para no quedarse en casa

nos tenemos que calzar.

Para que bailes a gusto,

graba bien en la memoria

que has de comprar tus zapatos

en Calzados La Victoria”.

 

LANCES Y ENTUERTOS

Las canciones dedicadas al "Triquitrí" contaban lances, entuertos y batallas:


 “En el Campu de Pialla,

Titi Judas se vendió

para romper la pierna a Hilario

y quedar campeón.

Valamé, valamé,

Titi a Hilario rompió un pie,

esi jugador de Infiestu

es peor que Bernabé.

Don Antonio Moriyón,

cuando supo lo de Hilario,

fue a la FondaLa Guía

y le regaló un rosario”.

 

La lesión que sufrió Hilario hizo que se convocara una multitudinaria manifestación de apoyo en la Plaza. El jugador, con su pierna escayolada, tuvo que salir a saludar a la ventana.

 

“Club Deportivo Llanes,

levanta bien la cabeza,

pues jugásteis el torneu

con valentía y nobleza.

El Club Deportivo Llanes

nunca pierde la moral,

aunque pierda y aunque gane,

la alegría es siempre igual,

¡Hala Llanes, hala Llanes!”.

 

Las letras siempre estaban empapadas de orgullo llanisquista:

“Esta tarde, si Dios quiere,

ganaremos al Cardín,

que tenemos un delanteru de aúpa,

que se llama Tomasín.

Y si vamos a Cangas,

la gente se amotina,

y sale a relucir

la famosa sardina.

No hay equipu en todo Oriente,

que al Llanes le meta el diente,

no hay equipu por aquí

como el Llanes “Triquitrí”.

 

“En tal sitiu nos llamaron sardineros y algo más,

pero estamos muy orgullosos de tener puertu de mar.

¡Así se bate el chocolate

en la “Auseva” cuando se hace!”.


Y no faltaron valientes y comprometidos estribillos en alusión a los “emboscaos” (lo que tenía sus perendengues en el contexto social y político de entonces), como aquél que decía:

“Si tenéis jugadores

es gracias a Bernabé,

que los trae por la noche

cuando nadie los ve”.


(De un extenso reportaje publicado en el semanario EL ORIENTE DE ASTURIAS, en cuatro entregas, los días 26 de mayo y 2, 9 y 16 de junio de 2000). 


miércoles, 23 de junio de 2021

GUIDO BRUNNER, HANS SPEIDEL Y ERWIN ROMMEL

 

El embajador Guido Brunner


OPINIÓN            

                                                   

Un alemán de Chamberí en Oviedo



HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

Los periodistas quizá no supimos sacar de él todo lo que llevaba dentro. En sus visitas a Oviedo, como miembro del jurado de los Premios Príncipe de Asturias, el embajador alemán Guido Brunner (1930-1997) era una voz cercana, amable, dispuesta a darnos su opinión sobre la construcción europea, la crisis de la economía mundial o el futuro del carbón, pero siempre se nos escapó la visión de la inmensa geografía de referencias históricas que llevaba detrás.

Tuve ocasión de entrevistarle una vez, en septiembre de 1987, por encargo del director de HOJA DEL LUNES de Oviedo, Juan de Lillo, dentro de la serie de entrevistas que hacía yo desde Madrid para la última página del semanario editado por la Asociación de la Prensa. El jefe de Comunicación de la embajada de Alemania, Andreas von Mettenheim, nos dejó a solas en un salón, y Brunner, que había sido ya dos veces jurado de los Premios Príncipe de Asturias (en 1985, del de Comunicación y Humanidades, y en 1986, del de la Concordia), fue respondiendo a mis preguntas sobre los desafíos de la región asturiana en la CEE y la dramática urgencia de renovar o reinventar el tejido industrial. “Se tienen cuadros formados, y esto es un potencial humano de enorme valía. Hacer posible la renovación resulta más fácil cuando se dispone de esos cuadros”, me dijo, quitando hierro al asunto.

Después de aquella entrevista, el embajador formaría parte del jurado de los Premios Príncipe de Asturias (en el apartado de Cooperación Internacional) en cuatro ediciones más.

Nacido en el barrio madrileño de Chamberí, de madre salmantina, aquel hombre sabía lo que es asumir altas responsabilidades: había sido jefe de la delegación alemana en la Conferencia sobre Seguridad y Cooperación de Helsinki (1973) y comisario de Energía, Ciencia e Investigación de la Comisión Europea (1977-1981). Embajador en España desde 1982, su trayectoria vital discurrió ante un telón de fondo de abrumadora intensidad, entre las heridas de la vieja Europa, todavía sin cicatrizar, y la resurrección de Alemania.

Guido Brunner, cuyo padre pertenecía al servicio diplomático de la República de Weimar, se crió en Madrid y Múnich. Después de la guerra hizo la carrera de Derecho en la villa del Manzanares y amplió estudios en Baviera. En 1958 se casó con Christa Speidel Stahl, hija de Hans Speidel (1897-1984), un soldado de largo recorrido (oficial de las tropas del Káiser en la Primera Guerra Mundial, alto cargo de la Wehrmacht en la contienda siguiente y renovador del ejército de la República Federal fundada en 1949), del que se traza un convincente retrato en la película “Rommel” (2012), de Nikolaus Stein von Kamienski. En junio de 1940, como jefe del Estado Mayor alemán en Francia, Speidel organizó la famosa y única visita que hizo Hitler a París en toda su vida. Más adelante, sería estrecho colaborador de Rommel y, ya ascendido a general, participará en el complot contra el führer, en julio de 1944. Fue detenido por la Gestapo y encarcelado, pero consiguió escapar de la prisión poco antes de la capitulación de Berlín. Luego, en la Guerra Fría, asesoraría al canciller Adenauer, contribuiría a la creación de la Bundeswehr (el ejército de la República Federal) y sería nombrado comandante supremo de las fuerzas terrestres de la OTAN en Europa Central.

Con todo ese relato a sus espaldas, Guido Brunner hizo una brillante carrera europeísta, empañada en su etapa final por el cobro de comisiones ilegales de la SEAT. Murió en Madrid, a los 67 años, abatido por un cáncer y, probablemente, también por la tristeza.


(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA el lunes 21 de junio de 2021). 




FRANCISCO TARIO: LA CONEXIÓN CON LLANES DE UN ESCRITOR

 

Tario (Francisco Peláez Vega). Archivo de Julio Farell.


OPINIÓN            

                                                   

Veraneos de una familia mexicana



HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

Al igual que su hermano Antonio (un pintor de fama internacional que fallecería en 1994), Francisco Peláez Vega (México, 1911-Madrid, 1977) estaba instalado en la élite cultural mexicana. Entre sus amigos y vecinos en la ciudad de México se contaban Octavio Paz y Elena Garro. Desde 1943, era un notable escritor de literatura fantástica, aunque un tanto inclasificable, que firmaba sus novelas como Francisco Tario, tras cambiar sus apellidos por un vocablo de origen purépecha. Su padre, José Peláez Sampedro, natural de la localidad llanisca de Vibaño, había emigrado poco antes de la revolución zapatista y fundado allí, en la calle Mesones del D. F., el negocio de abarrotes Casa Peláez, especializado en productos españoles.   

Siempre elegante en el vestir y buen deportista, Tario había sido guardameta de dos equipos mexicanos de fútbol (el “Club Asturias” y el “España”). En cada partido se ponía una gorra al estilo británico y un suéter distinto. Tocaba el piano con finura y le apasionaban el cine y los toros. Llegó a entablar una cordial relación, de mutua admiración, con Manolete, con el que jugaba al frontón cuando el diestro cordobés toreaba en México.

Con su esposa, Carmen Farell Cubillas (una mujer bellísima, fallecida en 1967), formaba una pareja muy distinguida, con un toque un poco a la ‘nouvelle vague’. Tenían dos hijos: Sergio y Julio Francisco, nacidos en 1943 y 1945, respectivamente, y en los años cincuenta residieron los cuatro en Acapulco, donde el escritor regentaba dos salas cinematográficas: “Río” y “Rojo”. Era la época de apogeo de las estrellas de Hollywood y de los boleros del trío “Los Panchos”, transcurrida mientras Francisco Tario tecleaba en su Remington cuentos de fantasmas y extravagancias narrativas basadas en lo insólito y en la vertiginosa dimensión de la nocturnidad. Uno de esos relatos, titulado “La noche de Margaret Rose”, fue considerado por Gabriel García Márquez como uno de los mejores del siglo XX.

La familia se dedicaría a viajar por toda Europa y acabaría estableciéndose en Madrid, en 1960: primero, en el Hotel Emperatriz, y luego en un piso en la calle Lagasca. Llevaban a flor de piel un cosmopolitismo culto y una discreta forma de ir por el mundo, pero los Peláez nunca dejaron de sentirse llaniscos. Llanes, donde poseían una casa, era su lugar favorito de veraneo. Se bañaban en el Sablón, hacían la compra en la tienda de comestibles “La Pilarica” y los vástagos del matrimonio actuaban en las veladas teatrales que organizaba el bando de San Roque en el Cinemar. El pequeño, que regresó a México, es un importante pintor. Su nombre artístico es Julio Farell, expone en sitios de prestigio, como el Polyforum Cultural Siqueiros, y en 1968 ya había ilustrado la portada de un libro de cuentos de su padre (“Una violeta de más”). Participó en la primera edición de la Feria Internacional de Arte Contemporáneo de Madrid, ARCO, en 1982, de la mano de la galería madrileña Novart. En España poseen obra suya el Museo de Arte Contemporáneo del Alto Aragón (Huesca), el Museo Casa Natal de Jovellanos de Gijón, el Museo Municipal San Telmo de San Sebastián y el Museo de Bellas Artes de Granada, entre otros centros artísticos. Su hermano, Sergio, falleció.

Pocos se acuerdan hoy en Llanes de aquella familia de artistas, pero la casa que les perteneció permanece en la villa, en el cruce de las calles Colegio de la Encarnación y José Enrique Rozas Guijarro, anclada con palmera indiana y vistosa galería al Este, como un testimonio nostálgico inmune al paso del tiempo.


(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA el sábado 22 de mayo de 2021). 


lunes, 14 de junio de 2021

HILARIO SÁNCHEZ GONZÁLEZ (EMETERIO), UN CÁNTABRO SINGULAR

 

Foto tomada de la página "Torrelavega se mueve".


OPINIÓN                                                               


"Cantabria es otra cosa"

Emeterio venía a afirmar en Llanes la veta cántabra 


HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

Hilario Sánchez González, «Emeterio», nacido en San Vicente del Monte, Valdáliga, no tenía pelos en la lengua y venía a afirmar, con su presencia esporádica, esa veta cántabra que está presente, desde hace siglos, en la cotidianidad llanisca. En Llanes hubo siempre, a lo largo de la historia, cántabros de valía que nos enriquecieron en todos los sentidos. 

Algunos de los que lean esto se acordarán de Cosme San Román, que fue el que puso los cimientos de la hostelería profesional en Llanes; era natural de Comillas y fundó a finales del siglo XIX el hotel Universo, junto al puente; luego se hizo con la concesión del restaurante de la estación, en 1905, y lo elevó a las máximas cotas de prestigio. Después continuaría esa labor Pepe Armas, también de Cantabria, que había llegado de la mano de Cosme San Román para trabajar de camarero; Armas se convertiría en el patrón de la cantina ferroviaria, así como del histórico Café Pinín, puesto en marcha por Alejandro Ruales sobre 1890. Otro cántabro de grata memoria fue Hermógenes González, jefe de fabricación de la Sadi, la fábrica de quesos y mantecas propiedad del holandés Melf Diddens. Hermógenes, que había trabajado en la Granja Poch de Torrelavega antes de venir a Llanes, recorrió al lado de Diddens un inigualable ciclo económico para la industria local, desde 1934 hasta 1963.

Podríamos traer a colación cientos de casos más, igualmente interesantes, pero ninguno tan curioso y rompedor como el de Emeterio, que fue el que desplegó ante nosotros el apologismo del cantabrismo más apabullante y persistente. Bien lo sabe Pepín, el de La Gloria, de cuyo bar era asiduo cliente Emeterio.

-Me voy pitando, Pepín, a coger el tren. Me vuelvo pa Torrelavega.

-Pero, hombre, Emeterio, hoy marcha usted muy luego, se me hace.

-Me marcho porque aquí no encuentro dónde comer. Estoy muerto de hambre.

Era Emeterio, ciertamente, un entretenido interlocutor en la barra de un bar y sabía comunicar con exuberancia la gran experiencia de la vida que poseía: «Como soy de pueblo, me crie, como dicen, a calderu y, cumplidos los 16 años, anduve por Liébana segando con sables (unas guadañas largas y estrechas). Fui relojero, trabajé en la Austin, en Los Corrales de Buelna, y he terminado haciendo cajas de muerto». Lo había mamado todo en la cadena de producción de la factoría de la Austin, «desde un pilo de arena hasta la terminación de un coche», y era un hombre práctico. Una vez un joven ingeniero, que acababa de incorporarse a la fábrica, se le acercó para consultarle una chuminada impropia de un titulado superior, lo que hizo saltar a Emeterio: «¡Y usted es ingeniero! ¿Cómo me hace a mí, que soy un obrero, esa pregunta? ¡Ya regalaría su padre, ya, buenos jamones pa que usted saliera ingeniero!»

Emeterio estaba en su salsa cuando relataba las gestas de los cántabros en la Reconquista y cuando evocaba el protagonismo de los cántabros en la epopeya americana y cuando daba nombres y apellidos hasta de los grumetes cántabros que enroló Cristóbal Colón en las tres carabelas. Y, si hacía falta, se remontaba a la paliza infligida a los moros en la gloriosa batalla de Covadonga, para pregonar al mundo que Pelayo debió ser hijo de la tierra que preside Revilla. «Cantabria es otra cosa, ¡dónde va a parar!», decía para rematar sus intervenciones, y aquí nadie se ofendía por ello. 


(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA el jueves 19 de marzo de 2009).


Estación de FEVE en Torrelavega. 


sábado, 17 de abril de 2021

EL PASEO DE SAN PEDRO Y LA INVASIÓN NAPOLEÓNICA

Canapé del Paseo de San Pedro. (Foto: H. del Río).
 

OPINIÓN                                                               


Intrusos en la cueva del Taleru


Hechos y personajes en la intrahistoria del Paseo de San Pedro de Llanes 


HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

Momentáneamente, el 24 de noviembre de 1808, apenas quedaban unas decenas de vecinos en la villa llanisca. Se mascaba un ambiente de guerra. Casi todos se habían ausentado a toda prisa, en cuanto se extendió el aviso de que un destacamento francés estaba a punto de llegar. En la puerta de la Galea (a la altura de la actual oficina de Correos) aguardaba a los invasores una representación del Ayuntamiento, encabezada por el juez Cristóbal Gutiérrez, que ofrecería a la oficialidad una comida en el Cercado. Lo que aconteció desde esa jornada hasta mediados de junio de 1812, lo recogió en un diario el presbítero y beneficiado de la parroquia de Santa María, Lorenzo Simón González, en los renglones de una literatura clandestina, íntima y concisa, de la que serían después universales paradigmas Anne Frank y Victor Klemperer

El cura no tenía mala pluma. Le gustaba escribir con precisión (uno de sus textos, desaparecido en la Guerra Civil de 1936, fue un apunte histórico sobre la iglesia parroquial de Llanes). Vivía en la calle Mercaderes y fue administrador de la ermita del Cristo del Camino durante más de cuarenta años.

En aquella fecha de noviembre, los franceses permanecieron en la villa sólo cuatro horas (marcharon a Colombres y regresaron a Llanes dos días después). Aunque Simón no dejó constancia de ello, cabe suponer, por pura lógica militar, que una de las primeras cosas que hicieron fue asomarse al alargado altozano de San Pedro, desde el que se divisa, en una doble vertiente, la villa amurallada y las montañas, en la cara meridional, y al norte la inmensidad del Cantábrico. Damos por hecho que husmearon por la cueva del Taleru y subieron a la atalaya desde la que los vigías del Gremio de Mareantes de San Nicolás llevaban siglos vigilando el paso de las ballenas y la recurrente amenaza de los navíos piratas. De algún modo, aquellos soldados, que tanto daño harían en toda España, entraron así a formar parte de la historia del  maravilloso enclave costero.

El Paseo de San Pedro aún no existía como tal, pero era ya un paraje bastante visitado. En el punto en el que culminaba un sendero que arrancaba del Sablón, se había instalado en 1720  un artístico banco de piedra, tipo canapé, en el que descansaban los paseantes mientras contemplaban el caserío y la torre de la iglesia parroquial (eso mismo haría Jovellanos cuando visitó Llanes en 1790). Por las tardes, solía formarse allí una animada tertulia alrededor de Lorenzo Simón, según cuenta Ángel Pola en “La pequeña historia”. Treinta y cuatro años después de la invasión napoleónica, fue un sobrino político del beneficiado, Francisco Posada Porrero, alcalde de Llanes de 1846 a 1848, quien promovería la ingente obra de allanar aquel espacio para convertirlo en el Paseo de San Pedro. Un monolito con lápida lo recuerda: 

Amor Patriae

Pulchérrima virtus.

Transmita el mármol a la generación venidera la gratitud

que merecen los beneméritos hijos de Llanes

que invitados por su ilustre Ayuntamiento y alcalde presidente D. Francisco Posada Porrero

han contribuido a la construcción de este paseo.

Año de 1847.

 Fue el mismo año del fallecimiento de Lorenzo Simón. 


(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA el miércoles 14 de abril de 2021).


Representación del beneficiado Lorenzo Simón en su despacho. (Ilustración del pintor Javier Ruisánchez para la exposición "Llanes y la invasión napoleónica", organizada por la Casa Municipal de Cultura de Llanes en octubre de 2008). 
Lápida conmemorativa de 1847.


LA MAGDALENA, LLANES. Canción: "Bonita Calle Mayor"