sábado, 9 de abril de 2016

IDENTIDAD LLANISCA Y GLOBALIZACIÓN

Mercado semanal de Llanes, Asturias (sobre 1989).

Artículo en LA NUEVA ESPAÑA


IIdentidad y globalización

HIGINIO DEL RÍO PÉREZ      


Paradójicamente, en plena globalización, las referencias culturales de carácter local están cobrando un valor creciente. La cultura propia es, en último término, lo verdaderamente tangible. Lo abarcable. La identidad. La memoria. Un anclaje en medio de la inmensidad.
A nadie se le debe escapar que los ayuntamientos, a través de las casas de Cultura, juegan en relación con esto un papel esencial. La prioridad de un centro cultural municipal (la obligación, diríase con más propiedad) no es competir con el Guggenheim sino defender, conservar, difundir y dar visibilidad a todo aquello que constituye las señas propias del municipio del que forman parte (historia, patrimonio, personajes, economía tradicional, folklore, conocimiento del territorio…).  
La muestra “Llanes y las ballenas”, que recibió la visita de 11.144 personas, es un ejemplo significativo de la aportación al panorama cultural asturiano que representan las exposiciones de producción propia. Las muestras de este tipo hechas en la villa de Ángel de la Moría se han venido sucediendo desde 1988: “Llanes, imágenes del siglo XX”, “Fósiles, aves y mamíferos del Concejo de Llanes”, “Llanes, una mirada a la mar”, “Centenario de la llegada del tren (1905-2005)”, “Llanes y la invasión napoleónica”, “El arquitecto Joaquín Ortiz y el Llanes de la Segunda República”, “El pintor Jesús Palacios de la Vega (1918-2011)” y “José de Posada Herrera, un político decimonónico”, entre otras muchas.
No obstante, esta línea estratégica de la programación en los territorios locales no es incompatible con las dinámicas para entender la compleja realidad cultural contemporánea o para acercarse a aspectos concretos de la aldea global. La mirada al mundo viene a complementar la atención prioritaria a lo próximo, a lo que más nos concierne, y a ese propósito ha venido respondiendo una larga serie de exposiciones que atrajeron, como las anteriores, a miles de visitantes: “América entre nosotros”, “Inquisición y Justicia seglar”, “Berlín, años 20”, los fotógrafos de la Agencia “Magnum”, “Realidades de la realidad” (en la que estuvieron representados Antonio López, Cristóbal Toral, Eduardo Naranjo, Amalia Avia, María Moreno, Julio López Hernández y otros grandes nombres de la pintura), el fotógrafo francés Félix Nadar (1820-1910), “Historia de los puertos españoles”, “La ciudad hispanoamericana: el sueño de un orden”… Exposiciones que llegaban al Principado por primera o única vez.
En otros apartados, como los cursos de verano, se mantiene igualmente esa doble visión. La colaboración con las Universidades de Alcalá y de Maryland permitió trasladar a Llanes un escenario de reflexión y debate, con la presencia de políticos de la Transición (los “padres” de la Constitución de 1978, incluidos), protagonistas de la recuperación de la memoria histórica, juristas y académicos, así como humoristas gráficos de los principales periódicos, con Antonio Fraguas, Forges, a la cabeza.

La clave está en la combinación entre lo cercano y lo lejano. Frente a eso, o contra eso, el papanatismo de los que desprecian las tradiciones, la vida y la historia locales y cacarean su obsesión cosmopolita como la mejor fórmula para diseñar actividades culturales, evidencia una prepotencia de risa y una paletada en toda regla. 

(Diario LA NUEVA ESPAÑA, Oviedo, 9 de abril de 2016)

CIUDAD, CULTURA Y "ZEPPELINES"

Museo Guggenheim de Bilbao.

Ciudad, cultura y “zeppelines”

HIGINIO DEL RÍO PÉREZ


La centralidad de la ciudad y el impacto económico de la cultura son nociones que no se apean de ningún curso de gestión cultural que se precie. Cualquier pollo que tenga algo que decir en esta materia está llamado a predicar, con machacona insistencia, la necesidad de pasar de la Europa de las naciones a la Europa de las ciudades, pues es en el ámbito local donde se tiene que resolver la mayoría de los problemas que se le plantean al hombre moderno. Eso se complementa con la tesis de que la cultura ha dejado de ser un florero. La ciudad, según esta lectura, se presenta como una unidad competitiva en el marco de la globalización mundial; y la cultura se erige en un elemento de producción de plusvalías económicas (en la UE aporta ya el 3 por ciento del PIB). La cultura genera riqueza; no es un gasto, sino una inversión.
Este mensaje ha sido recientemente en nuestro país el hilo conductor de tres cursos fundamentales: las “I Jornadas sobre espacios de creación contemporánea” (Avilés, marzo, 2004), “El sistema público de la cultura en España. 25 años de ayuntamientos democráticos” (Cáceres, octubre, 2004) y “Ciudades y Cultura: tendencias y retos del siglo XXI” (Santander, julio, 2006). Ahora, dando un paso más en esta reflexión, el Ayuntamiento de Avilés viene de convocar, los días 24 y 25 de noviembre, un foro dedicado a “La industria cultural. La cultura como factor de desarrollo económico local”.
En Avilés se pusieron sobre la mesa megaproyectos como el Guggenheim, el Museo de Arte Contemporáneo (MUSAC) de Castilla-León y la Ciudad de las Artes y las Ciencias (CAC) de Valencia, y se examinaron con lupa los pelos y señales de los procesos de gestación de cada uno de ellos, los plazos de ejecución de las obras, los modelos de gestión y los criterios de sostenibilidad económica que adoptaron, el presupuesto y el balance de su funcionamiento al día de hoy. El propósito era aprender de la experiencia de otros para afirmar y posicionar en la parrilla el ilusionante proyecto del Centro Cultural Internacional Oscar Niemeyer.
Hubo cuatro intervenciones especialmente destacadas. Juan Ignacio Vidarte, director del Museo Guggenheim de Bilbao (MGB), insistió en ver la cultura como un instrumento que permite a las ciudades regenerarse, revalorizarse y conseguir una presencia notoria en el mundo. Rafael Doctor, director del MUSAC de León, denunció el desencuentro flagrante entre arquitectos y gestores culturales, que hace muy difícil el acople del edificio a la función para la que estaba destinado (“se gasta más dinero en contenedores que en proyectos culturales”). Pau Rausell, de la Universidad de Valencia, habló de la ciudad como de un “agujero negro” (en el siglo XXI, las ciudades tendrán una capacidad de maniobra apabullante; los ingresos de Tokio, por ejemplo, son ya hoy superiores a los de Francia). Y Eduard Miralles, asesor de Relaciones Culturales de la Diputación de Barcelona -un teórico muy conocido, al que habíamos tenido en Llanes en octubre de 1990, en un seminario organizado por el Ministerio de Cultura-, dio buenos consejos: no es lo mismo, dijo, hablar del aporte de la cultura al desarrollo que hablar de desarrollo cultural de la gente; cuando se verifican grandes proyectos del “citymarketing” no se trata sólo de recibir visitantes, sino de plantear estrategias para mejorar la vida cultural de los ciudadanos que han hecho posible esos proyectos; y los “zeppelines” que les caen del cielo a las ciudades, advirtió, a menudo no integran las necesidades culturales del lugar.  

(Diario LA NUEVA ESPAÑA, Oviedo, 9 de diciembre de 2006).

miércoles, 30 de marzo de 2016

ERNST TUGENDHAT: LA FILOSOFÍA CAMBIA DE AIRES

Ernst Tugendhat, en 2015.
(Foto: Bernd Weissbrod, "BERLINER ZEITUNG")


La filosofía cambia de aires


HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

Aunque ya no quede vivo casi ninguno de ellos, deberían conservar todo su magnetismo aquellos sabios que, en circunstancias extremadamente adversas, supieron reinterpretar las miserias y las excelencias de Occidente. Me refiero a los pensadores judeo-alemanes que fueron perseguidos en los años 30 y 40 y tuvieron que salir de su patria. Como Ernst Bloch, que en su juventud perteneció al círculo de Max Weber y luego cifró la esperanza de un «marxismo cálido»; inmigrante en Nueva York en 1933, regresaría con su esposa Karola en 1945 a la República Democrática Alemana (y en 1961 se trasladaría a Tubinga, en la República Federal, asqueado por la construcción del Muro de Berlín); Bloch murió en 1977, y Karola, que sería una de las hadas madrinas del movimiento estudiantil del 68, en 1994. Como Werner Marx (1910-1994), sucesor de Heidegger y de Husserl en la cátedra de Filosofía de la Universidad de Friburgo desde 1964 (emigró a EE UU en 1933 y volvió a Heidelberg en 1958). Como Karl Löwith (autor del ameno libro de filosofía y de historia «Mi vida en Alemania antes y después de 1933»), estudioso de la fenomenología, que volvió de Estados Unidos en 1952 para hacerse cargo de la cátedra de Filosofía de Heidelberg. Como Günther Anders (Günther Stern, 1902-1992), también alumno de Husserl y de Heidegger en Friburgo y primer marido de Hannah Arendt; en América tuvo que ganarse el pan de muchas maneras, y una de ellas fue ocupándose de la guardarropía de unos estudios cinematográficos de Hollywood (retornó en 1950 y se instaló en la vida académica de Viena). Como Hans Mayer, catedrático emérito de la Universidad de Tubinga y vinculado en sus años mozos a Walter Benjamin; profesor en Leipzig y Hannover, germanista y crítico literario, se tuvo que exiliar en Suiza. Como Hannah Arendt, que no quiso volver de su exilio americano más que para pronunciar algunas conferencias y cuya relación sentimental con Heidegger, la lumbrera aria que se plegó a las pautas del nacionalsocialismo, aún sigue siendo objeto de ensayos. Como, por supuesto, las figuras más representativas de la Escuela de Fráncfort, Adorno, Horkheimer y Marcuse.
Y como Ernst Tugendhat (aunque éste sea un caso algo distinto, por la diferencia de edad), que huyó de crío con su familia en 1938, a raíz de producirse el pogromo de «la noche de los cristales rotos» (tenía entonces 8 años), y vivió en Suiza y Venezuela hasta su regreso a Alemania en 1949.

Más que filosofar sobre la filosofía, el empeño de todos ellos ha sido filosofar sobre el mundo, sobre las heridas del tiempo y de la Europa que les tocó sufrir, pero Tugendhat (que se hizo filósofo tras su retorno) acaba de formular un diagnóstico audaz que rompe un esquema vigente desde hace más de dos siglos. Ha dicho que la hegemonía alemana en la filosofía ha llegado a su final, que la bibliografía alemana ya no es tenida en cuenta por los anglosajones, que el liderazgo está en los USA -donde funcionan mejores universidades, con grupos de estudio más pequeños y más profesores y «una mayor disposición a la discusión»-, y que los filósofos jóvenes que quieran hacer carrera tendrán que viajar a Estados Unidos y escribir en inglés para lograr algún reconocimiento. «Los mejores comentarios sobre Kant», constata Tugendhat, «son de americanos, británicos, canadienses o australianos, pero no de alemanes»... Paradojas de la «era Bush».

(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA de Oviedo, 2 de abril 2005)

miércoles, 23 de marzo de 2016

LLANES: RODOLFO, UN PARROQUIANO MUY ESPECIAL

A RODOLFO SIEMPRE LO TENEMOS AHÍ
Esperando a la entrada de la cafetería Rocamar.
(Foto: Vicente Cotera)


UN PARROQUIANO ESPECIAL QUE FRECUENTA LA CAFETERÍA "ROCAMAR"

Este “leve ser”, como diría Miguel Hernández, encarna una rutina que se repite en Llanes cuatro o cinco veces al día desde hace dos años. De él habría escrito Juan Ramón Jiménez cosas muy guapas. El autor de “Platero y yo” podría habernos dicho que posee “la libre monotonía de lo nativo, de lo verdadero” y que vive sus días “sin fatales obligaciones”. Al fin y al cabo, Rodolfo, que así es como se le conoce aquí, viene a hacer lo mismo que hacen otros llaniscos: frecuenta el parque, en lo que fue la huerta del convento monjil de la Encarnación, en la proximidad de la estatua de Posada Herrera; disfruta de la rutina y de las horas muertas y resucitadas del ambiente, de las risas infantiles y del vaivén de los columpios, y cuando le apetece, en varios momentos de la mañana o de la tarde, entra en la cafetería Rocamar, situada en la avenida de México. 
El nombre de Rodolfo, no sabemos si por querer emparentarlo con el Valentino del cine mudo, se lo puso el difunto Vicente Martín, el hijo del Roxu, que compartía con él las magdalenas de su desayuno.
Gabriel Vela Gutiérrez, el dueño del bar, ya ve las visitas diarias de Rodolfo a la altura de las de sus más fieles clientes: Genín el Confitero, Chucho el de la Autoescuela, Félix el Peluquero, Ángel el del Montemar, Arturo el de Finisterre, Pancho Capín … La familia Vela Gutiérrez regenta el Rocamar desde 1982. Es un establecimiento que habían fundado a finales de los años 60 José Burgos y Carmina Tapia, y atesora ya mucha solera. Sus paredes, decoradas con espléndidas fotografías paisajísticas de Nico Sobrino, cobijan parte de nuestra historia personal. Allí, en diciembre de 1973, mientras jugábamos al tute, nos enteramos de la noticia del atentado mortal que sufrió el almirante Carrero Blanco: entró de pronto José Perela, propietario de un almacén de madera, y proclamó solemnemente: “¡Esta es muy gorda, señores! ¡La revolución!” 
Nuestro Rodolfo, al que ese dato histórico ya no le dice nada, viene a asomarse al cristal desde el alféizar exterior para ver si hay moros en la costa, y si está cerrada la puerta espera a que salga o entre alguien, pero no hace esa maniobra con cualquiera. Solo se acerca a los parroquianos que le inspiran confianza, que son los más. Una vez dentro, sus apariciones apenas duran diez minutos. Tiempo suficiente para explorar el entorno de las mesas y aprovechar discretamente el pincho que le ha dejado preparado Gabriel. Sin miedo, pero con prudencia, pasa entre los que juegan las partidas de subasta, y cuando decide salir, si la puerta permanece cerrada, aguarda a que venga o se vaya algún conocido, para ahuecar él el ala. (Espera a que se presente la aletía favorable, al igual que hacen los marineros de la cofradía de Santa Ana para regresar a puerto cuando hay nortada. 
Rodolfo es un “niño del aire” y se afana alegremente en existir en la luz, en llenar de píos y revuelos “el silencio torvo del mundo” y en sortear los peligros con el desparpajo que “su infancia perpetua le ha dado”. Es un simple gorrión. Un personaje real que se convierte cada día en poesía cotidiana y sencilla de Miguel Hernández.

Higinio del Río Pérez


(Publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA el 23 de marzo de 2016)


Visita al mediodía. (Foto: Higinio del Río).
Vicente Martín, en el Rocamar. (Foto: Higinio del Río).



viernes, 5 de febrero de 2016

LA HISTORIA DEL "CAFÉ PINÍN"

Las hermanas America y Sira Ruales Trespalacios





En la vida y en la muerte del “Pinín”

Cerrado el ciclo vital de un café histórico de Llanes


HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

De bebés, a Sira y América, “las Pininas”, las tendía su madre sobre la mesa de billar para que no dieran la lata, y cuando llegaba algún cliente a jugar, las cogía y las llevaba medio dormidas a otro sitio. Habían nacido en 1911 y 1912, respectivamente, hijas de Alejandro Ruales Vadillo y de Pura Trespalacios Martínez, y crecieron en el pálpito de una cafetería finisecular, con camareros de chaquetilla impoluta y tertulianos de lo humano y lo divino alrededor. La madre era de Alles,Peñamellera Alta, y el padre, que había llegado de joven a Llanes desde la Rioja, de Santo Domingo de la Calzada. Ruales, de familia de labradores, entró de camarero en el Hotel Paraíso, donde le pusieron el apodo de “Pinin”, y a principios del siglo XX se haría cargo del café. La única persona que le llamaba Alejandro, y no Pinin, era su esposa.

              El Café Pinin, que cerró sus puertas el pasado 9 de enero de 2016, estuvo bien posicionado en el tiempo y en el espacio. Su aparición tiene que ver con el proceso de expansión urbanística de la villa hacia el oeste, verificado a lo largo del último tercio del siglo XIX y en los albores del XX. Esa dinámica de crecimiento urbano se había iniciado durante la época de Posada Herrera al frente del Ministerio de la Gobernación, cuando se inauguró la nueva casa consistorial y cárcel hacia 1868. En aquel momento ya llevaba funcionando dieciocho años la Sociedad Casino de Llanes, promotora en 1880 de la construcción de un coliseo por aquella misma zona.
La tendencia expansiva hacia Poo, que sigue activa en nuestros días, parecía imparable. El antiguo convento de las monjas agustinas de la Encarnación (hoy hotel Don Paco), que era un edificio solitario y distante, se convertía en colegio en 1873, al tiempo que quedaba abierto el Paseo de la Encarnación, llamado de Posada Herrera a partir de 1893. La construcción de inmuebles como el palacete de Román Romano o la casa de Rafael Labra, ésta de 1890, proseguía junto a la carretera general Oviedo-Torrelavega, que en ese tramo habría de adoptar el nombre de calle de Nemesio Sobrino. Una de las construcciones emergentes sería el teatro de la Sociedad Casino, conocido como el teatro de la Pedraya, por ubicarse en la ería de ese nombre, e inaugurado en 1882.
El Pinín es una consecuencia de la edificación de aquel coliseo, en el que se proyectarían en julio de 1897 las filmaciones de los hermanos Lumière, con las que los llaniscos descubrieron el cinematógrafo. Eran los años de la guerra de Cuba, y la directiva del Casino, ya instalada la sociedad en el primer piso del edificio que albergaba el café, se había suscrito a la agencia informativa “Fabra” para recibir diariamente telegramas con los partes bélicos, que luego se leían al público desde el escenario en los intermedios.
Los domingos por la mañana se notaba enfrente, en la planta baja del Ayuntamiento, bastante animación. Era el día en el que los presos recibían la visita de sus familiares, que les llevaban comida y algunas monedas y charlaban con ellos a través de la verja que cerraba el patio interior. De ello eran testigos Sira y América.
En esa atmósfera es en la que había hecho acto de presencia Alejandro Ruales. El teatro formaba casi una unidad orgánica con el café. Tenía planta de herradura y en sus plateas algunos anocheceres quedaban rendidas a Morfeo Sira y América, que no querían nunca perderse nada. Las funciones eran los jueves y los domingos y el aforo siempre llegaba a cubrirse por completo. Eran películas mudas, por episodios, y el maestro Eloy Marín, profesor de música del colegio de la Encarnación y padrino de la hija mayor de Pinín, ponía al piano la ilustración musical más adecuada a cada escena.

SOCIALISTA Y AMIGO 
DEL ARQUITECTO JOAQUÍN ORTIZ

Asociado a un hombre apellidado Barrero, Ruales sería el último empresario de aquella fábrica de sueños. Cuando se inauguró en 1924 el Teatro Benavente, el de la Pedraya siguió funcionando, pero ya lánguidamente, durante un tiempo. Pinín y su socio intentaron adaptarse a los nuevos tiempos y comprar al indiano Manuel Romano unos terrenos próximos para ampliar el equipamiento, pero el dueño no quiso venderlos.
En esa década empezará una etapa crucial en la vida de Alejandro Ruales, cuando el destino le une a José Armas Caso, quien había llegado a Llanes desde Comillas en 1905 de la mano de Cosme San Román, el padre de la hostelería llanisca. Armas, casado con Isabel González, una excelente cocinera, se convertiría aquí en un reputado hostelero. Con San Román trabajó primero como camarero en el restaurante de la Estación. Luego sería él el concesionario de la prestigiosa cantina ferroviaria (que la había regentado en 1928 y 1929 Joaquín Fernández Vega, el abogado que habría de ser el primer alcalde de la Segunda República) y llevaría también, antes de incorporarse finalmente al Pinin, el bar que más tarde se llamó La Gloria.
Ruales se afilió en 1932 al PSOE (fue cofundador ese año de la Agrupación Socialista local), y vivía con su familia en un piso del Cotiellu, enfrente de la mansión solariega de Cayetano Rubín de Celis. Por su café pasaba todas las noches el arquitecto municipal Joaquín Ortiz, también de ideología socialista, con el que hizo gran amistad, hasta el punto de que en septiembre de 1935 Pinín sería uno de los poquísimos invitados a la boda de Ortiz con la celoriana Regina Tamés en la iglesia de Santo Tomás de Priandi, en Nava. También tuvieron mucha cercanía con el arquitecto las hijas de Pinín, que le prestaron una máquina de escribir “Underwood” casi sin estrenar para que él pudiera utilizarla en su habitación del Victoria, donde estaba hospedado.
Ortiz escuchaba jazz y piezas del género chico en una gramola de la marca “At Water Kent” que había comprado José Armas en 1930. La barra estaba al fondo, y en la parte central había un piano, en el que las Pininas, que habían recibido una buena formación en el colegio de las monjas de la Divina Pastora, tocaban fragmentos de Albéniz. Uno de los camareros, Marino Santamaría, formaría parte del batallón de Manuel Sánchez Noriega, el Coritu, en la Guerra Civil.
Era el Pinin uno de los centros nucleares de la vida social de entonces, al igual que los hoteles Victoria y Paraíso, y entre sus paredes transcurrieron momentos clave de los últimos cien años. A través de episodios cargados de elocuencia, se multiplicaban allí los reflejos de la dialéctica de las dos Españas, como aquella vez, recién comenzada la Revolución de Octubre de 1934, cuando el médico socialista José de la Vega Thaliny, que vivía en el segundo piso del inmueble del Pinín, entró gritando “¡Viva Cataluña libre!”, a lo que el arquitecto Luis Menéndez Pidal, sentado en una mesa junto a su esposa, replicó con toda su alma: “¡Viva Cataluña española!”

EL "PINÍN" Y LA GUERRA CIVIL

El telón de la tragedia se abrió el 18 de julio de 1936. A primera hora de la tarde, el chofer de Thaliny condujo su auto hasta Parres, donde se estaba celebrando la popular fiesta de Santa Marina, y dio aviso de la rebelión militar. Todo el mundo regresó a la villa, y en el Pinin se concentró de inmediato un gran gentío. Tanto en el interior del local como a ambos lados de la calle, al pie de los altavoces instalados en las dos terrazas del bar, la gente permanecía pendiente de la radio. No muy lejos de allí, desde una ventana de su piso del Cotiellu, las Pininas comentaban la gravedad de la situación con Tano Rubín: “No creo que ningún miliciano se meta conmigo, rapazas, pero si alguno se atreve, tengo esto aquí para defenderme”, les dijo a Sira y América el vecino, empuñando una escopeta de caza en el balcón de su casa.
Para entonces, Armas Caso ya llevaba a sus espaldas el peso del Pinin como encargado general, y en aquellos primeros instantes de la guerra acertó a esconder las mejores botellas de vinos y licores allí cerca, en una cueva del foso de la muralla medieval, aunque a partir de los siguientes días y durante todo el período “rojo” quedó prácticamente apartado de la gestión del café, al ser considerado un derechista.
Tras la entrada de los nacionales en septiembre de 1937 cambian las tornas y es a Ruales a quien le toca ahora desempeñar el papel de perdedor. Represaliado por su condición de socialista y estrecho colaborador del Frente Popular, ya no volverá a coger nunca más las riendas del café. Morirá en 1951, y en la España de Franco la lógica inapelable de la nueva era hará que el negocio sea rebautizado como Café Armas. 
Los llaniscos de mi generación conservamos de ese establecimiento vivencias infantiles que van unidas a las Semanas Santas de los años 60, cuando, después de ver en el Cinemar películas sobre la Biblia, entrábamos con nuestra madre y nos empapábamos de las procesiones que retransmitía en directo TVE, mientras los clientes tomaban “café nevado”, especialidad de la casa, en vasos de cristal. En otras ocasiones, acudíamos a presenciar el espectáculo de magia que presentaba algún artista solitario llegado ese mismo día en el tren. Fascinados, sin pestañear, asistíamos a los trucos con pañuelos, naipes y palomas que un hombre con levita hacía de pie sobre una maleta enorme de madera que le servía de tarima. En el exterior del local, mientras tanto, esa tarde y todas las tardes pasaban dos figuras por la otra acera de la calle, fieles a un ritual que se nos escapaba. Eran las hermanas Sira y América, que desde septiembre de 1937 evitaban obsesivamente pasar junto a las puertas del Pinín. Las Pininas habían decidido no volver a pisar nunca más aquel tramo de la acera de su mundo perdido, y se mantuvieron firmes en esa decisión hasta la muerte. 

(LA NUEVA ESPAÑA, 4 de febrero de 2016)







sábado, 16 de enero de 2016

MESTAS DE ARDISANA: SOBRE UN LIBRO EDITADO EN MÉXICO

Vista parcial de la localidad de Mestas de Ardisana.

"RESUCITANDO EL PASADO" 

(Añoranzas y recuerdos)


Llanes, Higinio del Río

Publicado en 2010, se trata de un libro de indagación familiar y refleja en sus páginas valiosa información sobre las circunstancias relacionadas con la emigración asturiana a México. Lo firma y edita Ramiro Beltrán Suárez.

Los Suárez (que es la raíz asturiana materna en la que centró su búsqueda Ramiro Beltrán Suárez) ya desaparecieron como apellido en Mestas de Ardisana. Sin embargo, es en esa pequeña localidad del Concejo llanisco donde tiene sus orígenes maternos el autor del libro, hijo de Agustín Beltrán Bastar y de Carmen Suárez Vera.
En 1982, Ramiro Beltrán viajó a Europa, y aprovechó su estancia para acercarse a Llanes. Fue a dar en Mestas con sus parientes las hermanas Otilia y Sofía Teresa Suárez, hijas de Josefa Suárez González y de Ramón Teresa Valle y sobrinas del abuelo materno del autor, Gerónimo Suárez González (1861-1931).
Entre los Suárez, el antepasado más remoto del que tiene noticia Beltrán es su bisabuelo, Antonio Suárez Ardines, nacido en Mestas y casado allí a mediados del siglo XIX con Rafaela González Gutiérrez. Este matrimonio, cuyos restos reposan en el cementerio de Ardisana, tuvo siete hijos: Lorenzo, Francisco, Juan, Gerónimo, Antonio, Josefa (madre de las citadas Otilia y Sofía) y Manuel. Todos, con la excepción de Josefa, emigraron a México. Su destino fue Tabasco.
Estamos ante un libro con alma. Sus páginas contienen el árbol genealógico de una familia llanisca, y el relato incluye un caudal de recuerdos y también apuntes etnográficos y toponímicos. Así, vincula el significado del vocablo Mestas con el nombre que se daba a los pasos para el ganado ovino que transitaba por las cañadas, y en los cuales la Corona tenía establecidos puntos para recaudar los impuestos relacionados con la ganadería y la industria de la lana.
De la saga familiar de la que habla el libro quedan en Llanes dos ramas. Una corresponde a los propietarios de la Cafetería Rocamar, en la avenida de México de la villa llanisca: Josefa Gutiérrez Teresa, viuda de Manuel Vela Gutiérrez e hija de Sofía Teresa Suárez, y su hijo, Gabriel Agustín Vela Gutiérrez, casado con Maria Nieves Olimpio Dos Santos.
La otra rama es la de los hermanos Adela y Alberto Celorio Soto. Ambos regentan conjuntamente una tienda de comestibles en la calle Mayor de Llanes (lo que había sido el popular establecimiento de Belarmino Álvarez López, Mino, y Beatriz García Fervienza). Son hijos de Agustín Celorio Teresa y de Laura Soto López y nietos de Otilia Teresa Suárez y de Agustín Celorio Vela. 

Portada del libro.

El autor, Ramiro Beltrán Suárez.
Dos páginas del libro.

Otilia Teresa Suárez, en su casa de Llanes, en 1992.
(Foto: Higinio del Río).

viernes, 1 de enero de 2016

EL PADRE ÁNGEL: UN EJEMPLO A SEGUIR POR LA IGLESIA


        OPINIÓN    
         
Abierta 24 horas


La Iglesia, que busca reubicarse en el mundo, tiene en el padre Ángel un ejemplo a seguir


HIGINIO DEL RÍO PÉREZ


A la salida de Madrid, en la carretera de Burgos, han colocado junto al arcén un panel con una pregunta escueta en letras muy grandes: “¿Qué estamos haciendo aquí?” No tenemos ni idea de lo que intenta anunciar esa inquietante valla publicitaria, que tiene intrigados y sobrecogidos a los automovilistas que huyen de la capital en estas Navidades, pero, probablemente, donde más impresión y desazón está causando es en los obispos al volante de la Conferencias Episcopal, que llevan tiempo dándole vueltas y vueltas a una interrogante parecida: “¿Qué pintamos nosotros en esta España descreída que quiere expulsar a Dios de la cotidianidad?”

Desde que inició su Pontificado en marzo de 2013, coincidiendo con la urgencia en la que anda metida de nuevo la Iglesia para redefinir su papel en el mundo, el Papa Francisco mantiene un discurso esperanzador de “aggiornamento” (puesta al día, como se decía en el clima conciliar generado alrededor de Juan XXIII). Los argumentos de Bergoglio se expresan con sencillez franciscana y, básicamente, apuntan a un cambio ineludible de rumbo que tiene que ver con el regreso a la humildad y a la coherencia en la fe de los primeros cristianos, de la que siguen participando los misioneros y las comunidades perseguidas en distintos lugares del planeta por su fidelidad a Cristo. En este sentido, el libro de José María Díez-Alegría “¡Yo creo en la esperanza…!”, que tanto revuelo originó en los años 70, conserva hoy más vigencia que nunca: “En la Iglesia Católica”, diagnosticaba entonces el jesuita oriundo de Buelna, “el problema de riqueza y poder constituye una especie de unidad estructural. Los hombres de Iglesia piensan (muchos de buena fe) que no pueden ejercer el oficio pastoral sin una plataforma humana de poder. Para mantener ésta, necesitan el dinero. Pero para tener éste, acaban por renunciar al Evangelio para los pobres, que era el de Jesús”.
A propósito de la Iglesia de la pobreza, que constituye una esencialidad de la religión cristiana, la labor del padre Ángel García Rodríguez (La Rebollada-Mieres, 1937) para con los más débiles está resultando muy clarificadora. La parroquia de San Antón, en la calle Hortaleza de Madrid, de la que es párroco el fundador de “Mensajeros de la Paz”, rompe moldes con sus puertas abiertas las 24 horas: “Un oasis de silencio y oración”, explican los dípticos que uno puede coger a la entrada. “Una iglesia abierta donde quepamos todos; una casa de acogida, una isla de misericordia, un pequeño hospital de campaña, una casa solidaria para compartir”. Un lugar donde se resuelven problemas. Se puede beber agua fresca; tomar un café; entrar con la mascota; cambiar los pañales de los críos; conectarse a wifi; recargar el móvil y acceder al aseo. Hay un cepillo siempre abierto, donde dejar lo que se pueda o coger lo que se necesite; confesionarios adaptados a personas con poca movilidad o con bajo nivel auditivo; y máquinas en las que dejar alimentos no perecederos.

Todo eso, a cualquier hora del día o de la noche, está al servicio de los descartados del sistema, de los que buscan y no encuentran, de los ateos y de los creyentes; de los que quieren tan solo silencio y oración; de los heridos por la vida; de los que están solos; de los que desean compartir tiempo, dinero y cariño; de los que buscan consuelo… Ahí tienen los prelados (aun los más aburguesados y desapegados del compromiso social) un ejemplo para intentar adaptarse a los tiempos modernos.

(LA NUEVA ESPAÑA, 31 de diciembre de 2015)

Enlace con el artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA




El actor norteamericano Richard Geere,
en la parroquia de San Antón.

miércoles, 30 de diciembre de 2015

JESÚS SANTOVEÑA PALACIO: ADIÓS A UN PINTOR ORIUNDO DE LLANES


Jesús Santoveña Palacio

Murió el lunes pasado, 28 de diciembre, a los 73 años. Siempre presumió de sus orígenes llaniscos. Expuso su obra en la Casa Municipal de Cultura de Llanes varias veces (la última, en 2013). Era un maestro de la pintura y un hombre muy querido en toda Asturias.
Su padre, Severo Santoveña Valdés había nacido en Vibañu (Concejo de Llanes). Su madre, Luzdivina Palacio Arbesú, era de la zona central del Principado. 
Detallista, minucioso, con una gran capacidad de observación, dibujante notable y fiel intérprete del paisaje asturiano, Jesús había sido profesor de Dibujo y Pintura en La Felguera y Gijón (Universidad Laboral).
A lo largo de su trayectoria artística hizo numerosas exposiciones, tanto colectivas como individuales, en España , Francia (París) y Bélgica.
Era, sobre todo, un pintor realista. Hacía retratos, reflejaba escenas costumbristas y rincones típicos y empleaba para ello el lápiz, el carboncillo, el pastel, la plumilla, el óleo y la acuarela.
Colaboró como ilustrador de libros y publicaciones varias. Su biografía está recogida en la GRAN ENCICLOPEDIA ASTURIANA.


jueves, 24 de diciembre de 2015

LLANES: POR LOS TUBOS DE LA MEMORIA



Marcos PALICIO (LNE)

La máquina del tiempo tiene una entrada por el siglo XIII, a los pies de la torre medieval que antes que oficina de turismo fue cárcel y atalaya defensiva en la Puebla de Aguilar, cuando todavía Llanes no era Llanes. La salida devuelve al siglo XXI unos pocos metros y cientos de años más allá, junto a la puerta de un hotel que en el XVII era convento de Agustinas. Nada fue lo que parece en este viaje a saltos a través del tiempo que en la superficie sólo cruza calles de la villa, pero que cubre en realidad un trayecto que va y vuelve de la Edad Media al tercer milenio. Se ve que Llanes no es sólo fonéticamente plural.
Lo saben de sobra Higinio del Río, periodista y director de la Casa de Cultura llanisca, y Guillermo Sordo, empresario y presidente durante tres décadas del bando festivo de San Roque. El paseo que ellos guían arranca en el corazón de la villa medieval…