lunes, 6 de abril de 2015

CARLOS PRIETO, UNO DE LOS GRANDES VIOLONCHELISTAS DEL SIGLO XX, EN LLANES

 


Historias de un violonchelista

HIGINIO DEL RÍO PÉREZ


Gracias a los oficios de Luis García San Miguel, catedrático emérito de la Universidad de Alcalá de Henares, el violonchelista y escritor mexicano (de padre ovetense) Carlos Prieto ha ofrecido un concierto en Llanes. El reconocido músico, del que un crítico afirmó en “The New York Times” que “no conoce limitación técnica alguna”, se presentó de un modo insólito: no habló de sí mismo ni de las obras que se disponía a interpretar, sino del instrumento que le acompañaba: un “Stradivarius”, del que no se separa desde que lo compró hace veinticuatro años. Los triunfos que cosecha junto a renombradas formaciones sinfónicas del mundo no distraen a Prieto del desafío personal de investigar y desvelar la historia de la joya que posee.

Fabricado en Cremona (Italia), en 1720, el cello había llegado a Cádiz en 1786. El Viernes Santo del año siguiente, en la iglesia gaditana de la Santa Cueva, formó parte de la orquesta que estrenó con carácter mundial la obra “Las siete palabras de Cristo”, de Haydn. Un británico lo adquirió en 1818, y décadas después llegó a Alemania, a manos del judío Francesco Mendelssohn, descendiente del compositor hamburgués Felix Mendelssohn-Bartholdy. Con los nacionalsocialistas en el poder, y pese a que Goebbels le concedió el título de “ario honorario”, Francesco decidió abandonar el Reich en 1935. Pero una circunstancia sentimental le retenía: el instrumento, considerado un bien nacional, no podía salir. Se traslada entonces a vivir a una pequeña localidad sureña de Baden-Württemberg, a siete kilómetros de Basilea, donde le vendrá dada la ocasión de participar en veladas musicales, invitado por una familia alemana refugiada en Suiza. Como no podía llevar el “Stradivarius”, planea una estrategia: compra el peor violonchelo que encuentra, y pasa el control de fronteras sin problema; los papeles están en regla, y lo que lleva a la espalda, dentro de una funda raída, parece valer menos que una llanta de la bicicleta que monta. Al cabo de treinta idas y venidas, comprueba con esperanza que su cello ha dejado de tener interés para los policías fronterizos nazis, y va y viene sin que le registren. Por ello, resuelve cruzar la próxima vez con el “Stradivarius”, y lo consigue.
Establecido en Nueva York, Mendelssohn tocaría en orquestas de prestigio. Remataba sus conciertos con buenas cogorzas, y en una de ésas, el cello por poco termina triturado en el camión de la basura, olvidado en la acera mientras su dueño intentaba atinar con la llave en la cerradura de su casa de la Calle 62. (Cuando lo adquirió en 1978, Prieto tuvo la feliz idea de ponerle nombre de mujer, “Chelo Prieto”, para ahorrarse en los vuelos los engorrosos trámites que acarrea reservar billete para un voluminoso instrumento de madera noble; curiosamente, la acumulación de kilometraje y la condición de viajero de la tercera edad -Miss “Chelo” va camino de los trescientos abriles- suponen hoy sustanciales descuentos en cada viaje...).
Después de su ameno relato, Prieto bordó en el presbiterio de la Basílica de Santa María de Llanes una suite de Bach compuesta en 1720 -el año del nacimiento del aventurero violonchelo-, ante un público poco habituado a este tipo de conciertos, pero embelesado ¡Tenían que haberlo visto los responsables de Cultura de las comunidades autónomas, frustrados “Merlines” en la búsqueda de la receta mágica para popularizar la música clásica! El virtuoso mexicano dió toda una lección de didáctica musical, como nunca se había visto por estos pagos. 

(Diario LA NUEVA ESPAÑA, 6 agosto 2002)





Basílica de Santa María de Llanes



  









miércoles, 25 de marzo de 2015

CRÓNICA VERDE (DEL DECAMERÓN LLANISCO)

Dibujo de Mihaly Zichy.


CRÓNICA MÁS BIEN VERDE

Por Higinio del Río

(LA NUEVA ESPAÑA, Sábado 31 de mayo de 2008)

El palique que se estaba tejiendo, a media voz, en un rincón de la barra del bar “La Gloria” era de alto voltaje. Tenía -parecióme- casi tanto picante como las calenturientas cabecitas de Almudena Grandes y de Pedro Almodóvar. Era como la punta del iceberg del “Decamerón” llanisco, que aún está sin escribir. “Esto suena a tradición oral de la buena”, supuse. No había ropa tendida (Pepín Sánchez Inclán, el ejemplar chigrero, estaba atrapado en la hora punta de las comidas), y agucé el oído para captar el runrún que llegaba desde el corner:
- “Muchu me gusta una rapaza de un club de alterne. Mulatina. Veintipocos años” -oí que confesaba un caballero, en tono confidencial-. “Pero yo creo que me está tomando por el pitu del serenu. Conmigo, se desahoga. El otru día empezó a contame penas y no paraba, la probe: que si su familia, allá en Brasil, está pasándolas de a kilo; que si viven en una chabola como chinches; que si cada hermana tien una recua de hijos de por Dios; que si los sobrinos se dedican a golfiar y a atracar a los turistas… Allí me tenías a mí en calzoncillos, como un pendejo, sentáu al borde del catre y mirando el reloj, temiendo que el encargau empezará a tocanos el timbre, por no decir otra cosa. Así que tuve que cortala en secu: ‘Todo eso está muy bien, pero vete quitándote las bragas, que se nos está pasando la media hora’, la diji”.
La demoledora confidencia no trascendió más allá de mi privilegiada posición en la barra. Sin solución de continuidad, en aquel corrillo empezó a aportar su testimonio un segundo interviniente. Era alguien que había vivido en tierras mexicanas unos cuantos años y que parecía pertrechado de una apañada experiencia en ultramar. “Ahora que saca esti eso os contaré yo que en México coincidí con un mozu de Los Callejos, altu y rocosu como el Palu Poo. Llevaba tres meses por allá, empleau en el negociu de un tíu suyu, trabajando muy duru, y al patrón le pareció llegáu el momentu de que el gachupín soltara lastre y espabilara un pocu”. El tertuliano en el uso de la palabra refirió, con la precisión descriptiva de una página de “Cien años de soledad”, cómo el joven de Los Callejos fue llevado de fiesta a una acreditada casa de lenocinio. “ ‘Escoge la que quieras’, le dijo el tíu, y él se relamió viendo aquel panorama de lencería. Eligió a una indina que parecía como de porcelana y ambos entraron en una recámara. El chingao” -continuaba el narrador- “empezó a cabalgar encima de ella, que apenas podía asomar el jocicu debaju de aquella mole. El mozu sudaba como un topineru y la arengaba: ‘¡Muévete, rechula mía!’ Y el traca-traca del somier se extendía por toda la casa. ‘¡Muévete, coño!’”, insistía el galán, cada vez más sofocau. ‘¡Que te muevas, puñetas, que pareces mensa!’ Hasta que la moza le respondió en un resuellu: ‘¡Si qui-e-res que me mue-va, bá-ja-te, ca-brón!’
- “¿Y qué me decís de aquel famosu cobrador de Mento? ¿Os acordáis de él?” -saltó otro a meter baza- “Era terrible. Buena gente. Ruinucu, pero gallu. Muy gallu. Una vez, en Carreña, quedó en vese con una chavala que estaba sirviendo allí. La línea no salía hasta después de comer y al paisanu le dio tiempu a echar una firma. Cuando se bajó los calzones y dejó al descubiertu la artillería, la muchacha se asustó: ‘¡Mecá! ¡No me diga que me va usté a meter todo eso…!’ Pero él acertó a tranquilizala con el temple de Humphrey Bogart: ‘¡Qué va, hija mía! Lo que entra es na más que la puntina; el restu es sólu pa empujar’ ”.
El relato continuó un cuarto de hora, mientras Pepín seguía enfrascado en lo suyo y yo anotaba estas inocuas revelaciones en una servilleta de papel, antes de que se me olvidaran.

"PINGÜINOS EN LA BORBOLLA"

Fachada del Bar La Gloria. (Foto: H. del Río).

Pingüinos en La Borbolla


HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

(LA NUEVA ESPAÑA, 12 enero 2008)

Hay cosas que sólo pasan en los chigres clásicos, que aún son capaces de provocar coincidencias cósmicas, al modo de las conjunciones entre los planetas. Los pocos bares con alma que nos quedan tienen mucho de espacio escénico, de género chico, de corral de comedias, donde se juntan los últimos de Filipinas y el hambre con las ganas de comer.
En los chigres se improvisan espectáculos espontáneamente (y torrencialmente), como si obedecieran a un guión concebido al unísono por Pachín de Melás, Billy Wilder y Eugenio Ionesco. Que se lo digan, si no, al forastero que aterrizó el otro día en el bar “La Gloria”. Era 28 de diciembre, festividad de los Santos Inocentes. Empezaba a anochecer en Llanes cuando aquel hombre -un turista de segunda residencia, quizá, propietario reciente de un pisito en el barrio de San José- toma posiciones en la barra. Se ve a la legua que es una persona civilizada (tal vez, un profesor de IES acariciando la hora de la jubilación). Se atrinchera en el córner con la determinación de Livingstone descubriendo el lago Ngami, y pide a Pepín Sánchez Inclán una cerveza. Y se levanta el telón: irrumpe en escena Manolo Melijosa, “El Parru”, con una entrada algo alborotada, muy de las suyas. Como buen marinero que es, “El Parru” suelta una predicción meteorológica: “¡Puñeteru fríu! ¡Esta noche hay pingüinos en La Borbolla!”
Entra Cosmín Menéndez en su silla de ruedas, y todos nos disputamos el honor de franquearle la entrada. Le sigue Guillermo, el de “La Sirena”, que arranca con una canción de “Los Panchines”, la inolvidable orquestina local de los años cincuenta y sesenta, en la que Cosmín -un gigante de medio metro de altura- tocaba la batería: “¡Si te dan chocolate, / oui, oui, oui, / tómalo todo, dengue, dengue, dengue…!” Nos ponemos todos a cantar, dirigidos por Guillermo.
Se declara una tregua. Un entreacto. Pepín descuelga el teléfono y habla con su hijo mayor, que está estudiando Derecho en Madrid. “Y dime: ¿cómo van las relaciones diplomáticas España-Israel?”. El vástago del chigreru está ultimando un trabajo de fin de carrera sobre política internacional, y el turista escucha algo que era lo último que esperaba escuchar allí. Empieza a mosquearse y a pensar en la CIA, en el Mossad y en la reabierta crisis de Oriente Medio. Aprovechando que alguien deja la puerta abierta, es el momento elegido por Cosmín para hacer mutis por el foro a toda pastilla, como si le persiguiera un comando talibán. El turista da un bote sobresaltado, pero no pasa nada. No cunde el pánico. Simplemente pasa que a Cosmín le ha entrado la urgencia de cambiar el agua al canario. Tarda más de la cuenta en regresar a su puesto, y cuando reaparece se le amonesta paternalmente: “¡Teníamos miedu de que te hubieran secuestrau! ¡Muchu tardasti, jodido!” Y Cosmín responde con buenos reflejos de hombre de mundo: “No es lo que tardo en mear, amigu…, ¡es lo que tardo en encontrala!”

Alguien entona otra canción clásica de “Los Panchines”, “El baile del Musulmé”, y con ello moviliza de nuevo al coro. Pausa. “¡Pepín, pon una ronda, salao!”, pide un paisano que empieza a relatar un suceso extraordinario: “Estaba yo haciendo footing anoche, por fuera del Polideportivo, cuando miro p’atrás y veo un raposu, que me seguía igual que un perru falderu. Corrí con el zorrín en los talones, como si nada, hasta que acabé las vueltas, y allí quedó el animalín, tan perenne”. El forastero -que ha presenciado un espectáculo lineal, sin fisuras, como los de Broadway- se despide y se esfuma, mientras en el bar continúa la función. “¡Mucha burrología…!”, empieza diciendo “El Parru” en el inicio del segundo acto.

domingo, 15 de marzo de 2015

JUDÍOS EN ALEMANIA: EL CASO DE HELMUT SCHMIDT


Helmut Schmidt (Hamburgo, 1918) fue canciller de la República Federal de Alemania desde 1974 hasta 1982. Le antecedió en el cargo Willy Brandt, correligionario suyo en el Partido Socialdemócrata Alemán (SPD), y le sucedió Helmut Kohl, de la Democracia Cristiana (CDU).
Hijo de un profesor de magisterio, Helmut Schmidt había ingresado en las Juventudes Hitlerianas a los 16 años de edad. En la Segunda Guerra Mundial tuvo varios destinos como soldado del ejército alemán (en el frente oriental, entre otros) y alcanzó el grado de teniente. Fue condecorado con la Cruz de Hierro de segunda clase.
Tras finalizar la contienda, estudió en su ciudad natal la carrera de Ciencias Económicas y Políticas. En 1946 ingresó en el Partido Socialdemócrata y fue presidente de la Liga de Estudiantes Socialistas. Su primer cargo político fue en el Ayuntamiento de Hamburgo, entre 1949 y 1953, ocupándose de asuntos de economía y transporte.
En 1953 resultó elegido diputado al Bundestag, parlamento federal alemán.
En 1967, y hasta 1969, desempeñó la presidencia del grupo parlamentario de su partido.
Desde 1968 ocupó la vicepresidencia del Partido Socialdemócrata.
Con el nombramiento de Willy Brandt como canciller, en 1969 Schmidt pasó a ser ministro de Defensa.
En 1972 fue nombrado ministro de Economía, y dos años más tarde fue elegido canciller de la República Federal Alemana dentro de una coalición formada por los socialdemócratas y el Partido Liberal (FDP) encabezado por Walter Scheel.
Se retiró de la política en 1986. A partir de ese año se dedicó al periodismo (coeditor del semanario Die Zeit, conferenciante, tertuliano en programas de televisión...).
Hasta 1988 no reveló ser de origen judío. Ese año, en un programa de la televisión francesa presentado por el ex presidente de Francia Valéry Giscard d' Estaing, dijo: "Mi abuelo era judío y mi padre, según las leyes raciales nazis de Núremberg, era semijudío. Mi padre no quería que se supiese, pero como ya ha fallecido, no tengo motivo alguno para seguir guardando el secreto".

Higinio del Río

Helmut Schmidt, el canciller de la República Federal de Alemania que se enfrentó a la crisis del petróleo de los años setenta y a los episodios más duros del terrorismo de ultraizquierda de la RAF, murió el martes 10 de noviembre de 2015 a los 96 años en su casa de Hamburgo. Schmidt dejó su impronta en la política europea con la introducción del germen del euro y destaca, junto con Willy Brandt, como la gran figura de la socialdemocracia y la política alemana de los años setenta. Su influencia como referente moral del país ha continuado desde entonces. “Un gran canciller necesita un gran tema. En el caso de Konrad Adenauer fue la ligazón a Occidente tras la catástrofe del nazismo; para Willy Brandt fue su Ostpolitik (apertura al este); y para Kohl, la reunificación. Pese a su gran importancia, la figura de Schmidt ha sufrido por carecer de ese logro sobresaliente”, sostiene su biógrafo Hans Joachim Noack.
Tras ocupar las carteras de Defensa, Economía y Finanzas, dirigió el Gobierno de 1974 a 1982. Su mandato no acabó con una derrota en las urnas, sino víctima de un cambio de coalición. Los liberales del FDP, hasta entonces sus socios de Gobierno, retiraron su apoyo al socialdemócrata para aupar al poder al democristiano Helmut Kohl, que lideraría el país los siguientes 16 años. Tras lo que él consideró una traición y afectado por las divisiones en su partido, renunció a encabezar una nueva candidatura en las siguientes elecciones.
Pragmático y representante de la real politik, anglófilo y al mismo tiempo gran defensor de la amistad germano-rusa, agudo polemista y uno de los políticos más queridos por los alemanes hasta su muerte pese a resultar en ocasiones arrogante, Schmidt llegó al poder con el doble reto de reemplazar al visionario Brandt, recién dimitido por un escándalo de espionaje, y de enfrentarse a una recesión internacional de la que Alemania, con una política keynesiana de aumento del gasto, salió mejor parada que muchos de sus socios occidentales.
Schmidt fue un decidido europeísta, que impulsó el Sistema Monetario Europeo, germen del euro
El hombre que llegó a ser teniente en el Ejército nazi durante la II Guerra Mundial se enfrentó con sangre fría a los terroristas de la Fracción del Ejército Rojo (RAF), también conocida por los nombres de sus fundadores, Baader-Meinhof. Uno de los momentos más tensos de su mandato llegó con el denominado “otoño alemán”, los días de 1977 en los que la banda secuestró y asesinó, entre otros, al banquero Jürgen Ponto y al presidente de la patronal, Hans Martin Schleyer.
El canciller no cedió a las pretensiones del grupo, que exigía la liberación de sus compañeros encarcelados y cuyo fin último era la implantación del comunismo en la Europa más industrializada. “Desde que fue secuestrado, ya contábamos con la muerte de Schleyer”, diría más tarde. “Cuando echo la vista atrás, creo que hicimos lo correcto. Pero también sé que fui corresponsable de las muertes; y que tendré que llevar esa carga”, escribió en 2008 en su libro En excedencia.
Pero quizás la decisión más importante de su mandato llegó con el llamado doble acuerdo de la OTAN. En contra de los movimientos pacifistas y de gran parte de su partido, Schmidt impulsó el estacionamiento de misiles de alcance medio si fracasaban las negociaciones de desarme entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Pasó así de ser considerado el “canciller de la paz” al “canciller de los misiles”; y sintió cada vez más la falta de apoyos entre sus compañeros del SPD, partido que nunca lideró. “Fue una decisión muy dura. Pero el tiempo ha mostrado que así aceleró la desintegración de la URSS”, asegura Noack.
Pese a su afiliación socialdemócrata, Schmidt congenió mejor con líderes conservadores como el francés Valéry Giscard d’Estaing o el estadounidense Gerald Ford, que con los teóricamente más cercanos François Mitterrand o Jimmy Carter. Con su gran amigo Giscard d’Estaing —fue al primero fuera del círculo familiar al que el alemán le habló de sus raíces judías, ocultas hasta 1988— ideó la institucionalización de las cumbres europeas y creó el Sistema Monetario Europeo. 
Casado durante casi 70 años con Hannelore Glaser, Loki, fallecida en 2010.
(EL PAÍS, 11 de noviembre de 2015)

miércoles, 4 de febrero de 2015

JUAN SIEGENTHALER, EL POLICÍA SUIZO QUE AYUDABA A LOS EMIGRANTES LLANISCOS



OPINIÓN

JUAN SIEGENTHALER, UN AMIGO DE ASTURIAS


El policía al que los asturianos emigrados a Suiza consideraban como su ángel de la guarda



HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

Los senegaleses del top manta no están teniendo en la España del Gran Hermano la misma buena suerte que tuvieron los asturianos emigrados a Suiza entre los años 60 y 90 del siglo XX. Por aquel entonces había en Berna un funcionario de policía que estaba dispuesto siempre a resolver papeletas y echar cables al prójimo. Se llamaba Johannes Siegenthaler, pero nuestros paisanos le llamaban Juan, a secas (y “Juanito” le llamaba su padre, que había venido a trabajar a Cantabria, donde Siegenthaler pasaría buena parte de su infancia). 


Tenía su despacho en la Predigergasse 5, sede de la jefatura de la Fremdenpolizei (policía de Inmigración o de Extranjería), y hasta allí acudían los españoles a renovar el permiso de trabajo y a cumplir los trámites burocráticos. Siempre eran bien recibidos. Siegenthaler se mostraba eficiente y servicial con todos. Los aconsejaba, los orientaba, los informaba, hacía de traductor, les ayudaba a rellenar los formularios e, incluso, llegada la ocasión, echaba oportunos capotes para evitar males mayores (como aquella vez que medió para evitar que un joven de Cue, un tanto dado a borracheras y pendencias, fuera facturado para España sin remisión por las autoridades helvéticas). Era el único agente de su departamento que hablaba castellano y no tardaría en ascender a la jefatura de la Fremdenpolizei.

Conocí a Juan a finales del verano de 1998. Me lo presentó Luis Díaz Gutiérrez -el inolvidable empresario hostelero de Riocaliente, fallecido en 2007- en una cena en el hotel Miraolas. Gracias a Luis ya tenía yo alguna referencia puntual de aquel ángel de la guarda de casi dos metros de altura. Juan pasaba todos los años sus vacaciones en el Miraolas, y en ocasiones le acompañaban compañeros de la policía de Berna, atraídos por la propaganda turística que hacía él. 

En aquella sobremesa con Luis Díaz mencioné a Juan mis investigaciones acerca de Melf Diddens, un holandés que había puesto en marcha la fábrica de quesos y mantecas Sadi, la industria más relevante que tuvo Llanes. Le dije que Diddens había abandonado el concejo llanisco prácticamente arruinado, en 1963, y que se había establecido con su esposa, Martha Tschannen, en el cantón de Berna. “No sé qué habrá sido de ellos, y todavía ignoro el sitio y la fecha exacta de su nacimiento”, añadí. Siegenthaler prestó mucha atención a lo que yo le comentaba, y escribió unas notas. Tres meses después, el día de mi santo, precisamente, vino a verme un matrimonio de Balmori que había pasado media vida en Suiza: Nardo Sánchez y Amelia Pérez. Traían un sobre remitido por Juan Siegenthaler. Lo abrí como si se tratara de un regalo inesperado y hallé las fotocopias de las fichas de ciudadanía de la familia Diddens, con nombres y filiaciones, fechas y lugares de nacimiento y fallecimiento, domicilios y trabajos. Ni más ni menos, lo que yo necesitaba para redondear la biografía del fundador de la Sadi. 

No volví a ver más a Juan Siegenthaler, pero esta semana nos hemos enterado de su repentina muerte, en pleno disfrute de su retiro en su casa con jardín, a las afueras de Berna: simplemente, aquel hombre, que parecía un castillo, sucumbió a los efectos de la picadura de una minúscula garrapata. Como en un cuento cruel e ilógico de Lovecraft. Y se fue sin que todavía nadie hubiera reconocido públicamente aquí sus méritos. 

(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA el sábado 27 de marzo de 2010). 
















NOTA:

Este artículo sería descaradamente plagiado, en su mayor parte y sin citar en ningún momento a su autor, por un tal Ignacio Pulido en una crónica publicada en LA NUEVA ESPAÑA el 29 de abril de 2010, titulada "Johannes Siegenthaler, el ángel de Berna". 









jueves, 15 de enero de 2015

martes, 30 de diciembre de 2014

CULTURA COMO RECURSO GLOBAL

Cartel del I FORO DE LA CULTURA,
Burgos, noviembre 2014

Artículo en LA NUEVA ESPAÑA


Cultura como recurso global

HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

Cuanta más oscuridad hay, más se habla de cultura. Reflexionar sobre la cultura como idea-fuerza, como valor simbólico (quizá también como panacea), está más en boga que nunca. Impregna los discursos y es el nunca acabar en un contexto de crisis en el que se buscan salidas a la desesperada. La cita más reciente ha sido el Foro de la Cultura organizado en Burgos.
Bajo el enunciado “Innovación para un cambio social”, 70 expertos intentaron allí iluminar un horizonte sobrecogedor por su magnitud: hablaron de la cultura como instrumento de cohesión social y como influencia en el desarrollo de un territorio; de la cultura y la educación como factores de integración de los desfavorecidos; del sentido artístico y su relación con el concepto de función y con la industria; de ecología y de la sintonía entre cultura, arte y sostenibilidad; de la banalización de la cultura, rebajada a producto de consumo y mero espectáculo; del tratamiento que se da al hecho cultural en los medios; de la dramática carencia de enseñanzas artísticas en el sistema educativo; del arrinconamiento consciente (y probablemente malintencionado) de las Humanidades; de la necesidad de programas basados en valores éticos para la formación de una ciudadanía activa y solidaria; de la virtud de las palabras para contribuir a transformar el mundo; de las prisas y la voracidad del cibernauta, incapaz de digerir y recordar aquello a lo que se asoma a diario en la infinitud del mundo digital…
Entre los ponentes estaban el arquitecto Rafael Moneo; el pintor Antonio López; Miguel Zugaza, director general del Museo del Prado; José Guirao, responsable de la Fundación Caja Madrid y ex director del Museo Centro de Arte Reina Sofía; Eudald Carbonell, uno de los investigadores del yacimiento de Atapuerca; el escritor Bernardo Atxaga; el ex ministro de Educación Ángel Gabilondo; el antropólogo francés Marc Augé; el sociólogo Mariano Fernández Enguita; el periodista Borja Hermoso (jefe de la sección de Cultura de EL PAÍS); Helena Pimenta, directora de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, y el jurista Antonio Garrigues Walker (quien, sintomáticamente, comentó que cada vez recibe más invitaciones a participar en encuentros similares al de Burgos). 
Se empezó buscando nuevas definiciones del término cultura. Guirao propuso una que tiene que ver con la idea de pertenencia, de identificación con un lugar. La cultura, indicó, se genera con un esquema simple: un individuo que tiene algo que decir y otro que está dispuesto a escuchar. Gabilondo la definió como cuidado de uno mismo y cultivo de sí y de los otros; como conocimiento, en suma, para crecer. En este sentido tiene que ser un instrumento de transformación individual y social. Se podría interpretar como insurrección e impugnación de los valores establecidos. Sin embargo, hoy acumulamos conocimiento e información sin saber luego qué hacer con ello. La universalización de la cultura no está significando su democratización, ni mucho menos. Miguel Zugaza, que lamentó que la cultura cubre a veces, “de un modo bastardo”, el ámbito del entretenimiento, atribuye a los museos un papel en esa democratización y los ve como colaboradores en la educación de la sociedad.
Lo que más llamó la atención del encuentro de Burgos fue la llamada de auxilio que se lanzó al arte. Un llamada vigorosa y conmovedora, en un momento en que se percibe el desastre hacia el que camina el mundo. Se habló del arte como asidero, como representación simbólica, y se le quiso poner en relación con el entorno natural, sin el cual la cultura es imposible (“la naturaleza ya no es un trasfondo, está en el centro de la escena”, dijo el profesor de la Facultad de Bellas Artes de Madrid José María Parreño).
Del arte y de la cultura se espera una actitud de respuesta (un arte que recupere su noción del tiempo y esté atento a las necesidades de la gente), una capacidad prospectiva e intuitiva como forma de objetivar la realidad (Parreño) y también una capacidad mediadora para provocar sentimientos, para aprender y comprender (Miriam García García arquitecta).
Se puede considerar el arte incluso como contrapeso de la economía egoísta que domina el mundo. Hay que buscar que la visión de los artistas entre en el mundo de la empresa (Parreño). El capitalismo puede ser corregido por el arte, y vemos que la Bauhaus es adoptada por Ikea. (Fernando -García-Dory, artista y agroecólogo).
Hay quien espera, como José Albelda, ex dirigente de Greenpeace, que el cambio sea revolucionario sin medias tintas, dado el poco tiempo de que disponemos. El arte y la cultura tienen una función empática y unificadora. Urge encontrar una estética que aglutine, algo general con lo que identificarse. “El arte, que nace en las márgenes del sistema, debe ser contracultural y recoger una función profética. Ha de ser capaz de generar una conciencia de cambio y concretar las necesidades sociales. Necesitamos nuevos relatos, nuevas referencias que enganchen” (Albelda).
“El arte no escapa del modo de empujar las cosas hacia adelante”, reconocería Moneo en un coloquio sobre “El arte trascendido”, en el que también tomó parte Antonio López. El pintor de Tomelloso, para el que decir arte y trascendencia es una redundancia (él prefiere hablar de arte “necesario”, en vez de “trascendente” o “trascendido”, términos que le parecen arrogantes) dejó patente su distanciamiento de los artistas que hacen hoy un arte pesimista y dramático, como el de Bacon: “La desolación goza de prestigio, el artista desolado vende, está de moda, pero yo creo que no tiene que ser todo tan deleznable”. 

(Diario LA NUEVA ESPAÑA, Oviedo, 29 de diciembre de 2014)., 

Miguel Zugaza.
José Guirao.
Antonio Garrigues Walker.
Ángel Gabilondo.
Antonio López.
Rafael Moneo.
Rafael Moneo e Higinio del Río.

sábado, 27 de diciembre de 2014

ARKADI FUTER: MÚSICO RUSO EN ASTURIAS

Fotografía: Diario EL COMERCIO.

Concertino de la Gran Orquesta Sinfónica de la Radio y Televisión de la URSS y de la Orquesta Filarmónica de Moscú, en 1979 había entrado a formar parte del grupo «Los Virtuosos de Moscú», fundado entonces por el también violinista Vladimir Spivakov. Esta prestigiosa formación de cámara se estableció en el Principado de Asturias en 1990 y sus sones y su magisterio, como un imprevisto regalo del Este, llegarían a localidades poco familiarizadas con la música clásica. Su violín contribuyó, sencillamente, a universalizar la alta cultura. En 1998 fue nombrado con todos los honores artista emérito de la República de Rusia. 
Arkadi Futer había nacido en Moscú en 1932. Murió en Gijón en 2011.



De izquierda a derecha, Amaiak Durgarian, Higinio del Río
y Arkadi Futer. (3 de septiembre de 1993).