lunes, 13 de abril de 2020

MUJERES DEL LLANES MARINERO


Foto de Ramón Rozas. (Años 40).

Perfiles en el Riveru

Mujeres representativas del Llanes cincelado frente a la mar: la Nena, la Chavalina, Nieves (la de Fabián), Marta (la de Picadina), la Chiqui, las damas de "La Moncloa"... Cada una de ellas ocupa un lugar destacado en la memoria del Llanes marinero, y sus nombres están unidos a la actividad relacionada con la pesca y con la Cofradía de Pescadores "Santa Ana". Ellas y sus familias tejieron experiencias comunes que las hermanan. Y que nos hermanan a los llaniscos. 



TERESA BATALLA DÍAZ (LA NENA)

La Nena pertenece al ambiente del Barriu, un universo llanisco del que era parte también la familia del matrimonio formado por Pedro Pérez Villa (Pedro el Sordu), uno de los personajes populares esenciales del Llanes del siglo XX, y Aurora Bernot García.
La Nena nació en 1929, hija de Ramón Batalla Bustillo (“Camará”), de Llanes, y de Esperanza Díaz Haces, de Onís. Camará y Esperanza tuvieron 22 jiyos. Él era marinero y de joven había estado una temporada en México, donde se le pegó el acento. “Ahorita mismo, mis camaradas”, decía, y por eso le pusieron lo de Camará.
Esperanza vino al concejo llanisco (a Balmori, concretamente) a los 17 años.
La Nena está en nuestro recuerdo siempre vendiendo pescado por las calles, que era lo que más le gustaba. Empezó esta labor con su madre a los 12 años, nada más salir de la escuela de doña Florinda, y lo andaba todo: Poo, Cue, Andrín, San Roque del Acebal, Balmori, Posada, Vibaño, Los Callejos y muchos más sitios. Una vez llegó hasta Onís. Ese día iba con ella de compañera la madre de las Serronas. Un camión de la SADI las llevó hasta Meré, y de Meré hasta Onís fueron ellas andando con su carga de pescado fresco. El regreso lo tuvieron que hacer a pie, y llegaron a casa a las tantas, ya de madrugada.
La compañera habitual en estos trajines de pescadera era su prima Isabel, la Chavalina. En la época de la “jambre”.
La Nena hizo más trabajos. Trabajó en las fábricas de conservas que tenía Llanes (funcionaban hasta 5 o 7 fábricas al mismo tiempo) y andaba a jornales, fregando por las casas. También estuvo cuatro años en la Escuela de Vuelo sin Motor, de limpiadora y de camarera, para dar las comidas y cenas al personal de la base. Allí conoció a un madrileño alto y ceremonioso que estaba haciendo las Milicias Universitarias y que era hijo natural del Rey Alfonso XIII.
En 1952 la Nena se casó con Alfonso (Fonso) García Ruenes y, después de la boda, todavía siguió vendiendo pescáu durante un tiempo. Ella y su marido fueron de los primeros que empezaron a coger ocle. Llevan inseparablemente unidos 63 años.

Fonso nació en la calle Mayor en 1931. Hijo de Manuel García González, de San Vicente de la Barquera,y de Tina (Clementina) Ruenes Felgueres, de Niembro. Al padre, marinero, le llamaban “Garbanzu”, porque de crio dicen que era algo roín (“Mira, paez un garbancín”, comentaba la gente). Era muy “madalenudu” porque había llegado con su familia a Llanes precisamente el día de la fiesta de la Magdalena. Era maquinista de barcos y estuvo enrolado en el “Villa de Llanes”.
La madre vino a la villa a servir; primero, en casa de los Romano, en la calle Manuel Cue (la calle del Llegar) y luego en la de Cosme Sordo, el padre de Emilio, el Turcu.
A Fonso, que era buen estudiante, le sacaron de La Arquera a los trece años y le pusieron a trabajar en la mar, pero se mareaba, el hombre, y tuvo que dejarlo. Luego trabajó en Telégrafos e intentó sacar una oposición en la Caja de Ahorros de Asturias, pero la sacó uno que tenía más recomendación. También trabajó en el Casino, en la cantina, y luego volvió a la mar, a bordo del “San Pedro Apóstol”, echando mano de pastillucas de biodramina para no marearse.

En unos ejercicios espirituales tuvo la suerte de dar con una persona muy buena: la mujer de Rufino Martínez Mouton, el distribuidor de la Campsa en Asturias. Gracias a aquella señora, a Fonso le surgió la oportunidad de trabajar en la empresa de don Rufino en Gijón, donde se establecería con la Nena. Repartió bombonas de butano por las casas, que nunca tenían ascensor, y sacó a la primera el carné de conducir de Primera. Llevó un camión Dodge de la Segunda Guerra Mundial, y luego un trailer, hasta que le pusieron de encargado en un garaje con piso para vivienda. Fonso y la Nena estuvieron treinta y dos años en la villa del Piles. Tienen seis hijos: María Teresa, María Jesús, Alfonso, Dolores, Enrique y Magdalena.

(“Mis personajes favoritos” Nº 89. Publicado el 1 de enero de 2015)



 ISABEL BATALLA GÓMEZ (LA CHAVALINA)

Isabel Batalla Gómez nació en 1931. Su madre, Rosario Gómez García, era de Meré, trabajó en la fábrica de quesos y mantecas SADI (la industria más importante que existió en Llanes) y fue pescadera. El padre, Ángel Batalla Bustillo, fue pescador y barrendero. Por parte del padre, Isabel es nieta de Manuel Batalla, el Raposu, que había venido desde Tazones a Llanes a la langosta sobre mil novecientos y pico. El Raposu, a su vez, era yerno de la tía Ángela, una de las legendarias parteras que hubo aquí en la primera mitad del siglo XX (otras recordadas parteras fueron Restituta, madre de Cagigas, el peluquero, y suegra de Manzano, el que fuera comisario político del Frente Popular en la guerra cainita de 1936, y Aurora Bernot, la mujer de Pedro Pérez Villa, el Sordu).
El padre de Isabel tuvo cinco hermanos: Pitito (casado con Isabel, sobrina de Pedro el Sordu), Ramón, el Camará (esposo de Esperanza, matrimonio que tuvo veintidós hijos), el citado Manzano (Ricardo), que se exiliaría en México, Silvestre, que fue futbolista, portero del CD Llanes, y Nati, la Raposa.
En la escuela pública, a la Chavalina le tocó de maestra doña Florinda, pero también iba a la escuelina particular de doña Soledad, en el Cuetu, que regalaba a los críos castañas y los enseñaba a contar con una tabla de aquellas que tenían barras y bolas para moverlas para un lado o para otro. Empezó a trabajar a los trece años en la fábrica de conservas de pescado de Llerandi, y se casaría luego con el pescador Ramón Batalla Díaz, primogénito del Camará. Ramón salía a la mar en lanchas como “la Menta” y “la Virgen del Rosario” y acabaría siendo propietario de una barquilla.

De aquel mundo femenino vinculado al trabajo duro, a la honradez intachable y a la lucha valiente por la supervivencia, es un buen ejemplo la Chavalina. Vendió pescado por las calles, anduvo a la angula y fue a la mar con su marido, a echar la xuglera. Tuvieron tres hijos: Mariguí, que está por Suiza, Ramón, fallecido muy joven, y Mari Carmen.

(“Mis personajes favoritos” Nº 103. Publicado el 19 de febrero de 2015)



 NIEVES GUTIÉRREZ PLATAS (LA DE FABIÁN)

De la Guerra, Nieves conserva bien grabadas dos cosas: el obús que lanzó el buque Cervera y que cayó muy cerca, cuando ella, con diez años cumplidos, estaba sola cuidando vacas por el monte; y el avión alemán que se estrelló cerca de su casa en plena Segunda Guerra Mundial (dice que era ya muy tarde y que estaban ya acostados cuando oyeron el motor del aparato; luego la explosión, notaron un resplandor muy grande y, finalmente, el silencio profundo de la noche. También se acuerda de que los cadáveres de los tripulantes del avión fueron depositados en una capilla cercana, en Santo Toribio). 
Hija de Rogelio y de Romana, gente dedicada a la labranza en la parroquia de Posada, Nieves nació en 1926 en una casuca en el Picu, en Turanzas, más o menos donde nacería más tarde el potentado astur-mexicano Juan Antonio Pérez Simón. 
Se casó a los 19 años con Fabián Gutiérrez Herrero, en 1945, y ese mismo año vino con su marido a la villa de Llanes. Aquí trabajó en las fábricas de conservas de pescado de Alfonso Cimino y de Antonio Maya Conde. Fabián, mientras tanto, a la mar. 
Luego abrirían el Bar La Amistad, en el Cuetu. 
Tuvieron cinco hijos: Ramona (Moni), Rafael (que anda por Aranda de Duero), Juanjo, Mari Nieves y Fabián. Y nueve nietos. Y siete bisnietos. 
Vive en el Barriu desde hace más de cincuenta años. Todos los días trajina en las tareas domésticas, se prepara la comida, come tranquilina y luego va a casa de su hija Moni a pasar la noche. Un día y otro lo mismo, en paz consigo misma y con el mundo. 
Fabián se le murió en 2009, a los 87. 

(“Mis personajes favoritos” Nº 113. Publicado el 23 de abril de 2015)



MARTA GUTIÉRREZ HERRERO (LA DE PICADINA)

Remigio Agustín Ballesteros García, "Picadina", y Marta Gutiérrez Herrero (Llanes, 1931) eran vecinos en la Moría. Se habían conocido cuando ella tenía dieciséis abriles, y se casaron dos años después. Tuvieron seis hijos: Tino, Martita, Gelines (ya fallecida, al igual que su marido, Mario Sousa), María Jesús, Quico y Manolo. 
Hija de Daniel, un marinero de San Vicente de la Barquera, y de Fernanda, llanisca que cosía redes, Marta había ido a la escuela con doña Florinda, buena maestra, sin duda, pero amiga de dar leña con una vara por menos de una perrina. Después de la escuela, vino la posguerra con su miseria de luto y de hambre. Iban al "buscu", a ver si encontraban alguna panoja o alguna alubia, y también a castañas y manzanas por los pueblos del contorno. Aún conserva Marta la cartilla de racionamiento, que cuánto tendría que decir hoy, si hablara.  
Daniel y Fernanda formaron una familia numerosa. Sus hijos eran Fernando, Fabián, Teresa, Fael, Filo, Ricardo, Marta, Daniel (que murió cuando apenas tenía tres años) Geles y Maruja. 
A Marta le tocó servir y cuidar de una niña a la que estaba criando doña Teresa Posada, conocida como "la Escopeta" (no sabemos a cuento de qué venía este sobrenombre) y cuñada de Juan Antonio Saro, el médico. 
De casada, Marta trabajó en la fábrica de conservas de pescado que tenía Antonio Maya, primero en el Sablín, y luego en una nave que estaba pegada a la casa de Pedro el Sordu, en el Barrio Bustillo. 
Picadina, que murió en 1984, era carpintero e hijo del carpintero Luis Ballesteros, que tenía la carpintería en el bajo de la casa de piedra de la plaza de Santa Ana (la que albergaría el Juzgado en los años de nuestra niñez), al lado de la capilla. Allí mismo la tuvo después también Picadina. 
A sus 84 años, Marta está hecha una moza. Tiene once nietos: Sandra y Bruno (de Tino), Graciela e Ingrid (de Martita), Irene (de Gelines), Patricia y Cristina (de María Jesús), Pablo y Agustín (de Quico), y Manuel y Joel (de Manolo). Y siete bisnietos, de momento. 

(“Mis personajes favoritos” Nº 124. Publicado el 26 de junio de 2015)



ADELA BATALLA DÍAZ (LA CHIQUI)

Adela Manuela Batalla Díaz, "la Chiqui" (Llanes, 1930), tenía catorce años cuando se enamoró de Miguel. Estaba sirviendo, de aquélla, en casa del matrimonio formado por María Luisa Llerandi y Félix Martínez Marco, el veterinario, en el edificio de Victorero, junto al Paseo, y por las tardes iba a planchar a un palacete cercano (que luego sería convertido en el Hostal Del Río), residencia entonces de los padres de María Luisa Llerandi. En ese sitio tendría lugar en 1944 un tiroteo, cuando unos "emboscaos" asaltaron de noche el domicilio de los Llerandi. Fue un suceso terrible, como consecuencia del cual resultó abatido sobre la acera uno de los asaltantes. La Chiqui no llegó a verlo, porque cuando ocurrió todo hacía una hora que ya se había marchado a su casa. 
Sus padres, Ramón Batalla Bustillo ("Camará") y Esperanza Díaz Haces, que tuvieron una prole de 22 hijos, vivían en una de las casinas del Barriu, en derredor de lo que había sido el antiguo cuartel de la Guardia Civil (inaugurado en 1877 sobre un terreno de la marquesa de Argüelles). 
La Chiqui, que desde muy joven había servido en varias casas y trabajado en las fábricas de conservas de pescado, descabezando bocartes, tendría en los Carnavales de Llanesun curioso papel de liderazgo social. En el régimen de Franco, la fiesta del Antroxu estaba prohibida, pero ella la celebraba siempre, a puro chaleco, sin faltar ni un año. Como una heroína menuda, pero irreductible, y en compañía de gente valiente y alegre como ella (como Pacina, o los hermanos "Pescuezu", o Ángel "el Mascotu", entre otros), la Chiqui se disfrazaba y armaba la jarana por las callejuelas del Cuetu, seguida por Pacina y decenas de personas. Al atardecer, en medio de las sombras, los críos sentíamos la excitación de lo prohibido, formando parte del grupo. De repente, alguien daba una voz de alarma: "¡Que vienen los municipales!", y nos escapábamos a todo meter por el puente Cagalín.  
Su marido, Miguel Pérez Cosío, nació en 1931 en Madrid, donde estaba trabajando de sirvienta su madre, Salvadora Pérez Cosío (natural de La Borbolla y prima, por cierto, de Maruja García, la madre del inolvidable Cosmín, el de "Los Panchiches". Siendo un rapaz, se empleó en el glamuroso Cine Benavente, como ayudante, en la cabina de proyección, de Manolo, el marido de "la Chata" (la de la Pensión Iberia). Después se colocó en la fábrica de alpargatas de López, en San Antón; y más tarde, de repartidor en la Tienda Nueva. Finalmente, entraría a trabajar en el Cinemar, al tiempo que compraba un camionuco, con el que repartía mercancía de Antonio Miguel ("el Peináu", que entonces llevaba en Llanes la representación de "Piensos Sanders") y de Garci, hasta que se convirtió en el encargado general del Cinemar, donde desempeñaría labores de portero, de taquillero y de lo que hiciera falta.   
Cuando se casó con la Chiqui, Miguel todavía no había hecho el servicio militar. Tenían ellos 18 y 19 años, respectivamente, y fruto de su matrimonio nacieron nueve hijos: Miguel Ángel, Ramón ("Paputina", ya fallecido), Javier, Cristina, Agustín (que murió de muy crío), Jacqueline, María Luisa, Isabel y María Eugenia. 
En 1974, Miguel y la Chiqui pusieron un quiosco de prensa en las Barqueras, y por allí pasarían, a lo largo de casi cuatro décadas, todos sus hijos, que empezaron a aprender allí a ganarse el pan con el sudor de su frente. 

(“Mis personajes favoritos” Nº 180. Publicado el 22 de noviembre de 2016)



LAS DAMAS DE "LA MONCLOA"
En la calle Mayor, esquina a la plazoleta del ingeniero Garelli, se formaba en los años 80 y 90 del siglo pasado una tertulia -bautizada como "La Moncloa"- en la que participaban mujeres de mucho remango (antiguas pescaderas, la mayoría, que vivían a escasos metros de allí).
Las veíamos inmutables al paso del tiempo. Eternas. Muy cercanas a nosotros y a nuestras circunstancias. Daba gusto saludarlas cada día. Aquellas dicharacheras damas de luto, sacrificadas, valientes, eran supervivientes del oleaje de la vida. De los golpes de la vida. Honestas y rebelludas. Fuertes como robles. Fuentes de sabiduría. Coñonas. Conocedoras del percal. Sin pelos en la lengua. Formaban parte del alma del Llanes de siempre.
Cada una era un libro. Un testimonio de historia viva y sin medias tintas.
Ahí las tenemos a las ocho, ya jubiladas, en su punto de reunión en la solana, en su cuartel de invierno, fotografiadas en 1995 por Ruth Brendel, la esposa de José Luis Mijares Gavito, uno de los máximos valores del llanisquismo: de izquierda a derecha, Amalia Amunárriz, María Quiroga Asueta, Angelina Gutiérrez Martínez, María Sotres González, Rosario Puertas de la Vega, Justa García González, Delifa Berdial Haces y Josefa Sierra Pis.

(“Mis personajes favoritos” Nº 274. Publicado el 28 de noviembre de 2020)

Textos y fotos: HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

lunes, 6 de abril de 2020

AQUEL DÍA CON LUIS EDUARDO AUTE



UNA EXPOSICIÓN Y UN RECITAL POÉTICO EN LLANES


Llanes/ Higinio del Río Pérez

Con motivo de la exposición «Enigma Picasso», inaugurada en la Casa Municipal de Cultura de Llanes el viernes 9 de febrero de 2007, acudió a la villa llanisca ese mismo día Luis Eduardo Aute (Manila, Filipinas, 1943-Madrid, 2020), para abrir la muestra y dar luego un recital poético en el salón principal del Casino.

Aute participaba en «Enigma Picasso» con algún cuadro. La exposición se había organizado un año antes para conmemorar los ciento veinticinco años del nacimiento de Pablo Picasso y el 25 º aniversario de la llegada a España del «Guernica». El proyecto nació a partir de la publicación de la novela “Enigma Picasso” (Planeta, 2006), de Maurilio de Miguel. En la exposición, que ya había recorrido varias ciudades de España y Portugal, participaba una treintena de artistas con obras en distintas técnicas.
Aute, la concejala de Cultura, María Antonia Echevarría Moro, y yo comimos en un céntrico restaurante y mantuvimos una larga sobremesa. Después, acompañé al cantante, pintor y poeta a recorrer el Paseo de San Pedro. No había nadie más. Soplaba algo el viento en una tarde gris. Caminamos los dos frente a la mar, charlando como si nos conociéramos de toda la vida, él extasiado ante el paisaje, contándome muchas cosas, y yo resumiéndole la historia medieval, marinera e indiana de Llanes.
Dos horas más tarde, nos ofrecería el esperado recital, con un ligero resfriado a cuestas, pero impecable en su expresión y en la transmisión de su arte poético. Tuve el honor de hacer su presentación al público.
Hoy se nos ha muerto este artista, y en las redes sociales se multiplica sin cesar la evocación de su vida y de su trabajo. La noticia se ha extendido por toda España. Nos hemos puesto a escuchar sus canciones, con la pena de haber perdido a uno de los grandes creadores de la España de la Transición. Nos ha dejado, pero sólo en cierta forma, porque siempre permanecerán en nosotros sus canciones, su palabra y sus pinturas y dibujos (y, en mi caso, también el orgullo de haber charlado con él tranquilamente en San Pedro).

Una de las obras de Aute expuestas en la Casa de Cultura de Llanes.

jueves, 2 de abril de 2020

LLANES: COMPAÑEROS FIABLES


HERMANO SOL, HERMANO RODOLFO, HERMANA AGUA, HERMANO MAXI...


Estas criaturas, a las que San Francisco de Asís llamaría hermanos, son o fueron en Llanes vecinos muy apreciados. Almas puras, cuyo trato nos enriquecía y nos alegraba la vida. Desde su pequeñez, nos dieron mucho. Desde su inocente animalidad contribuyeron a hacernos el entorno más humano. 

Hermano Sol



HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

El “Sol” vive en un apartamento sobre las rocas que flanquean la Playa del Sablón, al lado de la muralla medieval. Soltero y sin compromiso, es todo un personaje, un “bon vivant” que habría hecho buenas migas con el santo de Asís (podría ser incluso un buen cronista oficial de Llanes, porque conoce el pulso de la localidad y no despierta la menor animadversión).

Por mucha tensión prebélica que viva el mundo, no ha nacido aún el guapo que le haga a él variar las costumbres. Sobre las nueve de la mañana, asoma el morro en la cancela y, sin acelerarse, sale con la cabeza alta, caminando con pasos cortos a la búsqueda de la aventura diaria de la vida. Junto a la escalinata que baja al arenal, contempla el panorama en silencio (últimamente parece que lo hace de un modo más concentrado, porque también a él le trae a mal traer la amenaza presente y futura del chapapote); deambula luego por el Paseo de San Pedro y se suma a las escasas tertulias de peso que aún le quedan a la Puebla de Aguilar. Aunque es un tipo independiente –y a veces gasta malas pulgas-, el “Sol” está ansioso de cariño. Se arrima sólo al trigo limpio y huele a distancia las fuentes orales de verdadera confianza. En el lugar donde vive, había antiguamente unas casuchas habitadas por singulares protagonistas de la intrahistoria de Llanes, como la honrada y querida familia de Perfecto Santos Cue, “Teto”, de cuya época todavía hay quien recuerda las ocurrencias en verso que sobre su madre popularizó en plena posguerra la ingeniosa Concha “la Juanilla”, la esposa de “Juanillo” Goti (uno de los ciento treinta miembros de la tripulación que dio la vuelta al mundo a bordo del “Nautilus” entre 1892 y 1894), que era vecina de ellos. Al “Sol” se le ponen tiesas las orejas cuando oye aquello de: “Las bacinillas de Tanis, / nadie lo puede negar, / desde la puerta vemos / que siempre están a pleamar. / Perfecto coge el calderu, / lu va a tirar al Sablón / pa que los críos / por la noche hagan la deposición. / El calderu no lu friega / por si lu lleva la mar / pero mete el agua en casa / pa fregar la vasa / que emporcaron al cenar. / Tanis es trabajadora, / nadie lo puede negar, / aunque siempre está en la bolera de “La Bombilla” / viendo a los hombres jugar”.
Le tira ese casticismo de palanganas y pucheros con remaches, en el que nunca faltan personas graciosas: “¡Quién me iba a decir a mí, chachu, que el orinal que heredé de mi güela, que hizo muchu serviciu en casa cerca de noventa años, iba a acabar expuestu pa que lu contemplen los turistas!”, oía decir el otro día, en el mercado de los martes, a una porruana que hablaba con orgullo del Museo Etnográfico del Llacín.
Pero, sobre todas las cosas, y aunque su palmito abulte poco, el “Sol” es un experto en los lances de galanteo. La primera actividad vital de este ligón empedernido se centra en coleccionar novias. Su éxito con el género femenino está en la naturalidad, en no aparentar lo que no es: posee el aplomo de Humphrey Bogart, la decisión de Giovanni Giacomo Casanova y la fragilidad de Bambi. El “Sol”, hijo ratonero del mestizaje, es, en fin, el perro más listo y rumbero de Llanes y, frente a la psicosis de guerra que nos rodea hoy, se ha convertido en un símbolo de paz: nadie aplica tan al pie de la letra como él eso de “haz el amor y no la guerra”. 

(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA el jueves 13 de febrero de 2003).




Rodolfo, cliente del "Rocamar"


HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

Este “leve ser”, como diría Miguel Hernández, encarna una rutina que se repite en Llanes cuatro o cinco veces al día desde hace dos años. De él habría escrito Juan Ramón Jiménez cosas muy guapas. El autor de “Platero y yo” podría habernos dicho que posee “la libre monotonía de lo nativo, de lo verdadero” y que vive sus días “sin fatales obligaciones”. 

Al fin y al cabo, Rodolfo, que así es como se le conoce aquí, viene a hacer lo mismo que hacen otros llaniscos: frecuenta el parque, en lo que fue la huerta del convento monjil de la Encarnación, en la proximidad de la estatua de Posada Herrera; disfruta de la rutina y de las horas muertas y resucitadas del ambiente, de las risas infantiles y del vaivén de los columpios, y cuando le apetece, en varios momentos de la mañana o de la tarde, entra en la cafetería Rocamar, situada en la avenida de México.
El nombre de Rodolfo, no sabemos si por querer emparentarlo con el Valentino del cine mudo, se lo puso el difunto Vicente Martín, el hijo del Roxu, que compartía con él las magdalenas de su desayuno.
Gabriel Vela Gutiérrez, el dueño del bar, ya ve las visitas diarias de Rodolfo a la altura de las de sus más fieles clientes: Genín el Confitero, Chucho el de la Autoescuela, Félix el Peluquero, Ángel el del Montemar, Arturo el de Finisterre, Pancho Capín … La familia Vela Gutiérrez regenta el Rocamar desde 1982. Es un establecimiento que habían fundado a finales de los años 60 José Burgos y Carmina Tapia, y atesora ya mucha solera. Sus paredes, decoradas con espléndidas fotografías paisajísticas de Nico Sobrino, cobijan parte de nuestra historia personal. Allí, en diciembre de 1973, mientras jugábamos al tute, nos enteramos de la noticia del atentado mortal que sufrió el almirante Carrero Blanco: entró de pronto José Perela, propietario de un almacén de madera, y proclamó solemnemente: “¡Esta es muy gorda, señores! ¡La revolución!”
Nuestro Rodolfo, al que ese dato histórico ya no le dice nada, viene a asomarse al cristal desde el alféizar exterior para ver si hay moros en la costa, y si está cerrada la puerta espera a que salga o entre alguien, pero no hace esa maniobra con cualquiera. Solo se acerca a los parroquianos que le inspiran confianza, que son los más. Una vez dentro, sus apariciones apenas duran diez minutos. Tiempo suficiente para explorar el entorno de las mesas y aprovechar discretamente el pincho que le ha dejado preparado Gabriel. Sin miedo, pero con prudencia, pasa entre los que juegan las partidas de subasta, y cuando decide salir, si la puerta permanece cerrada, aguarda a que venga o se vaya algún conocido, para ahuecar él el ala. (Espera a que se presente la aletía favorable, al igual que hacen los marineros de la cofradía de Santa Ana para regresar a puerto cuando hay nortada).
Rodolfo es un “niño del aire” y se afana alegremente en existir en la luz, en llenar de píos y revuelos “el silencio torvo del mundo” y en sortear los peligros con el desparpajo que “su infancia perpetua le ha dado”. Es un simple gorrión. Un personaje real que se convierte cada día en poesía cotidiana y sencilla de Miguel Hernández. 


(LA NUEVA ESPAÑA, miércoles, 23 de marzo de 2016)

  





"Agua" oye la vida por Toña


HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

A "Agua" sólo le falta hablar. Es una perrina con ojinos de inteligencia, espabiladina a más no poder y salada como pocas. Guapina y buena por dentro y por fuera. Se llama “Agua” y es los oídos de María Antonia Álvarez Rubiera, Toña (Mi personaje favorito número 136), una llanisca muy querida, nacida en 1933 y sordomuda de nacimiento.

En cierto modo, "Agua", que acaba de cumplir siete añinos, es una perrina "lazarillo", una buena compañera que ayuda a transitar por un mundo poblado de ruidos y sonidos que jamás podrá percibir su dueña. Cuando suena el timbre de la puerta, es ella la que da el aviso pertinente moviendo el rabo, saltando y llamando la atención con una profesionalidad envidiable.
Toña está envuelta de silencios en sus días y en sus noches. La única palabra que es capaz de pronunciar es "agua". Por eso se llama así la perrina. Por pura poesía y puro pragmatismo. 

(LLANES, COSAS DE LLANES, 3 de diciembre de 2017)


         

Maxi, para los amigos


HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

Turistas y lugareños, aquí anda todo el mundo descalzonado, con prisas y con cara de mala hostia, y nuestro amigo Maximiliano (Llanes, 2010), Maxi para los amigos, es un poco el contrapunto a todo ese ruidoso gallinero circundante.

Maxi, que nació en la calle Román Romano, es chiquituco, discreto, muy tranquilo, sabe saborear los buenos momentos de la vida y disfruta junto a su dueño (que es su mejor amigo) de diarios paseos por la senda fluvial a Pancar, el Rinconín, Toró y San Pedro. Son, los dos, andarines de marca mayor (en diciembre pasado recorrieron 250 kilómetros juntos) y a veces hacen también rutas de montaña (en una ocasión llegaron hasta la base del Picu Urriellu o Naranjo de Bulnes, que eso manca.
Sus dueños son Oli Noriega Martínez, de La Borbolla, y José Ramón Alloza Suárez, de Ribadesella, que le pusieron el nombre en cuanto les llegó el animalín como regalo a casa. “¿Qué nombre le ponemos?”, se dijo la pareja, que consultó el santoral y vio que ese día era la festividad de San Maximiliano. Un nombre muy guapo. Muy centro europeo. Maximiliano, le quedó al perrín.
Lo que más llama la atención en Maxi son sus ojos, negros como el azabache, grandes, expresivos a más no poder. Ojos llenos de humanidad, con los que habla y transmite sentimientos.
A diario, José Ramón Alloza y él alternan en el bar del Casino, un sitio de ambiente muy llanisco. El perrín, se acomoda en un rincón, sin dar la lata, observando con atención el paisaje y el paisanaje. Hasta las tres en punto, que es cuando el chigrero, Ramón Llada, “Barullos”, coge una bandeja metálica y repica en ella con una cuchara. Es la señal convenida de que todo quisqui tiene que arrancar ya para casa. Maxi, que se entiende muy bien con Barullos, se levanta como un tiro y suelta un ladrido breve y enérgico, encarándose a los parroquianos que todavía están de palique en el local. No hay más que hablar. El ladrido es irrevocable y marca el desalojo instantáneo. Salen los paisanos. Salen Maxi y José Ramón. Queda el bar vacío, y Barullos echa entonces el cierre hasta las siete de la tarde. Así todos los días.

  (MIS PERSONAJES FAVORITOS Nº 226, 15 de enero de 2016)



Ballet de algodón


HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

Aportan serenidad y cordura en medio del barullo del verano. Las cuatro cabrinas pueblan, inalterables y tranquilas, un prao al lado del Camping de Troenzo. Están siempre juntas, observando la sucesión de soles y lunas y el tránsito de coches, peatones y peregrinos jacobeos.

En cuanto ven gente, se acercan a la valla metálica, límite de su territorio verde, a ver lo que cae y a dejarse acariciar. Lo hacen en silencio. Componen un grupo de ballet de algodón. Desde hace tres años, más o menos, son una de las principales atracciones del paisaje llanisco. 
Resulta imposible no encariñarse con ellas. Son "blandas, humildes y consentidas", como Platero, y los críos, de la que van y vienen de la playa, las acarician, les dan migas de pan y las ponen nombres. 

(LLANES, COSAS DE LLANES, 12 de agosto de 2019)

martes, 31 de marzo de 2020

PEPÍN, EL DE "LA GLORIA": AVENTURAS DE UN CHIGRERO JUBILADO (3)

OPINIÓN                                                               

Eros y lucha de clases

Con Pepín el de La Gloria cualquier rincón es bueno para hacer una tertulia



HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

Egoístamente, hubiéramos deseado que Pepín Sánchez Inclán, el de La Gloria, siguiera al pie del cañón medio siglo más. Han pasado ya siete años desde su jubilación y su histórico bar de Llanes permanece cerrado, despertándonos la añoranza de los buenos momentos vividos allí. A él quizá le pase otro tanto, aunque nos consta que acabó su vida activa hasta el gorro, tras cincuenta y dos años detrás de la barra, pero tiene tan metida a La Gloria en lo más hondo de su ser que la jubilación, en su caso, es sólo relativa (por lo menos mentalmente):

“¿Queréis creer que sigo soñando con el bar…?”, nos decía el otro día. “Sueño que el comedor está llenu hasta los topes y que sale Isabel de la cocina y me dice de prontu que sólu queda lomu y patatas… ¿Pero, Isabel del alma, cómo le vamos a dar a esta gente sólu lomu con patatas?, le digo… ¡Un sufrimientu!”

Pepín no sería el mismo sin estos desvelos oníricos, o sin los pies planos, o sin el jodido empeine que viene esclavizándole toda la vida, calce el zapato que calce. Le vemos poco, como si viviéramos en países distintos, y cuando tenemos la dicha de encontrarnos con él, dondequiera que sea, se improvisa al instante una tertulia como las que se hacían en aquel chigre de la calle de la Estación, hermanado con los vaivenes y los horarios de los trenes en los días de mercado. “¡Qué bien te vemos Pepín! ¡Pareces un señoritu!”, le dice siempre alguien, dando paso así a un cónclave que en seguida alcanza el quórum:
- “Más vale un marinero / con el remito en la mano / que cincuenta señoritos / por el muelle paseando”, salta a continuación Javier González Tamés, tertuliano de Celorio, lanzando al mundo un alegato proletario en forma de canción. Lo que canta es, ni más ni menos, el estribillo verde y rojo de una coplilla llanisca que entonaba a menudo el difunto Cuteo (Fabián Abello, empleado muchos años en la imprenta de El Oriente), y que compendia a su manera, a escala del Riveru, las tesis de Marx y Engels.
Igual que antes, cuando estaba abierta La Gloria (en los tiempos, no muy lejanos, en los que tomaba la palabra en aquel hemiciclo gente irrepetible, como el taxista Ramón el de la Bolera, Cosmín Menéndez, Juan Junco “Chaparru”, Manolo Melijosa “el Parru” o Carlinos el de La Sirena), los debates multidisciplinares se arman ahora en derredor de Pepín para abordar, al fin y al cabo, las cosas de las que se ha venido hablando siempre: el drama de la existencia, el instinto de supervivencia, la explotación de unos hombres por otros, el precio de la leche, la liga de fútbol en Primera y Segunda División y las mujeres bandera que quitan el hipo. También sale a colación la corrupción política y económica de cada día, y Pepín, en estos casos, tiende a desdramatizarlo todo utópicamente, a la luz de la poesía de Gabriel y Galán: “Nadie huelga ni vocea, nadie injuria ni guerrea, nadie manda ni obedece, nadie agarra el grano de oro que al tesoro pertenece”, nos recita de memoria. 
En medio de un general propósito de tomarse las cosas con humor (eso que no falte), es recurrente la evocación del Llanes de antes, de aquellos tiempos de diferencias sociales abismales, en los que lo único que igualaba a ricos y pobres eran los frecuentes apagones de luz durante el invierno. En tales trances, por cierto, según recordaba un tertuliano la semana pasada, el hombre clave era Amable Cantero Vallado, encargado de Electra Bedón, cuyas oficinas estaban en la misma acera de La Gloria. Discreto y eficaz en el cumplimiento de su deber, Amable comía allí a diario. Una vez, en plena avería general del tendido eléctrico, recibió la angustiosa llamada de socorro de una mujer:
- “Estoy apuradísima. No tengo p’ apañame na más que una triste vela. ¡Mándame un hombre lo más prontu que puedas!”

(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA el martes 20 de octubre de 2015).

PEPÍN, EL DE "LA GLORIA": AVENTURAS DE UN CHIGRERO JUBILADO (4)

                                                   Con el domador Ángel Cristo. (Foto: H. del Río).
OPINIÓN                                                               

La memoria está en el horizonte

Pepín el de La Gloria sigue instalado mentalmente detrás de la barra del bar



HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

Aquel día, Pepín Sánchez Inclán, el de La Gloria, andaba, como de costumbre, en un maratón sobre sus sufridos pies planos: de la cafetera al comedor y del comedor al infinito, y vuelta a empezar. En esto, entró alguien con una noticia: “Se acaba de morir fulano. El funeral es mañana a las cinco”. Pepín se detiene y pone las manos sobre la barra, ensimismado, con los labios apretados. Su cara deja ver una mezcla de sorpresa y de ligera conmoción. “¡No somos nada!”, añade alguien, y Miguel, el de Feve, que está escudriñando minuciosamente la reacción y los gestos del chigrero, lanza un comentario desde el córner: “A ti, Pepín, lo que te preocupa es el pufu que te dejó”. 

El bar La Gloria, en Llanes, era una universidad de la vida, y entre las disciplinas que se enseñaban allí estaba la Psicología básica. A punto de cumplirse seis años desde que el establecimiento cerró sus puertas, al añorado Pepín, que ahora siega praos en El Cantinu (Ribadedeva), le siguen bullendo en la cabeza imágenes y episodios de su vida laboral. Estuvo en activo cincuenta y dos años, “pero, como hacía siempre jornadas dobles, en total trabajé ciento cuatro años”, puntualiza sin vanagloriarse.
Desde que se jubiló es otro, y le llueven los piropos y parabienes: “No hay quien te tosa. ¡Estás hechu un señoritu!”
- “Ya, hiju, pero no creas. Soy de la quinta del Rey (Juan Carlos), aunque él ascendió más rápidu que yo”.
Pocos personajes quedan ya capaces, como él, de generar sinergias que humanizan y alegran la convivencia. Cuando le saludan en la calle, antes de que pueda decir esta boca es mía ya tiene formado alrededor un corrillo de parroquianos con ganas de palique.
- “Te llevo llamando varias veces, pero nunca me coges el teléfono, puñeteru”, le reprocha uno.
- “Es que lu dejo en casa, mi críu. Un segador con móvil parez que no pega”.
- “Pescador, cazador y tejeru, nunca gastaron buen sombreru”, apunta a estribor el celoriano Javier González Tamés, siempre tan oportuno, en alusión a los prototipos esenciales de la clientela que poblaba La Gloria.
Sin tiempo que perder, Andrés, el del cupón, que pasa al lado, improvisa sobre la marcha una caxigalina: “¡Penalty en la Corredoria! ¿Quién lu va a tirar? ¡… Pepín el de la Gloria!”
Mentalmente, Pepín sigue instalado en el bar. Su horizonte de cada día nace cargado de memoria. En sus sueños, monotemáticos y recurrentes, se ve con Isabel, su mujer, yendo a comer a La Barata, en Colombres, y siempre ocurre lo mismo: el comedor está hasta arriba, pero él se da cuenta, alarmao, de que no hay camareros ni cocineros. “¡Venga, Isa del alma! Tenemos que hacer algo. Métete en la cocina a ver qué se puede preparar mientras yo tomo la comanda. No podemos dejar a esta gente así. Además, fíjate, la mayoría de ellos fueron clientes nuestros”.
Son sueños para sudar, y ese “feedback” incesante lo que tiene es que no da tregua. En verano siente la necesidad de entrar en algún bar para saber cómo les va a sus colegas: “¿Cómo lleváis el follón esti añu? ¿Os dan mucha guerra los turistas?”
- “¡Qué va, hombre! Me entra gente educada y correcta. Da gustu con ellos”.

Y cuando oye estas cosas, Pepín siempre se queda pensativo, rumiando algo que le pesa en el alma: “¿Qué sería entonces…? ¿Qué me tocó todo a mi?”

(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA el jueves 19 de mayo de 2016).

domingo, 29 de marzo de 2020

LLANES: DEL CRECIMIENTO URBANO EN LA ESPAÑA DEL DESARROLLISMO

                                                                             Edificio "Santa María de Ordás"
OPINIÓN                                                               

Un urbanismo acompasado

Peláez Cebrián y Población Knappe en la escenografía del Llanes de los años 60 



HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

Después del largo impasse que siguió a la Guerra Civil, se dio en el paisaje urbano de la villa de Llanes un salto cualitativo como no se había visto en décadas. A finales de los años 50 y principios de los 60, iría aumentando el catálogo de nuevas edificaciones de un modo acompasado, en consonancia con el pulso tranquilo de la localidad, y quizá también con las coordenadas del desarrollismo que empezaba a manifestarse en España. Muestra de ello son las viviendas sociales del Barrio Bustillo, el Cinemar, el Instituto de Enseñanza Secundaria, el edificio de cuatro pisos levantado sobre lo que habían sido en el período republicano las cocheras de Laureano Morán, en la avenida de la Paz, el bloque construido en la hondonada de Santa Ana (donde había existido un pequeño bosque del Gremio de Mareantes de San Nicolás, del que durante siglos se abastecieron los carpinteros de ribera para hacer las lanchas de los pescadores), las tres hileras de viviendas junto al parque de Posada Herrera y los chalets de las familias Lacazzette y Orejas junto a la playa del Sablón. 

Las novedades que iban a evidenciar una voluntad más clara de acercarse a las vanguardias serían especialmente dos: el proyecto de varios chalets, de una sola planta y en la misma acera, promovido por el delineante astur-mexicano Antonio Peláez Cebrián en la ería de San Pedro, en 1964, y el de “Santa María de Ordás”, firmado por Eleuterio Población Knappe e inaugurado en 1968. Ambos venían a retomar, de algún modo, la impronta de modernidad marcada en los años 30 por Joaquín Ortiz.

Antonio Peláez Cebrián (1920-2004), hijo de Manuel Peláez Sampedro, de Vibaño, y Amparo Cebrián Rodríguez, de Palencia, emigrantes ambos en México desde su juventud, dejó en Llanes un ejemplo exquisito de respeto al paisaje -de humildad, incluso- sin parangón, con una intervención adaptada a las características del terreno. Son volúmenes discretos, integrados de un modo natural en el privilegiado entorno, y la filosofía que respiran nada tiene que ver con el irreverente yoísmo de algunos de los arquitectos que nos tocaron en suerte después de él.
No muy lejos del Paseo de San Pedro, estaba La Campera, entre el parque de Posada Herrera y la calle de las Escuelas. Lugar de paso de los escolares, era un limbo sobre el que circulaban sueños, payasos, elefantes y balones remendados. La Campera acogía circos y partidos informales de fútbol, y alguna vez se instaló allí una estructura en forma de tubo, de una altura considerable, sobre cuyas paredes interiores daban vueltas en espiral unas motocicletas endemoniadas.

En aquel prado de la época de las monjas agustinas recoletas del convento de la Encarnación desplegaría sus ideas Eleuterio Población Knappe (1928-2011), más tarde decano del Colegio de Arquitectos de Madrid y autor de los “Eurobuilding” en la capital de España. Por encargo del promotor Aniceto Fernández Ordás, fundador del Banco de Levante, Población dio forma a un complejo de tres edificios con cincuenta viviendas, doce locales comerciales y una superficie edificada de 7.250 metros. Un rotundo y admirable ejemplo de arquitectura moderna, aunque más propio del Mitte berlinés (en reconstrucción entonces) que de una villa de 3.500 habitantes.  

(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA el jueves 5 de marzo de 2020).

Construcción de los chalets de Antonio Peláez Cebrián (1965).
Inauguración de "Santa María de Ordás", por el párroco Gil Ganzaraín.









viernes, 20 de marzo de 2020

PEPÍN, EL DE "LA GLORIA": AVENTURAS DE UN CHIGRERO JUBILADO (2)

OPINIÓN                                                               

Clases de tenis, individuales y en grupo

Jubilados o en activo, muchos chigreros son incapaces de separar su trabajo de sus sueños



HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

Hay un chigrero en Llanes que está disfrutando como pocos de la merecida jubilación. No parece obsesionado por descubrir ciudades y países echando mano de los ‘crediviajes’, sino que se dedica a redescubrir y saborear el mundo minimalista que tiene alrededor. Llama la atención la serena luminosidad que le ha quedado en el semblante. Más que andar, ahora sobrevuela la acera, como si los pies planos y los callos del jodido empeine hubieran dejado ya de jeringarle para siempre. Nada de excursiones del Imserso; nada o muy poca tele, y ni hablar del peluquín de Pilates o de yoga. No necesita nada de eso. Sencillamente, está disfrutando en plenitud de las pequeñas cosas que le habían sido vedadas a lo largo de los 53 años que estuvo atado a la barra de un bar. Ahora ha vuelto a saber ver cómo crece la hierba y a fijarse en las noches estrelladas y a contemplar la mar sin llevar puesto el reloj.

La vida del chigrero camina ahora más unida que nunca a los poemas de Gabriel y Galán, que él solía recitar al servir los vinos. Acaso esté sintiendo algo parecido a lo que le pasó a un señor de Boquerizu del que nos hablaba. Aquel hombre, que no había hecho en su vida otra cosa que trabajar sin descanso, y al que veía muchas veces pedalear camino del jornal, cayó una vez de la bicicleta por culpa de un coche, y cuando fueron a auxiliarle soltó desde el suelo una frase memorable: “No os preocupéis y dejarme aquí tranquilu un ratu, saboreando la caída”.
A groso modo, la jubilación pudiera aproximarse a eso: a una caída saboreada sobre la hierba. El retiro de este chigrero, sin embargo, presenta el inconveniente de no haber conseguido aún desconectarse, digamos mentalmente, del disco duro de los años en activo. Tiene la mente tan empapada de episodios de chigre, de rostros de chigre, de sonidos y cotidianidades de chigre, que todo esto se le cuela entre los sueños. La otra noche soñó que iba con su esposa a comer tranquilamente en un restaurante de Colombres. El local estaba a rebosar, y todo marchaba bien hasta que él reparó en un detalle dramático: allí no había cocineros ni camareros. “Hay que hacer algo”, le dice entonces a su mujer, asumiendo la gravedad de la situación. “Qué dirá esta gente, que nos conoce de Llanes. No tengo valor para dejarles así. Métete en la cocina a prepararles algo mientras yo anoto las comandas”. Figúrense ustedes.
Los sueños que invaden sus noches rara vez son pesadillas (tan sólo secuelas imborrables de un duro trabajo), mas a veces Stephen King desbanca en ellos a Gabriel y Galán. Es mucho lo que tiene sufrido este hombre, de modo que no nos extraña que algunos sueños lo coloquen ante escenas inquietantes: era invierno. Ya había pasado el último tren, y en el local quedaba un puñado de caballeros sin la menor intención de arrancar. De pronto, entra un sujeto blasfemando (un elemento de mucho cuidado, ya fallecido), y esta aparición perturbadora viene a abrir viejas heridas. El chigrero acude presto a la cocina para alertar a su mujer. “Lo que nos faltaba para el duru: está aquí Fulano... ¡Pero no decían que esti cabrón se había muertu!”
Lo peor de todo es que en el centro de la puerta de lo que fue su establecimiento hay ahora un letrero que podría empañar el crédito de ese templo de la gastronomía llanisca: donde antes ponía “Callos, especialidad de la casa”, ahora está colocada una octavilla desconcertante que anuncia: “Clases de tenis, individuales, grupos (todas las edades)”. Cuando se lo contaron el otro día en la calle, el jubilado no pudo evitar sentirse tocado en su profesionalidad: “¡Qué desprestigiu para un chigreru de toda la vida!”, acertó a decir en voz baja. 

(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA el viernes 4 de noviembre de 2011).


   ENLACE CON EL ARTÍCULO 

       

jueves, 19 de marzo de 2020

PEPÍN, EL DE "LA GLORIA": AVENTURAS DE UN CHIGRERO JUBILADO (1)

En junio de 2020 se cumplieron diez años desde que José Sánchez Inclán (Pepín, “el de La Gloria”) alcanzó la jubilación y cerró el bar al que estuvo unido durante más de medio siglo. En homenaje a él y a su esposa Isabel, a su inconmensurable trabajo y a sus extraordinarias virtudes humanas, he recopilado seis artículos publicados en el diario LA NUEVA ESPAÑA, que aparecen en estas páginas en sucesivas entregas. He aquí la primera, precisamente en el día de la onomástica de Pepín: 


OPINIÓN                                                               

Un poeta pasa página

Pepín "el de La Gloria", un chigrero muy querido en Llanes, se jubila tras una vida profesional de 56 años



HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

Medio siglo de la historia de Llanes le pertenece a Pepín. Debería de constar en algún acta que este hombre tan amable, tan paciente, tan valiente y tan sacrificado, es sobre todo un poeta (el único chigrero poeta, o el último poeta chigrero, que ha dado Llanes). La transversalidad de lo poético, que empapa sus días y sus noches, siempre se ha dejado sentir en su condición de tabernero. Poco antes de poner término a su vida laboral, nos contaba Pepín con orgullo que Celso Amieva había frecuentado “La Gloria” en los años ochenta, al regresar de Moscú, y que varias veces se alojó en el piso que tiene él en la avenida de la Paz. Es más: cuando Celso tenía diecinueve años y era maestro en Villanueva, solía recalar en el establecimiento de comidas de los padres de Pepín, Ángel y Margarita (quienes posteriormente, en 1953, tomarían en traspaso “La Gloria”, bar regentado hasta entonces por Juana Obeso.


Por fin, el chigrero se despojó del mandil y puso el cartel de despedida a su vida profesional: “A partir del 1 de julio, cerrado por vacaciones”. Un elegante y sobrio eufemismo para decir que hasta aquí hemos llegado. A los serviciales ciudadanos como él -especie extinta, fuera del tiempo y del espacio, emparentada con el reumatismo, los juanetes y los pies planos y mortificados- les cuesta un riñón jubilarse. Han labrado su currículo -toda una vida, cincuenta y seis años en su caso- parapetados en la barra de un bar, que es algo muy parecido a la trinchera de un campo de batalla, pero tienen cuerda para rato.

No cabe más elocuencia para definir la jubilación que poner un cartel como ese. José Sánchez Inclán (Boquerizo, Ribadedeva, 1938), Pepín “el de la Gloria”, lo colocó en la puerta de su establecimiento silenciosamente, en medio del tumulto veraniego y futbolero, mientras se desgañitaban al unísono las dos Españas, con idéntica fe, ante los televisores que retransmitían el campeonato mundial del fútbol, y en tanto transcurría a su vera, camino de Santiago de Compostela, una riada interminable de peregrinos probablemente sin perras y sin fe.
Un poeta pasa página y un bar histórico desaparece. La decisión del buen Pepín de plegar velas nos entristece y nos alegra al mismo tiempo. Igual que el folio que pegó tras la puerta de su bar, el ilustre hijo de Boquerizo no necesita demasiada prosa para explicarse. Siempre ha andado quitándose importancia. “Fuí a la escuela sólu dos meses, de noche, y con un maestru borrachu”, bromeaba alguna vez, evocando la frase de un viejo cliente, maquinista de Feve. Pero, en realidad, esta lección de modestia nada tenía que ver con su época escolar, en la que Pepín supo siempre alimentarse de los buenos magisterios que le tocaron en suerte.

Alguno de aquellos maestros le descubriría a Gabriel y Galán, y esto fue determinante para él. Las rimas sencillas que aprendió nunca se le olvidaron y fueron como un manual para navegar por las procelosas aguas de la hostelería. Le valieron de mucho: cuando en el chigre se encabritaban los clientes a causa de la política o del fútbol, Pepín se ponía a recitar alguna cosa de Gabriel y Galán y, mano de santo, el gallinero se apaciguaba al instante. “Échanos todas las po-poesías que quieras, Pe-Pepín, pero antes pon-ponnos otra ronda, que la flo-flota opera”, clamaba entonces Juan Junco, “Chaparru”, el aguerrido jefe del servicio municipal de recogida de basuras,  que estaba a otra cosa. Y todos los presentes -barcos, grumetes y náufragos llegados al puerto de “La Gloria”- asentíamos a coro, rendidos a la lírica. 

(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA el sábado 28 de agosto de 2010).


martes, 17 de marzo de 2020

"EL BELGA", EN UN LIBRO DE DIFUSIÓN MUNDIAL


José Manuel Gutiérrez Meré, El Belga. Fallecería en 2020, a los 87 años. (Foto: H. del Río).


OPINIÓN                                                               



EL MUNDO, TAL COMO ES

"El Belga", famoso pescador llanisco, fotografiado para el libro "The Family of Man" 


HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

En 1955, y a partir de una idea del fotógrafo Edward Steichen (1879-1973), famoso director de la sección de fotografía del MOMA de Nueva York, se puso en marcha el proyecto “The Family of Man”, dirigido a los usuarios de la cámara Leica de todo el planeta. Se pretendía con ello no sólo ofrecer a los aficionados a la fotografía la oportunidad de dar a conocer universalmente sus trabajos, sino también de mostrar el mundo tal como es. El resultado fue la publicación de un libro que contiene una amplia selección de las fotografías presentadas, que en su conjunto componen una impresionante galería de tipos humanos -cada uno en su ambiente- y de irrepetibles momentos cotidianos captados en los confines de todo el orbe.


Cincuenta años después se acaba de publicar, en esta misma línea, el segundo libro recopilatorio y de tirada mundial, que recoge el fruto de una convocatoria universal a la que se presentaron cientos de miles de fotos durante el período 2000-2005. Huelga decir lo difícil que debe resultar hacer una selección entre tan inabarcable cantidad de trabajos. Tengo este nuevo libro justamente ahora delante de mí y me he llevado la sorpresa de que entre las 516 fotografías que contiene se incluye una instantánea tomada en Llanes. Su autor es el madrileño Antonio Paso de la Torre, sobrino de Alfonso Paso, aquel inolvidable dramaturgo, y marido de la diseñadora Isabel González de Velandia (una destacada creadora en el medio digital). En la foto, titulada “Workings of the sea”, reconocemos inmediatamente al pescador José Manuel Gutiérrez Meré, “El Belga” (Llanes, 1933), “picando” redes en el puerto. “El Belga” es el protagonista solitario de una escenografía extremadamente plástica (más que una fotografía, parece un fresco renacentista). Se nos muestra pensativo, como una figura monástica, reconcentrado en su labor y ajeno por completo al hecho de que alguien le está disparando en silencio una Leica M6ttl.

Son curiosas las circunstancias en las que se ha fraguado esa imagen. Por un lado, el fotografiado ignora que le están fotografiando. Por otro, el fotógrafo desconoce, a su vez, que la persona que tiene en el objetivo, recortada ante una inmensa pared de nansas, aparejos, cajas, boyas y aires ocres y verduscos, es todo un personaje. Un hombre de mundo. Y uno piensa que, mientras desenredaba y desliaba cuerdas, “El Belga”, hijo de la difunta Titas, podría haber contado al fotógrafo sabrosos pasajes de su vida aventurera, muy en consonancia con la filosofía que alienta el proyecto “The Family of Man”: podría haberle hablado de su niñez, en la que aprendió a chapurrear inglés (“oquei”, “guan”, “guzbai”…) viendo películas del Oeste en el Benavente; de cuando empezó a ir a la mar, a los 9 años; de su sueldo de adolescente, con el que contribuyó a sufragar los estudios de su hermano pequeño, Tito; de sus tiempos de ciclista, cuando corrió la Vuelta a Asturias en el equipo “Cubana de Aviación” (de entonces le viene el sobrenombre de “El Belga”); de su emigración a Australia en 1961 y de las vieiras que recolectaba en la bahía de Melbourne; del rango de marinero de primera que ostentó en un ferry que hacía la travesía a Tasmania; de los barcos de carga y de pesca que tuvo allí; de aquel día en el que agarró, de una tacada, 2.000 kilos de gambas; y de cuando al regresar, en 1971, se percató de que aquí, yendo a la merluza, ganaba más perras que en Australia…  Antonio Paso de la Torre no pudo encontrar un modelo mejor para un libro con vocación de universalidad.

(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA el 2 de diciembre de 2008).










El Belga, "picando" redes en el puerto de Llanes. Fotografía de A. Paso de la Torre.