miércoles, 27 de febrero de 2019

ADOLFO CAMILO DÍAZ: "PAÍS"

Adolfo Camilo, en el hotel Begoña de Gijón,
el miércoles 12 de febrero de 2020.
(Foto: H. del Río).

La Compañía “Teatro Casona”, con un elenco formado aquella vez por Xuan Coll, Isabel Freira, Carmen Gloria García, Cristina Bravo, Andrés Presumido y Aique, ofreció en Llanes, el 13 de abril de 2011, dentro de las actividades del Día del Libro, la obra satírica “País”, escrita por Adolfo Camilo Díaz. 
La representación tuvo lugar en el salón del Instituto de Educación Secundaria, a las 12:30 horas, y formó parte del Circuito de las Artes Escénicas del Principado de Asturias. Asistieron a ella 200 alumnos del centro educativo llanisco.
“País” fue la primera obra -y hasta ahora la única- de Adolfo Camilo que se representaba en la villa de Ángel de la Moría. Una historia de desamor, “la crónica de un derrumbe emocional, sentimental, ideológico y territorial”, en palabras de ACD. Inspirada en la realidad asturiana, “País” habla de los telediarios, como espejo de la realidad, y del paisaje y el paisanaje de las Cuencas Mineras, contemplado todo ello entre el esperpento y el hiperrealismo.

Adolfo Camilo Díaz López forma parte de un selecto grupo de directores de casas municipales de cultura que están dejando honda huella en la senda de la gestión cultural. Jaime Luis Martín, José Paz, Julia Franco, Ramón Quirós, Ismael González Arias o Adolfo Camilo llevan décadas en la brecha. En realidad, están ahí desde los primeros momentos en los que los Ayuntamientos democráticos asumieron la tarea de la promoción y de la difusión cultural como un compromiso y como un servicio público irrenunciables.
Nacido en Caborana, Aller, en 1963, y licenciado en Historia por la Universidad de Oviedo, lleva publicada una veintena de libros (de narrativa y teatro, sobre todo). Estamos ante un escritor, dramaturgo y gestor cultural que cuenta ya con algunos de los premios más prestigiosos de la literatura asturiana, como el Premio Xosefa de Xovellanos (en dos ocasiones) y el de novela corta de la Academia de la Llingua.
Trabajó como animador cultural en los concejos de Carreño y Corvera y, desde 2004, es director de Cultura del Ayuntamiento de Avilés.
Había fundado en 1979 el grupo de teatro experimental “Güestia”, en el que participó el poeta Xuan Bello, y es autor también de la obra teatral “Psicokiller”.
Con Adolfo Camilo coincidimos en Gijón, hace unos días, en la XXVIII edición de la Feria Europea de Teatro para Niños (FETEN).

Higinio del Río
Miércoles 27 de febrero de 2019


lunes, 25 de febrero de 2019

UN AUTO SACRAMENTAL EN CELORIO, HITO HISTÓRICO PARA LLANES




Dentro del programa conmemorativo del MILENARIO DEL MONASTERIO DE SAN SALVADOR DE CELORIO, organizado por la Casa Municipal de Cultura de Llanes, la compañía profesional Teatro del Cuervo, que dirige Sergio Gayol, estrenó en la Iglesia de San Salvador de la localidad celoriana, en agosto de 2017, el auto sacramental: "DIÁLOGO ENTRE EL AMOR Y UN VIEJO", de Rodrigo de Cota (1450-1504), en medio de una gran expectación. Hubo un lleno absoluto y la presentación, en medio de un ambiente de penumbra y de cierto sobrecogimiento, corrió a cargo del párroco, Domingo González Álvarez.

La obra fue seleccionada y preparada ex profeso para la conmemoración del milenario del monasterio celoriano.
Escrita en octosílabos, representa una controversia entre dos personajes (una de las muchas disputas en las que abunda la literatura medieval) y el vencimiento del Viejo por el Amor, con el consiguiente descalabro dramático.
El autor, Rodrigo de Cota (Toledo, 1450-1504) vivió en la segunda mitad del siglo XV y fue judío converso. Es conocido por su "Diálogo entre el Amor y un Viejo", pero también se le atribuye el "Diálogo entre el Amor, el viejo y la hermosa". Se le considera también autor de las "Coplas de Mingo Revulgo", de "Las Coplas del Provincial" y del primer acto de la obra cumbre de Fernando de Rojas: "La Celestina".
Los autos sacramentales eran en su origen una representación teatral medieval, tanto de índole religiosa como profana. En la Edad Media recibían también la denominación de misterios o moralidades, sobre todo cuando trataban el tema religioso.
Se nutrían, en general, de episodios bíblicos, misterios de la religión o conflictos de orden moral y teológico y se representaban en los templos o pórticos de las iglesias.
Desde la segunda mitad del siglo XVI empezaron a llamarse autos sacramentales y fueron haciéndose cada vez menos narrativos, intensificando sus contenidos doctrinales y alegóricos, hasta que autores como Pedro Calderón de la Barca les dieron su forma definitiva en el siglo XVII.
Los autos sacramentales fueron prohibidos en 1765.


OPINIÓN                                                               

 Auto sacramental en Celorio

Un espectáculo teatral del siglo XV, en el milenario del Monasterio de San Salvador



HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

Entre las paredes de la iglesia de Celorio, construidas para un viaje largo en el tiempo, como las de las pirámides de Egipto, se mueve como pez en el agua el párroco, Domingo González Álvarez (Cangas del Nancea, 1947). Con el temple del fogonero de un trasatlántico, este cura caldea sermones sin paja desde una vehemencia contenida y didáctica. Posee carisma y es capaz de mover Roma con Santiago para mantener en buen estado el colosal patrimonio histórico y artístico que custodia desde hace casi treinta años. Don Domingo, que tiene algo de cicerone de museo, es el principal impulsor de la celebración en 2017 de un cumpleaños extraordinario: los mil años del monasterio de San Salvador.
Celorio no es sólo un destino turístico de primer orden. En su litoral se distingue aún, por encima de las playas, una escenografía que empezó a tomar forma en el siglo XII, cuando los esposos don Alfonso Suárez y doña Cristilde fundaron el cenobio benedictino, que, además de cumplir una función religiosa, sería un centro de explotación y producción agraria, y actuaría como factor determinante de integración para la población campesina. El milenario del monasterio ha sido celebrado ahora por el Ayuntamiento llanisco con varios actos culturales. Hubo un ciclo de conciertos (góspel africano, orquestas sinfónicas y de cámara, dúos y solistas), conferencias de profesores de la Universidad de Oviedo (“Celorio en el contexto de la tierra de Aguilar”, por Javier Fernández Conde, y “Arquitectura y arte medieval en torno a San Salvador”, por Isabel Ruiz de la Peña) y una representación teatral dentro de la misma iglesia, debajo de cuyo suelo azulejado, como suele recordar don Domingo, permanecen restos de enterramientos de monjes.
La compañía El Cuervo, que dirige Sergio Gayol, preparó para la ocasión, ex profeso, el “Diálogo entre el Amor y un viejo”, un auto sacramental envuelto en una visualidad y una puesta en escena absolutamente fuera de lo habitual. (Desde luego, no todos los párrocos se habrían atrevido a esto). ¿Cuánto tiempo hacía que no se representaba aquí un auto sacramental? ¿Cuatrocientos años? ¿Trescientos, quizás …? En todo caso siglos, porque estas obras de teatro religioso fueron prohibidas en 1765.
Cara al pasillo central, tres filas a cada lado, se colocaron los bancos al modo del Parlamento inglés, delimitando un espacio rectangular sobre el que se consiguió crear una sugerente atmósfera a base de efectos sincronizados de luces débiles y niebla artificial. Se patentizaba así la carga alegórica de los autos sacramentales, en su momento representados generalmente el día del Corpus en los templos o pórticos de las iglesias, y en los que se barajaban episodios bíblicos y líos de orden moral y teológico.

El “Diálogo”, escrito por el judío converso toledano Rodrigo de Cota (1450-1504), a quien se atribuye la autoría de una parte de La Celestina, desarrolla un pulso dramático entre dos personajes: por un lado, el Amor, representado por una joven, y por otro, un anciano cansado de vivir. En ese cara a cara, la muchacha intentará, con un discurso engañoso, convencer al hombre de que no está acabado y de que aún hay tiempo para enamorarse. El viejo, que se sabe ya fuera de todo eso, intuye la trampa del Amor, esquiva en principio a la muchacha y se resiste a dejarse embaucar, pero acabará sucumbiendo a la seducción, sometido y burlado. Una controvertida dialéctica, la que urde Rodrigo de Cota sobre misterios y moralidades, que sigue hoy igual de vigente que hace mil años.

(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA el sábado 23 de septiembre de 2017)



lunes, 11 de febrero de 2019

LLANES: REFERENCIAS DE LA REVOLUCIÓN CUBANA

OPINIÓN                                                               

 "El Gallego" y el maestro, mano a mano

Una visita a Llanes del vicepresidente de Cuba, José Ramón Fernández, en 1994



HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

El que fuera vicepresidente del Gobierno cubano entre 1978 y 2012, José Ramón Fernández Álvarez, fallecido el 6 de enero de 2019, había visitado Llanes una tarde de octubre de 1994. Llegó tras almorzar en la Quinta Guadalupe de Columbres con Santiago González Romero, director del Archivo de Indianos, y los alcaldes socialistas de Ribadedeva y Llanes, Modesto Bordás Rodríguez y Manuel Esteban Miguel Amieva, respectivamente.

Permaneció aquí un par de horas y durante todo ese tiempo estuvo junto a él Manuel Amieva. Ambos y su séquito se apearon de sendos automóviles junto al Puente y empezaron a recorrer el casco histórico medieval desde la calle Manuel Cue. Les acompañábamos la embajadora de Cuba en España, Rosario Navas Morata -actualmente al frente de la embajada cubana en Estocolmo-, el concejal de Cultura del Ayuntamiento llanisco, Antonio Núñez Martín, los periodistas Ramón Díaz y Ramón Pérez Batalla, tres guardaespaldas y un servidor. A la cabeza de la comitiva, Amieva iba comentando a “El Gallego” (como era conocido en su país el histórico dirigente de la revolución castrista) retazos del pasado de Llanes, y José Ramón Fernández (nacido en Santiago en 1923, hijo de asturianos, militar de carrera con cursos de especialización en Estados Unidos, conspirador contra la dictadura de Batista, destacado luchador en la batalla de Bahía de Cochinos y estrecho colaborador de Fidel Castro) escuchaba atentamente mientras subían por la calle del Llegar.
Amieva, hombre de vasta cultura y buen conocedor de la historia local, empezó hablando de la actividad ballenera, del fuero otorgado por Alfonso IX, de las murallas y de Juan Pariente, el noble que acogió en su casa al príncipe Carlos en 1517, pero en seguida derivó sus explicaciones a terrenos más ligados a la bilateralidad llanisco-cubana. Mencionó primeramente al benefactor Manuel Cue, indiano en La Habana y fundador de las Escuelas Cristianas de La Arquera, con cuyo nombre estaba bautizada la calle por la que íbamos caminando en ese momento; después, ante la Casona de la Magdalena, indicó que ese gran edificio había pertenecido a la familia de Alberto Bayo Giroud, nada menos, el militar hispano-cubano que participó en la Guerra Civil desde el bando republicano y que en los años 50 sería en México el instructor de los guerrilleros -los hermanos Castro y Ché Guevara entre ellos- que preparaban el asalto al poder y que embarcarían en 1956 en el “Granma”. (La Casona nos trae a muchos llaniscos gratos recuerdos de nuestra niñez; allí vivía entonces la popular maestra Pilar Pérez Bayo, llamada “la Cubana”, sobrina de Alberto Bayo y esposa de Julián Gancedo, “Julianón”); en el Sablón, finalmente, el cicerone habló del chalé de Óscar Manzano (que originariamente había pertenecido a la familia Orejas, de Oviedo); lo teníamos enfrente, en la subida a San Pedro, con un mástil en el que ondeaba la bandera de Cuba; Óscar, hijo de Veneranda Manzano (1893-1992), estaba muy relacionado con el régimen castrista (de hecho, en 1995 habría de ser huésped suyo en ese chalé Ramiro Valdés Menéndez, uno de los líderes revolucionarios más carismáticos desde el ataque al Cuartel Moncada en 1953).
El recorrido incluyó una breve visita a la Casa de Cultura, en la que se mostraban las exposiciones “Del Caribe, Cuba” (fotografías del documentalista cubano, realizador de TV y reportero de guerra en Angola Simón Escobar) e “Inquisición y Justicia seglar”.
Manuel Miguel Amieva (Llanes, 1949), alcalde desde 1993 hasta 1999 y maestro de escuela con cuarenta años de servicio, se volvió a encontrar con José Ramón Fernández Álvarez en 1996, esa vez en La Habana. Como en la primera ocasión, Amieva no contó a “El Gallego” que el derrocado dictador Fulgencio Batista había estado en Llanes en 1962, un día en el que apareció de repente y comió con su esposa riñones al Jerez en el Bar del Muelle, regentado por el exquisito hostelero (y antiguo emigrante en Cuba) Agustín Guijarro Junco.

(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA de Oviedo el martes 15 de enero de 2019)




jueves, 6 de diciembre de 2018

GIJÓN, SANTANDER Y BILBAO EN LA NUEVA GESTIÓN DE LAS CULTURAS DE PROXIMIDAD


De izquierda a derecha, María Álvarez Álvarez, Humberto Fernández
Iglesias
, Pilar González Lafita y Carlos González Espina,
destacados miembros del equipo de gestores de la
Fundación Municipal de Cultura de Gijón,
en el patio del CCAI. (Foto: H. del Río)

OPINIÓN                                                               

Resiliencias para cuando vienen mal dadas

La colaboración cultural entre ciudades, una opción más allá de la competencia



HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

En el actual proceso de refundación del capitalismo la creatividad parece que va ligada claramente a lo económico. Hace ahora un año que Gijón acogió el importante seminario “Resiliencia y resignificación. La transformación de la gestión de las culturas de proximidad”, que giró en torno a las posibilidades de colaboración entre Bilbao, Santander y la propia villa de Jovellanos, y en el que se habló mucho de la creatividad (un mantra para enfrentarse a los problemas) y de la cultura como elemento de desarrollo económico y de regeneración urbana.
Se contempla la cultura como un factor que contribuye a hacer más habitables las urbes y como energía transformadora de sociedades e individuos, y la colaboración que buscan en este campo las tres ciudades (un proyecto denominado “Tan cerca”) se basa en la proximidad geográfica y aspira a una cercanía conceptual en la que se sientan implicados los agentes y las instituciones de las comunidades autónomas respectivas. El objetivo es recomponerse, ponerse en pie, dar entre todos respuestas a la crisis, de modo que el término “resiliencia”, que se refiere a la capacidad de superar circunstancias adversas, viene como anillo al dedo y complementa el concepto de creatividad. Quizá tenga esto algo que ver con el hecho de que el capitalismo (como señaló Arturo Rubio Arostegui, uno de los ponentes) se ha dado cuenta ya de que el conocimiento, los procesos de innovación y los análisis de datos valen más que el petróleo.
 En el seminario de Gijón se barajaron valiosas ideas. Verbigracia, la de la desubicación del Estado en la política cultural. En el caso español, el Estado (que es excesivamente grande para lo local y demasiado pequeño para el mundo globalizado), se arroga un protagonismo y un intervencionismo excesivos, pese a que es en las ciudades donde se registra el porcentaje más alto del gasto público en cultura (en torno a un 55 por ciento, frente al 30 de las comunidades autónomas y el 15 del propio Estado). El Estado, apuntó Alfons Martinell (voz que clama en el desierto, pero imprescindible en cualquier curso de gestión cultural que se precie), debería fomentar que el producto cultural que surge en una comunidad autónoma pueda llegar a otras comunidades. “Hay que inyectar dinero para la circulación, para la colaboración y la interrelación”, insistió.
Otra sugerencia expuesta en el encuentro fue la de la reformulación de la capacidad de mediación del sector público, que deberá ser “más inteligente”, diverso, descentralizado, colaborativo y dispuesto a resignarse a perder el monopolio y a desarrollar nuevos modelos de cooperación público-privada (Félix Manito Lorit).
Se habló también de la cultura como factor de sostenibilidad de las ciudades, como recurso simbólico ante la crisis de la industria en el escenario de la interculturalidad. Las estrategias de la política cultural ven la diversidad como un gran valor para la creatividad (en Barcelona se hablan más de cuatrocientas lenguas; nunca estuvieron tan cerca modos de vida tan dispares), aunque se den conflictos, desigualdad y exclusión social. En los colegios de cualquier capital española el paradigma de la igualdad choca con la realidad de la diversidad cultural, sin que los profesores, que se ven sobrepasados, dispongan de herramientas adecuadas ad hoc.
De la idea de la “ciudad creativa”, en todo caso, se pueden apropiar especuladores y oportunistas de la burbuja inmobiliaria. Al discurso dominante le cuesta renunciar a la “monumentalización” de gigantescos equipamientos culturales (las catedrales del presente), que, en competencia entre unos lugares y otros, quieren ser referencias supramunicipales o suprarregionales, aunque carezcan de base social y no respondan a necesidades reales. 

(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA de Oviedo, el sábado 1 de diciembre de 2018)



martes, 13 de noviembre de 2018

KRISTALLNACHT: EL ATAQUE A LOS JUDÍOS DE FÜRTH

Miembros de una familia, minutos después de ser agredidos.


Un testimonio gráfico facilitado por Elisheva Avital

Hace unos días, al cumplirse ochenta años de la Kristallnacht (la “Noche de los Cristales Rotos”), el pogromo organizado en Alemania el 9 de noviembre de 1938 por el régimen de Adolf Hitler, que daría paso al Holocausto, la norteamericana Elisheva Avital puso en twitter una serie de 25 fotografías sobre la agresión sufrida en aquella fecha por familias judías de Fürth, localidad bávara situada a diez kilómetros de Núremberg.

Las fotos -que componen una detallada secuencia de los hechos- las tenía guardadas el padre de Elisheva Avital, quien estuvo destinado como soldado del ejército de los Estados Unidos en Alemania, tras la derrota del nazismo en 1945. Los autores de las instantáneas fueron dos fotógrafos del lugar: Karl Neubauer, cuyo estudio estaba en la calle Grolandstr. de Núremberg, y Fritz Wolkenstörfer, con domicilio entonces en la calle Flurstr. de Fürth.

Elisheva Avital
En la noche del 9 al 10 de noviembre de 1938 (casi seis años después de que Hitler fuera sido nombrado canciller, y dos años y medio después de la celebración de las Olimpiadas de Berlín), un grupo de paramilitares de las SA, acompañado de dos fotógrafos, irrumpe en el barrio judío de Fürth profiriendo gritos. Empiezan a romper los escaparates de los comercios, entran en varias viviendas (entre ellas, la del rabino), humillan y golpean con extrema violencia a numerosas personas, algunas de las cuales se encontraban ya en pijama, a punto de dormir, y exigen las llaves de la sinagoga. Acto seguido, se afanan en destruir con mazas muebles y enseres, abren armarios, sacan libros para amontonarlos y azotan por el suelo vajillas, objetos y todo lo que encuentran… En el interior de la sinagoga, los atacantes cubren con alfombras parcialmente las filas de bancos, rocían todo con bidones de gasolina y prenden fuego… Todo ocurrió en apenas una o dos horas.

En el siglo XVI, Fürth tenía la comunidad judía más grande de Alemania; en el XVII ya funcionaba allí el primer hospital judío de Europa y a principios del XIX casi un cuarto de su población profesaba la religión judía. La sinagoga destruida esa noche databa de 1617.

H. del Río

 
 

 
 
 
 

 
 
 
 
 

 
  

Durante la noche del 9 al 10 de noviembre de 1938 (la denominada “Noche de los Cristales Rotos”, Kristallnacht en alemán), tropas de asalto de las S. A., junto con civiles, perpetraron en la Alemania nazi (que incluía Austria), ataques, saqueos y linchamientos contra ciudadanos judíos, mientras las autoridades alemanas observaban todo sin intervenir. Los jerarcas nacionalsocialistas presentaron los hechos como una reacción espontánea de la población tras el asesinato en París, dos días antes, de Ernst von Rath, secretario de la embajada alemana, por un joven judío polaco.
Estos pogromos, ideados por Joseph Goebbels, dejaron las calles cubiertas de vidrios rotos. Las propiedades judías, incluidos hospitales y escuelas, fueron saqueadas y destruidas por los atacantes. Al menos 91 ciudadanos judíos fueron asesinados y otros 30.000 serían detenidos e internados en campos de concentración. Más de 1.000 sinagogas fueron quemadas y más de 7.000 comercios resultaron destruidos o seriamente dañados. ​

lunes, 15 de octubre de 2018

NICOLÁS MULLER, LLANES Y OROSHÁZA


Una violonchelista de Orosháza intervino en la inauguración
de la muestra, el 23 de junio de 1990.
(Foto: Agustín Santos Blanco).

UNA EXPOSICIÓN COLECTIVA DE PINTORES HÚNGAROS EN LA CASA DE CULTURA DE LLANES


El fotógrafo Nicolás Muller residió en Andrín, en el municipio asturiano de Llanes, desde 1981 hasta su muerte en 2000. En el verano de 1990, visitó la villa llanisca una delegación cultural de la Orosháza, localidad húngara en la que había nacido en 1913 Muller. La representación, compuesta por diecinueve personas, estaba presidida por Géza Gonda, responsable de asuntos culturales del Ayuntamiento de Orosháza, y contaba con la presencia de catorce artistas plásticos. Entre ellos, Ilona Fülop, que venía basándose desde hacía un tiempo en la poesía de Federico García Lorca como motor de inspiración. Durante su estancia en Asturias se organizó en la Casa Municipal de Cultura de Llanes una exposición colectiva, que estaría abierta del 23 de junio al 2 de julio. Se expusieron óleos, acuarelas, pasteles y trabajos a plumilla -cincuenta y dos obras en total-. Los artistas de Orosháza presentes en Llanes fueron Istvan Boldizsar, Irén Csizmadia, János Fekete, Tibor Feldmann, Ilona Fülop -que venía basándose desde hacía un tiempo en la poesía de Federico García Lorca como motor de inspiración-, Tibor Hegyesi, János Horvath, Rozalia Jellinek, János Molnar, András Okros, Gyula Pap, Bálint Toth, Maria Varga y Erzsebet Veraszto.

De izquierda a derecha, Higinio del Río, Nicolás Muller
y Géza Gonda en el acto inaugural
de la exposición colectiva en Llanes.
(Foto: Agustín Santos Blanco).
  

domingo, 16 de septiembre de 2018

MANUEL DÍEZ-ALEGRÍA: LA BIOGRAFÍA DE UN MILITAR CLAVE EN LA HISTORIA DE ESPAÑA


                
OPINIÓN                                                               

 Un militar en la trastienda de la Transición

Pablo González-Pola publica la biografía 
del general Manuel Díez-Alegría



HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

Stanley Payne, en el prólogo del libro “Preparando la Transición. El general Manuel Díez-Alegría” (1), de Pablo González-Pola, reflexiona sobre el desproporcionado papel jugado por el estamento castrense en la España de los siglos XIX y XX. Habla de la “tradición pretoriana”, que es algo de fácil enquistamiento cuando la sociedad civil se muestra débil (y que los políticos “incapaces de ganar el acceso al poder por otro modo que la intervención militar armada” han invocado repetidamente), y ve en Franco la expresión más patente del pretorianismo español.

Lo más interesante del prólogo está en su mirada retrospectiva a los años finales del Régimen del 18 de julio, cuando mucha gente tenía claro que el sucesor designado, Juan Carlos, pensaba poner en marcha un proceso democratizador. La cuestión era saber si el ejército iba a permitirlo, y ahí, precisamente, es donde anticipa Payne la grandeza de la figura de Manuel Díez-Alegría, que en las páginas siguientes se verá desplegada por González-Pola en un relato apasionante. El general llanisco (precedente de Gutiérrez Mellado, al que tuvo bajo sus órdenes), fue el alto mando militar que más se esforzó para que sus compañeros no malograsen los planes del Príncipe. Nadie había dado más argumentos que él para la modernización y la profesionalización de las Fuerzas Armadas (su libro “Ejército y Sociedad” se había publicado en 1972), razonando la no intervención de los militares en la vida política y la subordinación de éstos al poder civil. No dudaba que España estaba preparada para la democracia y que la sucesión en la persona de Juan Carlos, “debía conducir a tal fin”, afirma el prologuista.
A la abundante bibliografía sobre la transición, que bien merecería la pena de que fuese consultada por la indocumentada clase política actual, le faltaba una biografía de este calibre, redonda, sin titubeos, que explora trastiendas insospechadas y da claves para entender mejor uno de los períodos más interesantes de la historia de España.
A Díez-Alegría, nacido en Buelna en 1906 y fallecido en Madrid en 1987, todos lo veían como el principal “liberal” de la jerarquía militar. El libro de González-Pola empieza con un duelo en las Cortes, en 1971, con motivo del debate sobre el proyecto de ley de la objeción religiosa al servicio militar: a un lado, el general llanisco, jefe del Alto Estado Mayor desde 1970, en defensa del proyecto; frente a él, Blas Piñar, absolutamente en contra. La proposición de ley salió adelante, pero la agria pugna entre el soldado y los ultras no pararía ahí, ni mucho menos, y al final se decantaría a favor de éstos, pocos años después.
El general (al que muchos insistían en atribuir una aureola equivalente a la de Spínola en Portugal a la caída de la dictadura salazarista), recibe en 1974 una inesperada invitación de Ceausescu para visitar Rumanía (país con el que España no tenía relaciones diplomáticas). Don Manuel, que sabía de sobra lo bien que se llevaban el tirano rumano y Santiago Carrillo, sospecha al instante que en aquel gesto de hospitalidad hay gato encerrado. Informa del asunto al presidente del Gobierno, Arias Navarro, y al ministro de Asuntos Exteriores, Cortina Mauri, y éstos le dan la autorización, pues interpretan que se trata de un mero viaje de turismo. Ya en Rumanía, acompañado de su esposa, Conchita Frax Arias, y entre visitas a monumentos y estuarios, Ceausescu deja entrever, en un momento dado, el encuentro “sorpresa” que le tenía preparado. Ante la encerrona, Díez-Alegría hace un hábil regate y el cara a cara con el secretario general del PCE no llega a producirse.

"LA COBARDÍA Y DESLEALTAD DE TIPOS COMO ARIAS NAVARRO Y CORTINA MAURI"

Para cuando regresa a Madrid ya ha alcanzado el Pardo una ola de sospechas y especulaciones en su contra. Los inmovilistas intensifican su presión para que sea destituido en la jefatura del Alto Estado Mayor. Desbordados por la situación, Arias y Cortina no se atreven a admitir que habían autorizado el viaje y mienten, con lo que Franco, finalmente, firma el cese. Estos hechos los contaría después el militar llanisco a su hijo Fernando, en una carta en la que lamenta “la cobardía y deslealtad de tipos como Arias y Cortina”.    
Al militar llanisco, en una entrevista que le hice en 1983, al pie del hórreo de su casa de Buelna, le había preguntado yo por sus memorias. “No me gusta hablar de este asunto porque huele un poco a puchero de enfermo”. (…) “Quizá revelen hechos que no se saben, porque muchas de las cosas de la vida ocurren entre bastidores. Pero no voy a desnudar a nadie. Yo no ataco nunca. No pienso atacar a nadie en mis memorias. Comprendo las razones de todo el mundo, aunque no sean siempre correctas”, me dijo. Manuel Díez-Alegría no llegó a terminar de escribir su esperada autobiografía, pero Pablo González-Pola, periodista, profesor universitario y teniente coronel en la reserva, ha tenido acceso a un rico archivo familiar y ha recuperado así secuencias esenciales e inéditas de la Transición.


LA AMISTAD CON EL JEFE DE LA C. I. A.

En esas memorias que quedaron en el tintero seguramente ocuparía un lugar preeminente el militar norteamericano Vernon Walters. Para los observadores y analistas de la política durante los años del tardofranquismo, ser amigo de Walters, el todopoderoso jefe de la CIA entre 1972 y 1976, asesor de siete presidentes de Estados Unidos, añadía a la relevancia de Díez-Alegría una dimensión no exenta de cierto morbo. El insigne militar no sólo era bien visto por la oposición democrática, de cara a asumir un potencial protagonismo político, sino también en Washington, y eso se podría incluso relacionar, imaginativamente, con los supuestos intereses de la Casa Blanca en favorecer la consolidación en España de una democracia parlamentaria, que conjurase el riesgo de una radicalización populista o revolucionaria de izquierdas, susceptible de poner en peligro las bases del tío Sam en suelo español y el equilibrio mundial en beneficio de la Unión Soviética. Había conocido a Walters en Brasil, donde ambos coincidieron en misiones diplomáticas (Díez-Alegría fue allí agregado militar en la Embajada de España de 1946 a 1952). Cuenta González-Pola que la estrecha amistad entre ambos duraría toda la vida. “Dick”, como le llamaba don Manuel, le enviaría una carta muy significativa con motivo de su cese en la Jefatura del Alto Estado Mayor, y en ella Walters concluía con estas palabras: “Un abrazo de solidaridad y amistad del viejo amigo y compañero que sabe los inmensos servicios que has prestado a España, al Ejército y al mundo libre”.
En sus memorias inacabadas habrían quedado reflejados también episodios de la Guerra Civil. De aquélla, era teniente. En julio de 1936 llegó a Asturias para pasar las vacaciones de verano, después de aprobar el primer curso en la Escuela Superior de Guerra. Le sorprendió el golpe de Estado en Barro y pasó 418 días en total oculto en una casa de la localidad. Un día, fue localizado por un grupo de milicianos capitaneado por el pescador Ramón Quiroga Asueta, y ahí pudo haber terminado todo para él, pero Ramón, hermano de Fina la Quiroga (que regentaría después de la guerra la confitería Noga en Llanes, frente al parque de Posada Herrera) y de María la Quiroga (legendaria cuidadora de la playa del Sablón), no le detuvo, y con eso le salvó seguramente la vida. El joven oficial se incorporaría en septiembre del 37 al Ejército de Franco, con un informe favorable del general Dávila, en el que se decía de él que era “entusiasta del Movimiento Nacional” y que había intervenido en Madrid “en algunos trabajos para la preparación del Alzamiento”.
Al margen de la gran historia reconstruida tan sugestivamente por González-Pola, puede que perdure en la memoria de muchos llaniscos un bagaje de vivencias personales vinculadas a Manuel Díez-Alegría. En lo que a mí respecta, me queda el recuerdo de aquellos días en los que, de crío, le veía comprar en la tienda de ultramarinos “La Pilarica”, de mi madre, Pilar Pérez Bernot (unas veces con su esposa, Conchita, y otras, él sólo a recoger el pedido), y su imagen en impermeable, “choclando”, entrando en el patio de butacas del “Cinemar” a la luz de la linterna del acomodador, con el No-Do ya empezado. Le tocó sentarse a mi lado, aquella tarde lluviosa de fin del estío, y vimos juntos una película bélica, de la Segunda Guerra Mundial. “Los cañones de Navarone”, me parece. O “Tobruk”, quizá.


(Artículo de Higinio del Río publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA de Oviedo 
el martes 11 de septiembre de 2018)


Nota:

(1)     El autor del libro, Pablo González-Pola, ha querido que fuera en la Casa Municipal de Cultura de Llanes donde tuviera lugar la primera presentación de su libro, editado por Dykinson, S. L.. El acto se celebró el lunes 13 de agosto de 2018.


Portada del libro de Pablo González-Pola de la Granja.
El autor de la biografía, a la izquierda,
junto a Fernando Díez-Alegría Frax
en la Casa Municipal de Cultura de Llanes,
el lunes 13 de agosto de 2018.
(Foto: H. del Río).
El teniente general Manuel Díez-Alegría, con Higinio del Río,
durante la entrevista que éste le hizo en Buelna, en 1983.

martes, 28 de agosto de 2018

JUAN IGNACIO DEL CUETO, UN DESTACADO ARQUITECTO E INVESTIGADOR MEXICANO CON SANGRE ASTURIANA

Juan Ignacio del Cueto. (Foto: Universidad Autónoma Metropolitana). 


Arquitecto, investigador y profesor titular de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional Autónoma de México, especializado en historia de la arquitectura del siglo XX, Juan Ignacio del Cueto Ruiz-Funes, al que sus amigos llaman cariñosamente "Dino", coordina el Centro de Investigaciones en Arquitectura, Urbanismo y Paisaje (CIAUP) de la Facultad de Arquitectura de la UNAM, y es miembro de la Academia Nacional de Arquitectura y vicepresidente del Ateneo Español de México.
En 2007, fue uno de los responsables de la exposición "Arquitecturas desplazadas: arquitecturas del exilio español", instalada en los Nuevos Ministerios de Madrid.
El Colegio de Arquitectos de México y la Sociedad de Arquitectos Mexicanos le concedió en 2011 el “Premio Juan O’Gorman al Mérito Profesional por Investigación”.
En 2016 fue comisario y autor del catálogo de la exposición “Presencia del exilio español en la arquitectura mexicana”. 

OPINIÓN                                                               

Arquitecturas desplazadas


HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

Nadie -o muy poca gente- sabe en Asturias quién es Juan Ignacio del Cueto Ruiz-Funes (México D. F., 1961). Este arquitecto, investigador y profesor universitario, cuyo primer apellido tiene ecos inequívocos de la Asturias indiana, probablemente no saltará a la fama entre nosotros hasta dentro de dos años, cuando llegue el momento de conmemorar los 70 años del exilio republicano español. Será entonces cuando se le reclame como experto en la materia para participar en charlas, debates y exposiciones.

El México de Lázaro Cárdenas fue el país de América que acogió el mayor número de arquitectos españoles al término de la guerra civil, y de todo eso el que más sabe es, precisamente, Juan Ignacio del Cueto. Su tesis doctoral, hecha y leída en Barcelona, gira en torno a veinticinco personas que podrían ser, cada una de ellas, protagonistas de una novela: Tomás Auñón (que, previamente, había pasado unos años en la República Dominicana, donde colaboró con Joaquín Ortiz García, arquitecto municipal de Llanes durante la Segunda República), Francisco Azorín, José Luis Miguel Benlliure, Tomás Bilbao, Emili Blanch, Ovidio Botella, Félix Candela, José Caridad, Óscar Coll Alas (el único asturiano del grupo), Francisco Detrell, Roberto Fernández Balbuena (subdirector del Museo del Prado en 1938, cuando Picasso era el director honorífico), Fernando Gay, Bernardo Giner de los Ríos (ministro con el Frente Popular), Cayetano de la Jara, Juan Bautista Larrosa (fallecido al poco tiempo de llegar), Juan de Madariaga, Esteban Marco, Jesús Martí, Jaime Ramonell, Juan Rivaud, Eduardo Robles Piquer, Mariano Rodríguez Orgaz, Arturo Sáenz de la Calzada, Enrique Segarra y Jordi Tell Novellas. Gente que formó un colectivo cohesionado, con estrechas relaciones entre sí.
En junio, Juan Ignacio del Cueto hizo una visita fugaz a Llanes y nos cupo el honor de servirle de cicerone. Venía desde Madrid, de inaugurar en el Ministerio de la Vivienda la exposición “Arquitecturas desplazadas. Arquitecturas del exilio español”, en cuya concepción y organización había tenido él mucho que ver. Seguía el rastro de Joaquín Ortiz (una de las eminencias del racionalismo en los años 30, cuya biografía aún permanece inédita), y tuvo ocasión de fotografiar algunas de sus obras principales, como la Rula, el edificio “Borinquen”, el chalet de José María Noriega y la casa de Contró. Arquitecto por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Del Cueto se doctoró en Arquitectura por la Universidad Politécnica de Cataluña. Su tesis doctoral “Arquitectos españoles exiliados en México. Su labor en la España republicana (1931-1936) y su integración en México” le valió el premio extraordinario de doctorado. Es un universitario comprometido con los valores que representaban aquellos hombres desgarrados por el exilio y a través de internet suele propagar escritos que reivindican la memoria y propugnan actos de desagravio. Desde 1993 es profesor de Historia de la Arquitectura y Proyectos en la Facultad de Arquitectura de la UNAM e investigador del Centro de Investigaciones y Estudios de Posgrado en la misma universidad.
Su abuelo materno, Mariano Ruiz-Funes, murciano, fue miembro de las Cortes Constituyentes de 1931, ministro de Agricultura en el gobierno del Frente Popular en 1936 y, durante la guerra, embajador de la República en Polonia y Bélgica. Sus abuelos paternos fueron Eusebio del Cueto Sánchez (de Hontoria, Llanes), que emigró a México hacia 1912,  y Dolores de la Fuente (nacida en la villa llanisca).  

(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA el sábado 8 de diciembre de 2007)