lunes, 30 de diciembre de 2024

LA RENACIDA CASA DE THALINY

 



OPINIÓN                                           


Un elocuente testimonio arquitectónico del Llanes de la Segunda República



HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

Después de haber sufrido en los últimos cincuenta años la pérdida de buena parte de nuestro mejor patrimonio arquitectónico (desde Villa Vicenta, aquel palacio de la Guía, joya del neogótico inglés, demolido en 1974, hasta la desoladora intervención actual en la finca de Patarríu, pasando por el Hotel México y la añorada Compuerta), a los llaniscos nos toca celebrar la redención de una de las muestras racionalistas más significativas: el chalet de la avenida de la Paz número 27, proyectado en 1933 por Joaquín Ortiz García, sobre el que pesó en su momento la amenaza de la piqueta. Llegó a darse por hecha su demolición, pero los nuevos propietarios del inmueble, Francisco Castrillón Vázquez y Virginia Gutiérrez Inés, optaron, sin vacilación alguna, por rescatarlo. Lo sometieron a una restauración integral, según proyecto del arquitecto Manuel Nava, y hoy vuelve a lucir su exquisita factura de vanguardia. Las vigas de madera originales, la inteligente distribución de espacios planeada por Ortiz y la escalera con barandilla de diseño racionalista, testigo de tantos aconteceres, siguen allí. 


Detrás de esa estampa renacida está la memoria del médico que encargó su construcción, precisamente en la principal zona de expansión urbana de la villa, hacia el oeste. Licenciado en Medicina por la Universidad Central de Madrid en 1914, José de la Vega Thaliny (Llanes, 1892-México, 1952) era uno de los galenos que ejercían en el concejo llanisco como inspectores municipales en materia de salud a principios de los años 30. Su padre, médico del Ayuntamiento, había sido subdelegado de Sanidad del partido judicial de Llanes.

Thaliny se mudaría a su nuevo domicilio en 1934. Hasta entonces, había estado instalado en un piso encima del Café Pinín y prestaba una activa colaboración en el Consultorio Médico gratuito inaugurado por el Consistorio en mayo de 1932 en la Cocina Económica. Dirigía él ese centro y se ocupaba de la casuística de las enfermedades venéreas.

Una tarde de enero de 1936, en plena campaña electoral, se presentó en su casa, de improviso, José Antonio Primo de Rivera. El jefe de Falange Española llevaba un listado con los nombres de personas que, siete años atrás, habían asistido en Oviedo a un almuerzo en honor de su padre, el dictador Miguel Primo de Rivera y Orbaneja, líder de la Unión Patriótica. Uno de esos nombres era el de José de la Vega Thaliny. El médico atendió en el hall al inesperado visitante de un modo cortés, pero de inmediato resultó evidente que los dos interlocutores representaban idearios opuestos. José Antonio ignoraba que Thaliny militaba en el PSOE y que era una de las personalidades de mayor relevancia en la izquierda local. Durante la revolución de octubre, Thaliny había formado parte del comité revolucionario, y la Guardia Civil sabía que guardaba en su domicilio armas y municiones y que un automóvil suyo había hecho varios viajes al centro de la provincia para recibir consignas en los momentos álgidos de la lucha.

Tras la fugaz visita de José Antonio se desencadenarían vertiginosamente los acontecimientos en un país al borde del precipicio: la victoria de la coalición de izquierdas y la sublevación militar del 18 de julio de 1936 y la guerra. En esta fecha, apenas terminada la comida campestre, llegó a la romería de Santa Marina, en Parres, un auto conducido por el chofer del doctor para dar la noticia del golpe de Estado. Thaliny presidiría el Comité de Sanidad del Frente Popular y sería jefe de los equipos médicos del Ejército del Norte y coordinador de los hospitales de Barcelona. Después, el exilio, un viaje a Veracruz desde Cuba a bordo del “Siboney” y trece años de residencia en México DF, donde falleció. 


(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA el jueves 26 de diciembre de 2024). 




martes, 3 de diciembre de 2024

LA FACULTAD DE CIENCIAS DE LA INFORMACIÓN DE MADRID CUMPLE CINCUENTA AÑOS


 

OPINIÓN                                           


Un hábitat brutalista para aprendices de reportero




HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

El edificio de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid, diseñado por José María Laguna Martínez y Juan Castañón Fariña dentro del estilo arquitectónico del brutalismo, nació en vísperas de un cambio de régimen político. Descrita como fría y sin alma, la arquitectura brutalista había emergido en pleno proceso de reconstrucción urbana en la Gran Bretaña de la posguerra y se caracteriza por emplear materiales desnudos (hormigón y ladrillo, mayormente), habituales en inmuebles de carácter institucional.

La Facultad de Ciencias de la Información de la Complutense fue inaugurada cuando el edificio se hallaba todavía a medio construir. Su segunda y definitiva fase constructiva no se concluyó hasta 1978, pero desde el principio aquel contenedor ofrecería un estimulante ambiente de agitación intelectual. Quienes lo estrenamos éramos los alumnos de primer curso de la tercera promoción de Periodismo, un miércoles 23 de enero de 1974. Decenas de jóvenes, pertenecientes al grupo B del turno de mañana, nos instalamos desde ese día en el aula 506. Entre los compañeros de clase se contaban Antonio Palicio, de Morcín, Yolanda Serrano Meana, de La Felguera, Daniel Vega, de Oviedo (fallecido en 2010), Enrique Ortego (luego cronista deportivo de ABC y EL PAÍS), Pedro Piqueras (futuro presentador de informativos en varias cadenas de televisión), Manuel de Ramón (que se incorporaría en seguida al diario YA y luego a la redacción de Radio Nacional), Pedro Rozas (avezado realizador de TVE), Juan Antonio Sacaluga (que habría de ser jefe de información internacional de RNE), Carmen Villodres (editora de “La Clave” de Balbín) y Lourdes Zuriaga.

En el grupo A estaban otros dos llaniscos: Javier Menéndez Buergo, que trabajaría en INFORMACIONES a las órdenes de Sebastián Auger, el último propietario del rotativo; y Cándido Díaz Carrandi, nieto de María Quiroga Asueta, la popular guardiana del paraíso playero del Sablón. En el curso siguiente, 1974-1975, llegarían más alevines asturianos (Asturias ha sido siempre tierra pródiga en vocaciones periodísticas), como Mario Bango, de Piedras Blancas, Carlos Cuesta Calleja, de Pola de Laviana, y Daniel Serrano, de Bimenes, que compartían aula con las madrileñas Ana Rosa Quintana y Nieves Herrero.

Con una mirada de inocencia, una curiosidad sin límites y un tipómetro Gans en la carpeta, aquellos jóvenes de entonces caminábamos hacia el futuro entre “grises” apostados a caballo en la Ciudad Universitaria. Respirábamos la inminencia de una profunda transformación de la historia. Leíamos todos los periódicos que caían en nuestras manos. A lo largo de los cinco años de carrera comprábamos los libros en la “Felipa”, calle de Libreros, con un 20 por ciento de descuento, e íbamos sorbiendo la frenética actualidad de una España que era noticia en el mundo: la muerte de Franco, los sucesos de Vitoria y Montejurra, el asesinato de los abogados laboralistas, la dimisión de Arias Navarro, el nombramiento de Adolfo Suárez como presidente del Gobierno, el “harakiri” de las Cortes franquistas, el regreso de Carrillo, las primeras elecciones democráticas… Desde las entrañas de un hábitat brutalista, hace ahora de eso cincuenta años, aspirábamos a ser Woodward y Bernstein y quizá también a comportarnos como “afanosos desfacedores de entuertos o fabricantes de sueños”, que diría el maestro Manuel F. Avello

(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA el martes 12 de noviembre de 2024). 


Vista general del interior del edificio

Enrique Ortego Rey

Antonio Palicio Díaz-Faes

Pedro Piqueras Gómez

Juan José Revuelta Plaza

Higinio del Río Pérez

Juan Antonio Sacaluga Luengo

Ernesto Sánchez Pombo

Salomón Sanz Cabrero

Yolanda Serrano Meana

Alejandro Vega Fernández

Daniel Vega

Carmen Villodres García

Lourdes Zuriaga

Mario Bango

Daniel Serrano García

Carlos Cuesta Calleja












viernes, 12 de julio de 2024

LLANISCOS EN MAUTHAUSEN

 

Entrada al campo austriaco.



OPINIÓN                                           


Mauthausen, fin de trayecto


Llaniscos que encontraron la muerte en el campo de concentración levantado por los nazis en Austria 



HIGINIO DEL RÍO PÉREZ

Me decía el otro día José Ramón Martín Ardines, alcalde de San Martín del Rey Aurelio y gestor cultural del municipio minero, que lamenta no haber conservado una carta que, hace ya más de medio siglo, le entregó el cartero en la casa de sus abuelos en Nueva. Era un comunicado remitido desde la República Federal de Alemania, en el que se daba cuenta de una indemnización a la familia por el asesinato de su tío abuelo Luis Ardines Avín en el campo de concentración de Mauthausen. Aquella carta le hizo descubrir un turbador nexo con aspectos y vicisitudes de la Segunda Guerra Mundial. José Ramón era un mozalbete, y a partir de entonces empezaría a ver de otra manera, con una atención más subjetivamente enredada en el trasfondo histórico, las películas de guerra que daban en el Cine Virginia de Sotrondio.    

Luis Ardines Avín fue uno de los 7.200 ex combatientes republicanos internados en el lager que construyeron los nazis en Austria. La mitad de ellos encontró allí la muerte. El profesor de la UNED Benito Bermejo Sánchez, a quien conocimos en 2002 en un curso de la Universidad de Maryland en Llanes, viene ocupándose del estudio de ese apartado de nuestra historia. Junto a su colega Sandra Checa, es autor del “Memorial. Españoles deportados a los campos nazis (1940-1945)”. Descarnado de literatura, este trabajo aporta un extenso listado de nombres, agrupados por comunidades autónomas, y datos agregados que dan idea del itinerario seguido por las víctimas desde la derrota de 1939: huida a Francia, internamiento en arenales cercados con alambre de espino, invasión de la Wehrmacht, detención y traslado a campos de concentración alemanes.

En el informe de Bermejo y Checa figuran cinco llaniscos, sobre los que ha indagado a posteriori José Luis Villaverde Amieva: Antonio Alonso Cueto, de Mestas de Ardisana, Manuel Sordo Ardines, de Quintana, Emilio Valdajos Fernández, de Llanes, José Llera Suero, de Barro, y el citado Luis Ardines, de Nueva. Sólo los dos primeros consiguieron sobrevivir. José Llera, labrador, llegó a Mauthausen en enero de 1941 y falleció diez meses después en el campo satélite de Gusen; Ardines, jornalero, ingresó en el campo en noviembre del mismo año y murió en octubre de 1942; Emilio Valdajos, tipógrafo, llegó a Mauthausen en diciembre de 1940 y murió en Gusen en junio de 1942.

El nombre de Valdajos, en particular, despierta en mí recuerdos muy queridos. Me retrotrae a la época de mi Bachillerato en Valladolid, becado en un internado. Eran tiempos duros para un chaval de diez años lejos de casa, pero en ellos asomaba el sol cada domingo cuando la peluquera llanisca Lola Valdajos Martínez y su marido, Félix Gómez Rebollar, me llevaban a comer a su piso del Paseo de Zorrilla. Me esperaba allí un cocido de garbanzos, una sobremesa con “Bonanza” y, sobre todo, el calor de un hogar, en el que vivían también dos ancianos entrañables, testigos y supervivientes de guerras y avatares: Florencio y Maruja Valdajos Fernández, tíos carnales de Lola.

Florencio había trabajado en la imprenta de El Oriente de Asturias. Una corbata de luto ponía acento a su viudedad. Ameno conversador, rememoraba sus tiempos en Niembro, donde había vivido con su esposa, y me hablaba de casi todo, pero en su relato estaba ausente siempre el martirio de su hermano Emilio. Eso quedaba sólo para sus adentros.  

(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA el jueves 11 de julio de 2024). 


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Emilio Valdajos Fernández.


Florencio Valdajos Fernández en los años 20. (Foto: Cándido García)-














jueves, 25 de abril de 2024

LAS ESPERADAS MEMORIAS DE MANUEL DÍEZ-ALEGRÍA

 

Fotografía del libro "Arando la mar".

OPINIÓN                                                               

 Los mares arados de un militar

Se publican, al fin, aunque inconclusas, las memorias del general llanisco Manuel Díez-Alegría



 HIGINIO DEL RÍO PÉREZ


Pese a ser un proyecto inacabado, las memorias del general Manuel Díez-Alegría (Buelna, Llanes, 1906-Madrid, 1987), que se publican ahora recuperadas y editadas por Pablo González-Pola, biógrafo del militar, vienen a arrojar luz sobre muchos aspectos. Tituladas “Arando la mar”, se ofrece en ellas un recorrido entre olas y marejadas de la España del siglo XX desde la visión de un narrador sin tapujos. Discurren en una línea cronológica y abarcan los años de su infancia, los estudios como cadete de la Academia de Ingenieros de Guadalajara y sus primeros destinos de teniente, trazado todo ello con una prosa amena, culta y agudamente minuciosa y atenta a los aconteceres políticos y sociales de cada momento. 


Con el telón de fondo de la Primera Guerra Mundial, la huelga general de 1917,el desastre de Annual y el conflicto con Marruecos, la dictadura de Primo de Rivera, el fin del reinado de Alfonso XIII o el advenimiento de la Segunda República, va apareciendo por sus páginas un sinfín de personajes, como Mussolini, ante el que Díez-Alegría desfiló en la Plaza de Oriente en 1924; Besteiro, que le examinó de Lógica en la Universidad de Madrid y le dio un notable; Francisco Franco, al que atribuye una “complicada psicología”; el hermano de éste, Ramón, “revolucionario melifluo”, que sobrevoló una vez el Palacio Real decidido a bombardearlo con Alfonso XIII dentro, pero desistió de este propósito; Niceto Alcalá Zamora, “destacado cacique andaluz, de fluida oratoria de tropos hiperbolizados”; o Azaña, al que caracterizaba “la soberbia del que se cree minusvalorado” y “una ingénita actitud de desdén hacia el género humano”.   

Las memorias se interrumpen en 1933, en plena descripción atónita de los desórdenes “que venían sucediéndose desde la proclamación de la República”, con la quema de iglesias, la espiral de la violencia callejera y “los continuos insultos a las fuerzas armadas y agresiones a los sentimientos que nos eran caros”. Probablemente, los achaques de la vejez y la percepción de una muerte ya cercana movió al general a dar un salto de treinta y ocho años en sus recuerdos para centrarse, sin demora, en el pasaje de lo que consideraba más importante: su cese al frente del Alto Estado Mayor en 1974, que de ninguna manera quería dejar de reflejar.

Manuel Díez-Alegría nunca había pertenecido a una organización política, cualquiera que fuese, y tenía muy clara la idea de que los militares no deberían interferir en el proceso político que habría de abrirse en España a la muerte de Franco. Calificado como “liberal” (lo  que era casi peor, según señala él mismo, que tacharlo de comunista), desde el “búnker” del tardofranquismo fue objeto de insidias por parte de los generales ultras, que derivaron en una conjura definitiva a raíz del viaje de carácter privado que hizo a Rumania con su mujer, Conchita Frax, invitado por Ceausescu y con el beneplácito expreso del presidente Carlos Arias (quien luego lo desmentiría ante Franco por “cobardía y deslealtad”). El tirano rumano había intentado que Díez-Alegría se entrevistara en Bucarest con Santiago Carrillo, pero el general llanisco esquivó la encerrona. Aún así, viviría un víacrucis hasta el cese. Conchita, la esposa, anotará en su diario “los sinsabores por haber actuado de este modo el generalísimo, por haber tratado a Manolo inconsecuentemente, como si fuese un ladrón o criminal”.  

Mientras ve la luz este esperado libro de memorias, Llanes, impasible, perpetúa una doble descortesía ante uno de sus hijos más preclaros y universales:

La calle que desde agosto de 1991 lleva el nombre de Manuel Díez-Alegría en la zona de las Malvinas no tiene placa ni un triste rótulo que lo recuerde.

La biblioteca personal del militar y académico, donada en febrero de 1991 por la familia Díez-Alegría Frax al Ayuntamiento (cincuenta y una cajas; 2.500 volúmenes en total) sigue depositada y sin catalogar en un cuarto de la Casa de Cultura.


(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA, el miércoles 24 de abril de 2024).











Portada del libro (IMPRONTA Ed.). 












martes, 23 de abril de 2024

EL INSTITUTO DE LLANES CUMPLE 60 AÑOS

 

Higinio del Río, a la derecha, junto a Rubén Gutiérrez, jefe del departamento de Geografía e Historia del Instituto de Llanes, antes del acto conmemorativo. 


Repaso al Llanes de hace sesenta años, en el marco del aniversario del instituto local 

  

·        El periodista Higinio del Río relata a lo alumnos la vida local en los tiempos en que nació el centro 

 

 El periodista Higinio del Río pronunció el pasado día 5 de diciembre unas conferencia dentro de los actos conmemorativos del 60º aniversario del Instituto de Educación Secundaria de Llanes, que se desarrollan a lo largo del mes de diciembre. El también colaborador de LA NUEVA ESPAÑA realizó en su exposición un “Paseo sentimental por el Llanes de los años sesenta”. Ante los alumnos del cuarto curso de la ESO, repasó el contexto social, económico y cultural en el que se había producido la inauguración del centro en el año 1963. El acto estuvo organizado por el Departamento de Geografía e Historia del Instituto.

Más de noventa fotografías ilustraron la intervención del conferenciante, en la que se abordaron aspectos como la actividad de la fábrica de quesos y mantecas SADI, de proyección nacional, los hábitos de ocio de la juventud, el pintoresco mercado semanal de los martes en la plaza de Parres Sobrino, la importancia de las romerías y verbenas de entonces, amenizadas por las orquestas legendarias Gran Kapytol y Cubanacán, la oferta simultánea de cuatro cines en el concejo, el protagonismo de grupos musicales como Los Panchines, Los Dados y Los Siemens, el papel esencial del tren y de la línea de autobuses Mento en la vida cotidiana, la emigración a Europa, el incipiente crecimiento urbano y el perfil de los personajes más populares.

Del Río refirió también los precedentes educativos que se dieron en los años de la Segunda República, cuando se creó un Instituto de Enseñanza Media y una Escuela de Trabajo (lo que hoy es el centro de Formación Profesional), cuya actividad quedaría finalmente interrumpida y frustrada por el estallido de la Guerra Civil en el año 1936. 

(LA NUEVA ESPAÑA, 20 de diciembre 2023)




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sábado, 2 de marzo de 2024

LA DESCONOCIDA VIDA POLÍTICA DE LOS HISTORIADORES VICENTE PEDREGAL Y FERNANDO CARRERA

 

Vicente Pedregal, a la izquierda, y Fernando Carrera. (Archivo EOA). 




Alcaldes de circunstancias 



HIGINIO DEL RÍO PÉREZ


Sin ser un político en sentido estricto, Vicente Pedregal Galguera (1882-1959) dedicó veinte años de su vida a la política local y llegó a ser alcalde en plena Primera Guerra Mundial. Tan alejado como él del estereotipo político, a Fernando Carrera Díaz-Ibargüen (1877-1973) le tocó asumir la alcaldía en 1935, cuando España estaba a un paso del abismo. Ambos son en Llanes referenciales ejemplos de hombres de letras transformados en alcaldes.  

Pedregal, hijo de comerciantes, había presidido el Círculo Católico Obrero y la Sociedad Obrera Instructivo Recreativa de Socorros Mutuos “El Porvenir”; fue gerente del Banco Mercantil, interventor del Banco Asturiano, socio de Conde y Teresa en la fábrica de conservas de pescado “La Llanisca” y profesor de Francés en el instituto de Torrelavega y en la Escuela de Trabajo de Llanes durante los años de la Segunda República. Sin embargo, lo más determinante en su trayectoria fue el estudio de la historia y el ejercicio literario y periodístico, que le valieron para ser designado cronista oficial. Entre sus obras principales figuran los “Cuadernos de Paleografía llanisca” y la novela “César Pariente”. Supo extraer datos fundamentales en los archivos apropiados (el de Simancas y el de la Chancillería de Valladolid, entre otros) y recomponer el universo llanisco a través de cientos de artículos publicados en los semanarios locales. Un hijo suyo, Vicente Pedregal Laria, fue corresponsal de guerra en 1936 y 1937 y recreó en las páginas de EL PUEBLO escenas de campaña vividas en el puerto de Tarna junto a El Coritu, legendario comandante del ejército popular. 

Al igual que Pedregal, Fernando Carrera Díaz-Ibargüen fue cronista oficial y colaborador habitual de EL ORIENTE DE ASTURIAS. Miembro del Instituto de Estudios Asturianos, de la Real Academia de la Historia y de la Comisión Provincial de Monumentos, había sido vicecónsul de España y profesor de la High School en Los Ángeles (California) a principios de siglo. Los libros “El celtismo cántabro-astur” (1927) y “Reseña histórica de Llanes y su concejo” (1965) forman parte de su espléndido legado.  

Pedregal era un hombre resolutivo. Como concejal, en 1917 había gestionado con éxito el problema de la escasez de carbón en la villa (la prensa le calificaba entonces como “concejal maurista”) y sería alcalde desde junio de aquel año hasta enero de 1918. Impulsa la integración del histórico Gremio de Mareantes de San Nicolás en la sociedad “El Porvenir”, y en agosto, con motivo de la huelga general revolucionaria convocada en todo el país por UGT y el PSOE -a la que se suman en la villa los empleados del ferrocarril-, decide reforzar la policía municipal con guardias jurados, al tiempo que ordena, bajo pena de multa, que las fondas comuniquen diariamente a las autoridades la identidad y procedencia de sus huéspedes.

Carrera había sido nombrado concejal en octubre de 1934, una vez sofocada en Llanes la revolución y con Gabriel Teresa colocado en la alcaldía por la autoridad militar. En el Consistorio siguiente, presidido por Regino Muñiz, será primer teniente de alcalde, y, cuando Muñiz y los concejales de la CEDA dimiten en protesta por la conmutación de las penas de muerte a los responsables de los graves sucesos del 34, se convierte en alcalde. Desempeñará el cargo desde diciembre de 1935 hasta las elecciones de febrero de 1936, que darían el triunfo a las izquierdas. Declarada la guerra, permanecerá escondido en su domicilio, detrás de una falsa pared, librándose así del acoso del Comité del Frente Popular y del angustioso registro que efectuaría en la vivienda Juan Antonio Pesquera al frente de un grupo de milicianos llaniscos. Hoy, no obstante, casi nadie sabe que el historiador había sido alcalde de Llanes. 


(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA el sábado 2 de marzo de 2024). 



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viernes, 16 de febrero de 2024

FRANCISCO CASANOVA AGUIRRE, MÚSICO Y POLICÍA LOCAL TORRELAVEGUENSE, EN LA ESTRECHA RELACIÓN DE LA BANDA DE MÚSICA DE TORRELAVEGA CON LA FIESTA DE LA GUÍA DE LLANES

 

Paco Casanova, al anunciarse su jubilación, el 6 de agosto de 2012. (Foto: Europa Press)




Un saxo para la Virgen 




HIGINIO DEL RÍO PÉREZ


Desde los años 60 y hasta 2012, Francisco Casanova Aguirre (Ganzo, Cantabria, 1947), viudo de Felisa Santos, de Viérnoles, y padre de Francisco y de Sonia Casanova Santos, veía en Llanes bailar la danza de los Arcos a niñas que hoy son abuelas. Como él dice, “cincuenta años dan para mucho”. Era el más popular de la Banda Municipal de Música de Torrelavega en aquellos pasacalles, desde la calle Pidal hasta la estación del ferrocarril. Los niños se querían hacer fotos con él, y Casanova los coronaba con su gorra de plato y les ponía en la mano el saxofón, que era como un cetro de oro.

Dondequiera que fuera, y con toda naturalidad, siempre ha desplegado el magnetismo de Gaspar, Melchor o Baltasar en la cabalgata de Reyes. Su paisano Pepe Hierro tuvo ocasión de comprobarlo una vez en Cabezón de la Sal, al paso de una procesión nocturna: el poeta sostenía en brazos a su nieta pequeña, que de pronto, en  medio del silencio, estalló en un estridente sollozo. El saxofonista abandonó la fila a toda mecha, se acercó a la cría, le hizo una de sus gracias, y al instante cesaron los lloros. El autor de “Tierra sin nosotros” le quedó eternamente agradecido por ello.

Policía y músico ya jubilado, la vida laboral de este hombre ha estado siempre unida al organigrama del Ayuntamiento torrelaveguense, donde empezó como cobrador del agua a domicilio, y acabó convirtiéndose en el funcionario municipal más antiguo. En 1975 ingresaría en el cuerpo de la Policía Local.

Había empezado a estudiar solfeo a los diez años, y a los trece ya se defendía con el saxofón. Se incorporaría a la Banda de Torrelavega en 1966, y ese mismo año tocó por primera vez en la fiesta de la Virgen de Guía en Llanes. Cincuenta años transcurrieron sin que faltara a la fiesta llanisca, siempre involucrado en el acontecer y en las páginas de la historia reciente del bando del nardo. (Cuando se produjo el fallecimiento repentino del médico Antonio Celorio Sordo el 8 de septiembre de 1974, en el momento mismo en el que se procedía a subastar los roscos, allí estaba Paco Casanova, a un metro escaso del galeno, como testigo del suceso).

Iban a Llanes siempre en autobús y tardaban 4 o 5 horas en llegar, de ahí que habitualmente hiciesen el viaje el día antes. La mitad de la banda se alojaba en La Covadonga, y el resto en La Puerta del Sol. La dirigía entonces el valenciano Aurelio Sanchís Ruiz, enjuto, tieso y grave. (A lo largo de su carrera en la Banda de Torrelavega, Paco Casanova tendría cinco directores: Lucio Lázaro López, Aurelio Sanchís, Alfonso Benitez Martínez, con el que irían a tocar a Rochefort, localidad francesa hermanada con Torrelavega, José Martínez Ortiz y Alfonso Díaz Casado). Entre sus cuarenta integrantes estaba Mariano Díez Ortega, oboe, casado con la llanisca Cuca García Trespalacios, de la familia de “los Buzos”, al que se sumaría después su hijo homónimo, que tocaba el clarinete.

La conexión de Casanova con Llanes, no obstante, se remonta a 1964, cuando fue a tocar a Andrín con una orquestina formada por él y un matrimonio con muchas verbenas a cuestas (el marido, Julián Salamanca, ciego, manejaba el acordeón, y la esposa, Alejandra Mena, la batería). Aquella actuación tuvo que desarrollarse bajo techo, en la Casa de Concejo, por la lluvia, ante un público cordialmente dividido en dos grupos irreconciliables: unos bailaban, mientras los otros veían el fútbol en la tele. Los músicos pernoctaron en casas particulares y al amanecer, cargados con sus bártulos, como en una película del primer Berlanga, cogieron el tren en San Roque del Acebal. Desde aquel viaje de vuelta a Torrelavega, el idilio entre Llanes y este singular saxofonista no ha hecho más que crecer. Quizás algún día reciba aquí el homenaje que se merece. 


(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA el sábado 28 de enero de 2017). 







Aurelio Sanchís, al izquierda, en el acto en el que tomó el relevo de Lucio Lázaro en la dirección de la Banda Municipal de Música de Torrelavega, el 20 de abril de 1963. (Fotografía tomada de la página de facebook TORRELAVEGA, RECUERDOS). 





miércoles, 14 de febrero de 2024

A DOLORES SÁNCHEZ BUERGO, LA GALANA, IN MEMORIAM

 

Intervención poética de Dolores Sánchez Buergo, la Galana, en la sesión audiovisual ofrecida en la Casa de Cultura de Llanes por el fotógrafo Bruno Fernández, el 1 de octubre de 2016. (Foto: Germán Martínez Azumendi). 



"Escribochar" en Pría 



HIGINIO DEL RÍO PÉREZ


Con tan solo cinco años de edad, la Galana (Dolores Sánchez Buergo, Piñeres de Pría, 1936), ya tenía montado su escritorio y, como dice ella, “escribochaba”. No sabía aún escribir, pero garabateaba y desplegaba sus sueños sobre dos cubetas de abejas, en una solera escondida entre hiedras, naranjales y cañas de bambú. No mucho después, empezaron a mandarla hacer alguna tarea de labranza y buscar comida para las vacas, y a ella, entonces, se le escapaban lágrimas de rabia al verse apartada de aquel rincón de la huerta familiar. (Ya dijo Larra que en España escribir es llorar). 

Su madre, viuda de un maestro nacional asesinado por unos milicianos republicanos en la Guerra Civil, le recitaba poesías que ella memorizaba. A los siete años era capaz de repetir fábulas y versos, poniendo la entonación adecuada. 

En la posguerra, ante la falta de sitios donde poder comprar libretas, la cría aprovechaba el reverso de talonarios usados, de la tejera que tenía su abuelo paterno, Evaristo, en Ceares. Llegado el caso, “escribochaba” también sobre hojas de árboles secas, después de leer líneas sueltas de “La Retórica” de Amable González Abín, que le había regalado una hija del escritor y erudito de Nueva. Tampoco había tinta, y era preciso inventarla, a base de remover tierra húmeda, mezclada con moñigas y mexu del ganado. (Lo terrible era el puñetero olor que dejaba aquella caligrafía de supervivencia).

Una vecina del barrio de la Rondiella, que no sabía leer ni escribir, le pidió que redactara una carta para un hijo suyo que andaba por el mundo y del que hacía años que no sabía nada. Ese mundo, intuido por la mujer como inhóspito y remotísimo, era Salamanca. La Galana, que tenía entonces catorce años, le compuso una misiva en versos, digna de una escritora curtida, y en ella contaba al destinatario noticias de bodas, bautizos y defunciones. A fulano de tal, según aquel relato poético, ya le habían dado de alta en el hospital de Oviedo; la cosecha de manzanas de ese año tenía pinta de ser de campeonato; los abuelos de mengano seguían estando hechos unos mozos, pese a haber cumplido los noventa y tantos; al ‘jiyu’ mayor de citano le habían destinado al Ferral; y, por fin, parecía que el Ayuntamiento iba a arreglar el camino de la iglesia…

Todo lo que vino después quedó resumido, discretamente y sin ningún reconocimiento público, en dos poemarios publicados por la editorial Trabe en 2001 y 2003, respectivamente: “Manoyos escoyíos” y “Goteras d’ orbayu”. Hoy, a sus ochenta años, la poeta labradora cultiva en soledad versos y flores (cinnias, azucenas del Cristo, dalias y hortensias, que luego lleva en taxi a la Casa de Cultura de Llanes, para adornar el vestíbulo), “espantando caracoles”.

Hace unos días, la Galana fue invitada a participar en una sesión audiovisual ofrecida por el fotógrafo vasco Bruno Fernández, cuya exposición “Con vistas al mar”, abierta hasta mañana domingo en el centro cultural llanisco, impresiona en su visión apocalíptica de los bufones de Pría.


    “¡Gigante tremebundo de los mares,
juego de viento y agua!,
¡roncón de omnipotente gaita!”

La voz de la poeta, desgarradora, sonó en un salón de actos sobrecogido por imágenes y palabras hechas espuma y mar.


(Artículo publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA el sábado 15 de octubre de 2016). 




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