sábado, 16 de noviembre de 2013

JOSÉ LUIS BUERGO (1935-2003): la aventura de la revista "CRÍTICA DE ARTE"


José Luis Buergo (a la izquierda) e Higinio del Río, en la redacción de CRÍTICA DE ARTE, en mayo de 1980.





OPINIÓN

EL MARQUÉS DE CUETU MOLÍN


Apuntes sobre la vida del llanisco José Luis Buergo



HIGINIO DEL RÍO PÉREZ


José Luis Buergo Vélez (Llanes, 1935), director y editor de la revista madrileña CRÍTICA DE ARTE, acaba de fallecer. Cada verano, era fácil tropezarse con él en la villa llanisca con una pipa que nunca apeaba y una petaca de cuarterón que olía a demonios -“este tabaco es el que menos perjudica; lo otro es pura química”, explicaba, como para justificarse-. Discurseaba acerca de la crisis del mercado del arte en bares del Llanes tradicional que tanto le gustaba frecuentar, como “El Bodegón” o “La Puerta del Sol”, escenarios que siguió recorriendo durante las pasadas vacaciones estivales -las más cortas de su vida-, aunque se le veía ya más apagado, con las huellas de la enfermedad en la mirada. 

Durante el tenso epílogo del franquismo en Madrid, Pepe Luis (así le llamábamos sus amigos) trabajó en el departamento de publicidad de “NUEVO DIARIO”, cuando aquel rotativo abrió surcos de libertad que luego seguirían los demás periódicos de la democracia. Le tocó vivir la exaltación del arte como producto mercantil y tuvo hilo directo con Juana Mordó, la dama sefardita cuyo destino marchó parejo a la eclosión de la nueva vanguardia española y al ímpetu rupturista del grupo “El Paso”. El despacho que le asignaron en el periódico (en la Calle Padre Damián, cerca del “Bernabéu”) estuvo siempre abierto a los estudiantes de Periodismo que picábamos a su puerta. Nos ayudó a encontrar nuestro primer empleo.
Al producirse el cierre de “NUEVO DIARIO”, vio llegado el momento de editar en solitario una revista cultural, su vieja ilusión. A finales de 1978 registró la cabecera de “CRÍTICA DE ARTE” y se entregó obstinadamente a una aventura mensual sólo apta para valientes. Instaló la redacción en el piso en el que vivía, en el Barrio de Tetuán, donde izó la bandera de su independencia. Entre los colaboradores, figuraban el gran José Hierro, José María Moreno Galván (firma indomable, curtida en las páginas de “TRIUNFO”) y Victoriano Crémer (cofundador de “ESPADAÑA”, la publicación que tanto significó para los poetas de la posguerra). El restaurante “El Aldeano” había sido por un tiempo su ‘cuartel de invierno’, hasta que alquiló, primero, una oficina en Príncipe de Vergara (Metro “Iglesia”), y luego se trasladó a otra en la Calle de los Madrazo, la sede actual, donde tendría de vecino a Ernesto Koplowitz, el hermano bohemio de las dos famosas amazonas de las altas finanzas. El sueño editorial de Pepe Luis -que siempre contó con la fidelidad y el respeto de las mejores galerías- estaba hoy a punto de alcanzar sus primeros 25 años, reflejados en 181 números sacados a pulso.
Al final de la jornada, solía tomar unas cervezas en elegantes pubs de Chamberí, donde era inevitable codearse con ejecutivos que charlaban con devoción de los valores bursátiles en alza y del culo respingón de sus respectivas secretarias bilingües. Buergo guardaba silencio, mientras dragaba su pipa reflexivamente. “Y usted, José Luis, que está tan callado, ¿qué nos cuenta?”, le preguntaron una vez. Abrumado de oír fantasmadas, el de Llanes maquinó entonces una trola daliniana e incontestable: “No me gusta hablar de ello -dijo-, pero pertenezco a una familia asturiana de rancio abolengo. Aquí donde me ven, soy marqués... El Marqués de Cuetu Molín” . Ninguno lo puso en duda. Pepe Luis era mucho Pepe Luis. 


(Artículo publicado el miércoles 1 de octubre de 2003 en el diario LA NUEVA ESPAÑA)











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